Diario de León

Un día en el circo italiano Una mirada bajo la carpa

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|||| El lunes se levanta perezoso, como en todas partes. Tan sólo los chavales parecen tener ánimos para hacer algo más que cubrir el expediente. El Gran Circo Italiano se despereza en Pontevedra -a estas alturas estará ya en Santiago para recorrer después Padrón, Estrada, Villagarcía, Ferrol, La Coruña...- y afronta un nuevo día de una vida nómada aunque sometida a reglas. Las ponen, entre otros, los ayuntamientos, que tolean a Carlos Núñez y a Pele, los encargados de gestionar el papeleo. «En algunos sitios nos han pedido incluso un estudio de densidad del terreno donde nos íbamos a instalar. ¡Pero si eso se hace con infrarrojos y desde un helicóptero!». Claro que para salidas marcianas, la de un alcalde de las Rías Baixas, dejémoslo así, que se negó a que montasen la carpa en el territorio que controla férreamente con argumentos parecidos a los que llevaron a Giordano Bruno a la hoguera: «Esta gente trae bacterias». Hoy no hay clase, porque los maestros, Ivan y Casilda, que disponen de su propia caravana, aprovechan el puente del Día de las Letras Gallegas, uno de los pocos paréntesis que el calendario les permite allí donde caen. Eso no quiere decir que la veintena de niños que conviven en el Circo Italiano se vayan de rositas. Como cada día, toca entrenamiento a cargo de Gleissy, brasileira, y Tania, que ha estudiado en la prestigiosa escuela de Moscú. Tienen entre cuatro y catorce años y son un prodigio de elasticidad y humanidad, comunicativos, curiosos, amables. Sus nombres evocan las ocho o nueve nacionalidades que viajan juntas con un espectáculo en el que participan noventa personas. Richard, Sidney, Mónica, Claudia, Ivana, Alejandro, Shannon, Máximo, Martin, Rumen... Tal vez si el concejal del ramo se hubiese molestado en acercarse a conocerlos, no tendrían que chapotear en una indigna parcela, orillada en la carretera a Marín, que ni siquiera dispone de un espacio decente para el aparcamiento. «En otros lugares lo mínimo es ceder el recinto ferial o un lugar asfaltado», cabecea Moreno Rossi, uno de los once hermanos que constituyen el núcleo central de un circo que debe responder ante el munícipe de turno con fianzas de hasta seis mil euros para poder trabajar. Hay dos «españoles». Uno es un pícaro que vio la luz un 17 de enero, hace nueve años, «en un sitio cerca de Lugo». Su nombre, Dimiter Dimotrov Genovesi. El otro tiene más pelos que días de vida. Acaba de nacer. Se llama Samil. Y es un tigre. No hay mejor guía que Pepín León, payaso añejo, galgo de casta, que recuerda el único circo fijo que funcionaba en España, el Price, sobre el que hoy se levanta el Ministerio de Cultura. Pepín tiene cuerda, por algo dicen que estudió en el conversatorio de Sevilla. Habla de ética, del respeto en Europa, de la crisis de los 80 y de quienes «hacían gritar a los chavales las tonterías de la tele mientras los padres se aburrían», de que sus hijos «antes escuchaban a Rosendo que a Teresa Rabal». Y así dan las siete, la hora de la función. Así se forjan los sueños.

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