Gritos de silencio y años de plomo
Diario de León visitó recientemente uno de los tres centros penitenciaros del Frente Polisario distribuidos entre los estériles territorios del «Sáhara liberado» y del entorno argelino de Tindouf, donde permanecen los refugiados de la ex coloni

XURXO LOBATO
El pasado jueves, 18 de agosto, el Frente Polisario liberó a los últimos 404 prisioneros de guerra marroquíes en un claro gesto de distensión diplomática y con la firme intención de demostrar a la comunidad internacional, y más concretamente a la ONU, que por parte saharaui se apuesta por el diálogo y por dar una salida definitiva a un conflicto que lleva 30 años sin resolverse. El presidente de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos, Richard Lugar y los representantes del Comité Internacional de la Cruz Roja, firmaron el acta de entrega de los mencionados prisioneros y certificaron un acto histórico: Ya no existen prisioneros de guerra marroquíes en el Sáhara; o al menos en uno de los bandos. Otra cosa son los 33 presos retenidos por la policía alahuí por manifestarse en El Aaiún en contra de la ocupación marroquí, o de los más de 70 supuestos combatientes de las filas polisarias de cuyo destino, años después, nada se sabe. Los penales de Tifariti, Miyek y Aguenit han quedado vacíos, inertes y sin sentido de seguir en pie, erguidos como símbolos del sinsentido de una guerra, primero en el desierto y ahora en los despachos, que nunca debió acontecer. Esta es la historia de un grupo de esos prisioneros de guerra, y más en concreto, de la conversación que mantuvimos con dos de ellos: Mohamed y Hamdi que, desde 1991, permanecían en uno de estos tres centros penitenciarios saharauis y con quienes pudimos charlar con total libertad en una de nuestras recientes visitas a la zona. Comienza el viaje Salimos de León ligeros de equipaje. Grabadora y cámara fotográfica en ristre. En autobús llegamos a Madrid, y de allí volamos a Argel, y de la capital argelina a Tindouf, población al suroeste de la antigua colonia francesa donde malviven en campos de refugiados y gracias a la solidaridad internacional entre 100.000 a 150.000 saharauis, antiguos españoles que un día de 1975 fueron abandonados a su suerte por España. Las cifras varían según la fuente que se utilice. En guerra con Marruecos, que invadió en 1975 esa provincia española, el Frente Polisario logró reconquistar casi la mitad del territorio; esa especie de ele invertida diseñada con escuadra y cartabón desde algún recóndito despacho de la lejana metrópoli. En Tindouf un todoterreno Toyota de color verde caqui nos espera conducido por Salek, un saharaui que nunca habla y que aprendió con el ejército español mecánica en los viejos Santana y Pegasos que ahora le resultan imprescindibles para realizar desplazamientos por el desierto. Uno nunca sabe cuándo estos viejos cacharros pueden dejar de funcionar. Sin embargo, pronto comprobamos que Salek sabe su oficio. Una piedra, un viejo neumático... son suficientes señales para moverse en la dirección correcta. El alma nómada sigue viva en estas gentes con viejos DNI españoles. Llegada con la ONU Llegamos al caer el día a la prisión levantada por los propios prisioneros a finales de los años 80 mezclando tierra, agua y algún que otro grijo. No olvidemos que lo que hoy es el gran desierto del Sáhara fue en su día mar. Cientos de fósiles lo afirman. Desde 1991, fecha del alto al fuego, los soldados cascos azules de la Minurso visitan la penitenciaria periódicamente, así como miembros de la Cruz Roja internacional. «Al prinicipio el acuerdo era intercambiar 200 prisioneros anualmente. Punto que se cumplía», nos dice nuestro guía. Otro Mohamed, pero en este caso apellidado Salem. «Pero descubrimos, con estupor, que muchos de los soldados marroquíes liberados no eran reconocidos como tales por su Gobierno, teniendo que integrarlos, en la medida de lo posible, en nuestros campos de refugiados o wilayas», prosigue. En efecto, a pesar del rechazo inicial, el pueblo saharaui ha abierto sus humildes chozas y haimas a casi 300 de estos soldados a los que su propio país envió forzosamente a una guerra y ahora no los reconoce como parte de su Ejército Imperial. En la provincia o wilaya de Ausserd residen, 30 años después, casi todos los marroquíes que Hasan II primero, y su hijo Mohamed VI después, han imposibilitado volver a sus casas. Salem, nos dice que «nosotros creemos que los desprecian porque no quieren que actúen como informadores de la realidad. Marruecos no acepta que hubo un punto en el que las derrotas de su equipado y numerosos ejército comenzaron a sucederse. De ahí que cundiría el desánimo entre sus filas y en las familias pobres que es de donde proceden la mayoría de estos soldados». Luego averiguamos que también existieron reclutamientos forzosos, incluso en las propias cárceles marroquíes, en donde se les brindó la oportunidad a delincuentes de poca monta e incómodos para el régimen feudal alauita, de formar parte de las tropas destinadas en los terrenos ocupados del antiguo Sáhara español a cambio de una prometida libertad y un sueldo fijo que enviar a sus