Vivir con 5.000 euros al año
Jim Merkel ha creado un método que permite medir el impacto en el medio ambiente de nuestros hábitos de consumo. En este momento está recorriendo España en una bicicleta plegable para promocionar una forma de vida más austera y desapegada
Jim Merkel pliega su bicicleta, la mete en un bolso de color negro y se dirige a la entrada del tren que en pocos minutos partirá rumbo a Madrid. Cuando está a punto de entrar al vagón, la azafata le dice que no puede viajar con un bulto tan grande. Y Jim, con su inglés telegráfico, que aprendió tras pedalear durante seis meses en Méjico, le explica que está viajando por España justamente para alentar a los ciudadanos a que no utilicen tanto el automóvil y busquen medios alternativos de movilidad como la bicicleta o el ferrocarril. Mientras camina por el andén rumbo a la oficina del responsable del tren, Jim no deja de sonreír. Parece acostumbrado a chocar contra un sistema poco receptivo a su mensaje. Un sistema de vida que en teoría coincide en que tiene que transformarse de alguna manera porque no es sostenible en el largo plazo, porque el planeta no tiene suficientes recursos para responder a los actuales niveles de consumo, pero que, en la práctica, poco o nada hace por conseguirlo. La última vez que Jim estuvo en España fue hace dieciocho años. Ingeniero de profesión, se dedicaba a vender equipos militares para la compañía estadounidense TRW. Era un trabajo que lo apasionaba en los aspectos técnicos, pero que en la parte moral lo hacía sentirse cada vez más incómodo. A medida que pasaban los años le resultaba más difícil vender armamentos tanto a los iraquíes como a los iraníes -que por aquellos tiempos estaban en guerra- o a dictadores tan sanguinarios como Mobutu. Punto de inflexión La catástrofe ecológica del petrolero Exxon Valdez marcó un punto de inflexión en su vida. Se encontraba en Estocolmo, tratando de convencer al gobierno sueco de que comprar unos equipos de comunicación altamente sofisticados. Volvió a su casa en Estados Unidos aturdido por las imágenes de aves manchadas de fuel que había visto en la televisión. Una vez allí, se dijo que no podía seguir siendo cómplice de todo aquello. Tenía que salirse, buscar una alternativa, encontrar otra forma de vivir. «Lo primero que hice fue preguntarme si realmente necesitaba el coche, el barco y todas las demás cosas que generaban la demanda del petróleo que estaba matando a cientos de miles de cormoranes en Alaska -dice Jim-. Y llegué a la conclusión de que no los necesitaba. Lo importante en la vida son los afectos, la pasión por lo que hace, y no los objetos, sobre todo cuando tiene un coste tan grande para ti mismo, cuando te obligan a vivir en contra de tus valores, y cuando ponen en riesgo el futuro del planeta». Como buen ingeniero, Jim es un apasionado de los números. Encerrado en su casa, durante días realizó cuentas hasta llegar a la conclusión de que si vendía todo lo que tenía y ponía el dinero en el banco podía percibir unos intereses anuales de 5.000 dólares. Lo suficiente para dejar de pagar impuestos (y no contribuir así a la producción de armamentos). Y, por pura casualidad, la renta anual de la mayor parte de las familias del mundo. Esta última idea le resultó muy atractiva: no tendría más recursos económicos que la mayoría de la humanidad, por lo que su consumo no sería superior a la media. A partir de ese momento Jim comenzó a llevar una vida desapegada, sencilla, respetuosa con los otros seres humanos, con el medio ambiente y con las generaciones futuras (ya que su consumo personal no está mermando los recursos futuros del planeta). « Tenía treinta años de edad y era libre. Vivía en una granja en la que producía todo lo que necesitaba para alimentarme, iba a todas partes en bicicleta. Tenía la conciencia tranquila. Si todos vivieran como yo lo hago, en mil años la tierra seguiría intacta».