Diario de León

Manuel Girón Bazán, la forja de un guerrillero

Una vida legendaria, no leyenda. La crueldad de la represión franquista marcada en la piel del último guerrillero. El martes, Temas de Hoy añade a su colección histórica un nuevo acierto editorial de la mano del leonés Santiago Macías. Revista

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

«No era muy alto, pero fuerte. Serio y callado, su mirada era dura y el blanco de su camisa contrastaba con su piel curtida. Llevaba una pistola en la sobaquera y en el cabecero de una cama de hierro tenía colgado el fusil y el morral. Acababa de tener un enfrentamiento con la Guardia Civil en el Campo de las Danzas. El comedor, en penumbra, estaba tomado por el humo de los cigarros. En la mesa había una botella de ponche, una de anís y otra de coñac. Yo tenía apenas dieciocho años, pero aquella imagen me quedó grabada para toda la vida. Hoy lo recuerdo al ver alguna de las películas ambientadas en el Chicago de los años veinte. Le entregué la correspondencia, cruzamos algunas palabras y me fui.» 1 Ésta fue la primera vez que oí hablar de Manuel Girón Bazán, el guerrillero que marcó el principio y el final de la lucha armada contra el régimen franquista en El Bierzo y sus zonas limítrofes, el hombre que terminó convirtiéndose en mito de libertad, aun cuando el franquismo había acabado con ella, y el mismo que hoy, más de cincuenta años después de su muerte, sigue siendo recordado y respetado no ya por los que le conocieron, sino incluso por los que le combatieron durante quince largos años, desde el 25 de julio de 1936, fecha en que escapó de la muerte en Salas de los Barrios, hasta el 2 de mayo de 1951, cuando la traición -sólo ella pudo- acabó con su vida. Protagonista de todas las fases de la resistencia armada, participó en ella formando parte de los primeros grupos de huidos de El Bierzo y La Cabrera para más tarde alistarse en las filas del Ejército Popular de la República en Asturias. Luego participó en la creación de la Federación de Guerrillas de León-Galicia y el posterior Ejército Guerrillero. Acabó combatiendo junto a apenas media docena de hombres en los montes de La Cabrera, su tierra de adopción. En todos esos periplos destacaría como elemento aglutinador, y paliaría su falta de teoría en la lucha armada por medio de la bravura en el combate; su escasa preparación política la suplió con una facilidad innata para conectar con las gentes del mundo rural: su mundo. A todos esos datos habría que sumar el hecho de que Girón era conocido en las zonas limítrofes como cazador ya desde antes de la guerra, cuando incluso hizo de guía para una partida en la que participó el general Gonzalo Queipo de Llano -uno de los artífices del golpe de Estado de 1936-, en alguna de sus habituales cacerías por La Cabrera y El Bierzo, en cuya capital, Ponferrada, tenía familiares. Lo cierto es que Girón no fue sino uno más de los españoles a los que la sublevación militar de julio de 1936 convirtió en protagonistas sin querer de esa parte trágica de nuestra historia más reciente, tan silenciada en nuestro país. Para muchos hombres y mujeres, el 18 de julio de aquel año supuso un vuelco en sus vidas y dio paso a una situación en la que, como en el caso de Manuel Girón Bazán, no se disponía de más opciones: el monte o la muerte. 2 Sin embargo, la memoria de aquellos hombres y mujeres que se echaron al monte para defender con las armas la legalidad republicana resulta hoy incómoda. Víctimas del franquismo, la transición política llevada a cabo tras la muerte del dictador les convertiría en los grandes proscritos de la historia contemporánea, hasta el punto de que los propios partidos de izquierda negaron su rehabilitación. 1936: el monte o la muerte Toda la provincia de León, excepto algunas zonas del nordeste, en los límites con Asturias, quedó desde el inicio de la Guerra Civil bajo control del bando sublevado. La casi nula oposición, debido a la carencia de medios, de amplios sectores de la clase obrera frente a los militares rebeldes contrastó con la cruenta represión desatada contra los desafectos al nuevo régimen. León, junto a Asturias, constituyen dos de las regiones de España que más nombres aportarían a la lista de represaliados. La importancia de la actividad minera en la zona y la efervescencia del movimiento obrero habían dejado un claro reflejo en las elecciones de febrero de 1936. La alianza de los partidos