familias, generalmente del norte del país, del Rift, curiosamente otra zona que no fue provincia pero sí protectorado español. Durante los 16 años de contienda el Frente Polisario llegó a efectuar más de 2.000 prisioneros marroquíes. Sus tres penales, ubicados como hemos dicho en Tifariti, Miyek y Aguenit tan sólo estuvieron al límite de su ocupación a finales de los años 80, cuando la guerra claramente se iba inclinando hacia el lado saharaui. Las emboscadas, casi parecidas a la razzias árabes, generalmente nocturnas, driblaban los controles y radares marroquíes, amén del vergonzoso muro levantado como una línea recta partiendo en dos al país. En estas incursiones con dos o tres vehículos todoterrenos a la luz de la luna, fueron capturados Mohamed y Hadmi. A ambos les sorprendieron los guerrilleros polisarios durmiendo en sus destacamentos avanzados del muro. Al principio, los prisioneros servían como moneda de cambio entre los bandos, luego ya sólo interesaba el robo del moderno material bélico marroquí comprado generalmente a Francia y Estados Unidos. Mohamed es un soldado raso procedente del norte de Marruecos, de Ketama. Su familia, campesina, no pudo hacer nada para evitar el reclutamiento de uno de sus hijos perdiendo dos brazos que tanto hacían falta para el sostenimiento de la economía doméstica. Mohamed nos cuenta, sin presencia saharaui puesto que se nos permite hablar en una sala del penal a solas con los presos, que «no entiendo porqué tenemos que luchar, porqué de todo esto. Yo sólo quiero volver a casa». Mohamed recibe todos los meses cartas de su familia que le escribe una de sus hermanas que ha podido escolarizarse y aprender a escribir. Él habla un poco español porque «escucho Radio Exterior de España, me gusta la Liga de fútbol mucho». Mohamed tampoco sabe leer y son otros compañeros de presidio los que le cuentan los avatares familiares. Afirma que «nos tratan bien, nos dan de comer, nos dejan jugar al fútbol (un campo de arena a modo de patio ha sido habilitado como terreno de juego con porterías y todo). Los vigilantes, por llamarles de alguna forma, juegan afuera sentados en la arena con piedrecitas a un extraño juego parecido a los dados o los chinos a los que jugamos en nuestros bares españoles. Aquí el tabaco es la moneda de trueque y cambio entre captores y capturados. Una venta manchega El penal tiene aspecto de venta manchega, de gran pared de barro encalada que rodea el perímetro monótono sólo roto por las cúpulas de las torres y edificios auxiliares de típica construcción moruna. Pasamos a otra sala que hace las funciones de comedor con capacidad para no más de 50 personas. Nos traen a Hadmi, enseguida nos damos cuenta de que en sus ropas se distinguen restos de un uniforme de camapaña marroquí. Su rango es de suboficial, pero ni nuestro modesto francés, ni el propio hassaní, dialecto árabe saharaui, ni el árabe marroquí que no sabemos, nos permite una fluidez en el diálogo. Notamos cierta tensión en Hadmi. Es altivo. Él cree que su monarca, al que llama el «gran padre» no les ha abandonado. Tanto Hadmi, como otro tercer prisionero que le acompaña no quiere hablar sobre el conflicto. Hadmi nos da varias cartas para que las hagamos llegar a Marruecos. Cosa que hacemos nada más llegar a Madrid. Le contamos lo que sabemos, las novedades y que nos compare la vida de los penales de Tazmamart, Derb Muley Cherif y Agdez, donde sabemos que casi un centenar de saharauis están presos. Hadmi dice en un tosco castellano que «los derechos humanos y las condiciones en las que vivimos se respetan y son similares, supongo, a las de los saharauis en mi país». Hadmi no cree que Marruecos no haya aceptado a parte de sus soldados en su regreso a casa, aunque reconoce que la Media Luna Roja, versión de la Cruz Roja, vela por ellos y que lo que poco a poco va sabiendo por ellos y por las emisoras de radio que le son permitidas desde hace tiempo en la prisión el conflicto está estancado. Algo que admite le preocupa. «Tienen que hacer algo por nosotros. Estamos cansados de luchar y aburridos de esperar una solución», sentencia. La despedida Al salir de nuestra charla con soldado y suboficial, por separado, llevamos muchas cartas de otros presos. Saben que el correo desde España llegará antes que de forma ordinaria desde Tindouf. Se nos permite tomar una foto a un grupo de presos ociosos, en grupo, a la sombra de este tedioso sol del desierto. Volvemos al Toyota, no sin antes dar todos nuestros medicamentos al casi vacío dispensario del penal, «por si puede serviros», decimos. Cuando despegamos con regreso a casa nos embarga una tristeza especial que nos ha acompañado hasta hoy, fecha en que hemos tenido conocimiento de la liberación de todos los Mohamés y Hadmis de los tres centros penitenciarios saharauis. Una vez más, el pueblo saharaui tiende la mano y alza su voz a quien quiera escuchar el canto de amargura de un pueblo al que se le está condenando a vivir fuera de su casa. Al menos Mohamé y Hadmi, a buen seguro, estarán ya en sus casas, en su tierra, con su gente. «Su Kram», gracias, decimos al Polisario en nombre de sus familias desde la libertad.