de izquierda en el Frente Popular recibió un apoyo mayoritario en El Bierzo, mientras que en el resto de la provincia la tendencia electoral se decantó claramente por los partidos de la derecha, especialmente la CEDA. Tras el estallido de la Guerra Civil, la respuesta de los sublevados fue implacable. Sólo en El Bierzo existen innumerables fosas comunes en las que yacen republicanos y simpatizantes de partidos de iz­quierda. La única garantía de supervivencia para muchos fue la huida. Un claro ejemplo al respecto lo constituye la represión sufrida por diversas corporaciones municipales elegidas democráticamente, como las de Ponferrada, Bembibre, Villafranca del Bierzo o Toral de los Vados, 3 cuyos miembros fueron sometidos a consejos de guerra y fusilados en los meses posteriores a julio de 1936. Manuel Girón Bazán era uno más en la lista. Cavador de viñas y segundo hijo de una familia de seis hermanos, 4 su condición de afiliado al sindicato UGT le obligó a echarse al monte, junto a su hermano José, poco después de la sublevación militar. Quizá los motivos haya que buscarlos, como en otros muchos ejemplos, meses antes del estallido de la guerra. En el caso de los hermanos Girón, la fecha clave sería el 14 de mayo de 1936, cuando ambos, junto a un vecino de la cercana localidad de Lombillo, Nemesio Fernández Pérez, tuvieron un incidente con un vecino de Salas de los Barrios, Florencio Flores, quien posteriormente acusó a los tres hombres de haberle amenazado y robado en su domicilio. El 8 de junio pondría el hecho en conocimiento del secretario del Ayuntamiento de Ponferrada, Julio Fernández, que instruiría el sumario del caso. 5 El 17 de julio de 1936, el día que el golpe militar se iniciaba en África, se remitiría el sumario a la Audiencia Provincial de León. Sólo unos días antes, de nuevo los dos hermanos Girón y su convecino de Salas de los Barrios, José Losada Yáñez, serían denunciados por tenencia ilícita de armas. 6 Aquel célebre falangista El 25 de julio de 1936 media docena de guardias civiles acompañados por un célebre falangista de la localidad, para el que los hermanos Girón habían trabajado de vez en cuando como jornaleros, se presentaron en Salas de los Barrios. Poco antes, el contingente de fuerzas había hecho acto de presencia en la cercana localidad de Lombillo en busca del hombre que aparecía en la denuncia junto a los hermanos Girón, Nemesio Fernández Pérez. Una vez en su domicilio, obligaron a su aterrorizada esposa a ir en su busca. Los perseguidores dijeron a la mujer que no temiese, porque nada le iba a suceder a Nemesio: sólo querían hacerle unas preguntas. Una vez le hubieron localizado, y sin mediar palabra, le asesinaron a tiros. Cuando los guardias civiles llegaron a Salas de los Barrios, los vecinos del pueblo ya conocían la noticia del asesinato del vecino de Lombillo. Así, Alida González Arias, que a la postre se convertiría en una de las principales protagonistas de la oposición armada, pudo alertar a su marido, José Losada Yáñez, 7 también ugetista, para que no regresara al pueblo por el peligro que corría su vida. Fracasado el intento de capturarle, el contingente de guardias se dirigiría al domicilio de los Girón, íntimos amigos de Losada. Sin embargo, poco antes de que llegaran allí, el secretario del juzgado municipal de Salas de los Barrios, Ángel Fernández, conocedor de las intenciones de las fuerzas, se interpuso en su camino. Ese tiempo resultaría precioso para los dos hermanos, que lograron salir de la casa por la parte trasera y se internaron en el monte con lo poco que habían podido recoger antes de salir: sus armas de caza y algunas viandas. Ambos serían declarados en rebeldía el 8 de enero de 1937, y pocos días más tarde, el 17 de febrero, el gobernador civil declararía una orden de busca y captura contra ellos. Los represaliados de Salas La represión posterior contra varios vecinos del municipio de Salas de los Barrios dejaría un balance de decenas de muertos, entre ellos Juan García y Enrique Vidal, miembros de la Casa del Pueblo, Alejandro Fernández, Germán Ramos, Antonio Botas, Salvador Álvarez o Segundo Fernández, 8 la mayoría de ellos paseados y sepultados en alguna de las numerosas fosas comunes de localidades como Magaz de Abajo o parajes como Montearenas. Otros, como Isidro Vázquez, fundador de la Casa del Pueblo de Lombillo, tendrían más suerte y serían encarcelados y desterrados, pudiendo regresar a su pueblo años después. No correría la misma suerte Narciso Carrera Núñez, 9 amigo íntimo y habitual compañero de caza de José y Manuel Girón, que se convertiría en el primer fusilado tras ser condenado a muerte en Ponferrada. Al igual que los hermanos Girón, había sido denunciado unos días antes del estallido de la guerra por tenencia ilícita de armas. Las familias de los que se habían podido echar al monte serían también represaliadas. La de Manuel y José Girón fue desterrada varios kilómetros fuera de la provincia, al igual que Alida González Arias, conducida a Cantalapiedra, en Salamanca, después de haber sido condenada a treinta años de cárcel tras ser descubierta, el 22 de septiembre de 1937, en un paraje cercano a su pueblo cuando se dirigía al monte para facilitar alimentos a su marido. 10 Pocos meses después del encarcelamiento de Alida González ocurriría un suceso con desenlace trágico: un día del verano de 1938, mientras varios huidos se aseaban en un riachuelo cercano a Salas de los Barrios, un vecino de la zona robaría a éstos varias de sus pertenencias, entre ellas dinero y algunas armas de fuego con las que perpetraría un robo en el domicilio de un vecino de Lombillo. Descubierta su participación en el hurto, sería conducido a la cárcel de León. Una vez allí, las autoridades le propusieron traicionar al mayor número posible de resistentes a cambio de la libertad. De paso se quitaría de encima la amenaza de muerte que pesaba sobre él por parte de los huidos, no sólo por el robo de las armas, sino por el uso que había hecho de ellas. Cuando el vecino regresó a Salas de los Barrios, la situación de los grupos de resistentes había cambiado sustancialmente, y en la zona sólo permanecía José Losada, oculto en un refugio cuya ubicación conocía el traidor, quien pondría en conocimiento de las fuerzas represivas la presencia del huido. El 27 de abril de 1940 11 varios números de la Guardia Civil acabaron con la vida de Losada Yáñez en una cueva situada en el paraje conocido como Río Grande, 12 cercano a Lombillo. Su muerte significaría el fin del destierro de su viuda, Alida González, la cual, a partir de aquel momento, se convertiría en un importante punto de apoyo de la resistencia armada. Dos hermanos, dos bases Mientras tanto, los hermanos José y Manuel Girón habían establecido sus bases en diferentes pueblos de la comarca de La Cabrera, donde eran sobradamente conocidos entre los vecinos y contaban con una gran popularidad entre amplios sectores de la población, lo que sin duda les facilitó el establecimiento de una nutrida red de puntos de apoyo. Localidades como Corporales, Forna, Castrillo o Castrohinojo se destacaron como los principales bastiones de la guerrilla en la comarca de La Cabrera. En los últimos meses del año 1936 y a principios del año siguiente fueron llegando a la comarca varios huidos de las zonas leonesas de Ponferrada y Bembibre, además de otros de Valdeorras, en Ourense. Entre los recién llegados se encontraban los hermanos Rosendo y Herminio Carrera Arias, Manuel Álvarez González 13 y Antonino Arias González, todos ellos vecinos de Losada; Agustín Fernández Expósito, de Bembibre; y Manuel Blanco Pascual, fotógrafo residente en O Barco de Valdeorras, donde formaba parte de la corporación municipal como teniente de alcalde. Este último había logrado escapar de las garras de los militares rebeldes cuando hicieron su entrada en O Barco, a finales de julio de 1936. Declarado en rebeldía, se libró de una muerte segura. No tendría la misma suerte el alcalde de la villa, Abdón Blanco García, sometido a consejo de guerra, condenado a muerte y fusilado en Ourense a finales de aquel mismo año. 14 En su faceta como político, Blanco Pascual colaboró en la creación del Frente Popular como miembro del Partido Comunista; como fotógrafo, gracias a él O Barco de Valdeorras puede contar, hoy en día, con una colección importante de imágenes de la villa de los años veinte y treinta del siglo xx . Había nacido en Lérida el 3 de agosto de 1900. Otro de los llegados a La Cabrera sería Ángel Cañibano López, nacido el 6 de junio de 1902 en la localidad palentina de Villamayor de Campos, pero avecindado en Ponferrada, donde ocupó el cargo de secretario de la UGT además de ser gestor del ayuntamiento de la ciudad hasta los acontecimientos de julio de 1936, fecha en la que huyó al monte. Junto a él habían llegado meses atrás a La Cabrera dos hermanos de Ponferrada, y Santos Martínez Martínez, este último oficial de la secretaría del consistorio ponferradino, además de dos militantes de las juventudes socialistas, Joaquín Mastache Sanz y Francisco Granda, y por último Guillermo Pousa Pinza y Claudio Pousa Marqués, padre e hijo respectivamente, vecinos de Ponferrada, donde regentaban una panadería. 15 El 3 de octubre de 1936 se produciría en Llamas de Cabrera un combate entre el grupo de resistentes y varios falangistas de la zona en el que resultarían muertos José Martínez, Joaquín Mastache y Francisco Granda, estos dos últimos asesinados a sangre fría después de ser detenidos. Los otros cuatro huidos, Santos Martínez, Ángel Cañibano, Guillermo Pousa y su hijo Claudio, lograron huir del lugar. El primero se internaría en Portugal y regresaría en febrero de 1940 a Ponferrada, donde se presentaría a las nuevas autoridades del régimen. El resto se integraría poco tiempo después en el grupo liderado por los hermanos Girón. La chaqueta delatora Poco después, un incidente en el que se vería envuelto otro de los recién llegados marcó el rumbo del grupo de huidos en La Cabrera: el 20 de febrero de 1937 fueron sorprendidos en la localidad cabreiresa de Iruela 16 por una patrulla de guardias civiles y falangistas. Logró huir todo el grupo excepto el berciano Benigno García González. Además de esta detención, la Guardia Civil se apuntó un tanto inesperado: en su frenética huida, los fugitivos abandonaron en el lugar una vieja chaqueta en cuyo interior las fuerzas encontraron la cartilla militar de Manuel Girón Bazán. 17 Conocida la noticia, y ante el temor de que el recién detenido descubriese el paradero del resto de la partida, tomaron la determinación de desplazarse hacia Asturias para alistarse en el Ejército Popular de la República. Así, a mediados de 1937 cruzaron los valles de El Bierzo, Omaña y Babia, y llegaron a tierras asturianas el 13 de agosto del mismo año, donde harían su presentación ante el Estado Mayor del Ejército del Norte. Una vez allí, los once hombres pasaron a la Caja de Reclutas Asturias I, con sede en Gijón, donde se les asignaría destino. Así, Manuel Álvarez González y Agustín Fernández Expósito fueron enviados a la Brigada Civil Portuaria n.º 3; Guillermo Pousa Pinza, debido a su edad -cincuenta y cinco años-, prestaría sus servicios en Asistencia Social; el resto del grupo pasaría al Pelotón de Información de la VI División. 18 En su nuevo destino Manuel Girón entró en contacto con algunos de los componentes del Batallón 206, formado en su mayor parte por anarquistas leoneses a cuyo mando se encontraba el secretario general de la CNT en León, Laurentino Tejerina Marcos. 19 Junto a Marcelino de la Parra Casas y los primos Leopoldo y Victorino Nieto, leoneses de Villaverde de la Abadía, se especializaron en operaciones de sabotaje en las líneas franquistas. A partir de entonces, nacerían grandes lazos de amistad entre los cuatro combatientes. Últimos días del frente asturiano Tras rechazar por el momento su idea de entrar en Madrid, en marzo de 1937 Franco decide fijar un objetivo a corto plazo: el frente norte. Así da inicio a la ofensiva contra las tropas republicanas al mando del general Llano de la Encomienda. Gracias a la superioridad de los sublevados en el aire, tendrían lugar en esta zona dos de los acontecimientos más terribles no sólo de la Guerra Civil, sino de todas las guerras del siglo xx . Bombarderos alemanes Junker 52 atacan el pueblo de Durango el 31 de marzo de 1937, convirtiendo aquella población vasca en la primera en ser bombardeada desde el aire en la historia de Europa. Sin embargo, este hecho se quedaría pequeño ante lo sucedido unos días después en Guernica, una barbarie de tal magnitud que obligaría a Franco a tratar de maquillar la operación con la falacia de que habían sido los propios republicanos quienes, en su retirada de la ciudad, habían causado la catástrofe. El «cinturón de hierro» vasco Tras los ataques a Durango y Guernica, los sublevados se dispusieron a atacar el «cinturón de hierro» vasco gracias a la traición de uno de los mandos que habían participado en la construcción de esta línea defensiva y que se había pasado al bando rebelde, el comandante Alejandro Goicoechea. En plena preparación del ataque tuvieron lugar las sustituciones de los dos generales al mando tanto de los sublevados como de los republicanos. En el primero de los casos la sustitución fue forzosa, ya que el 3 de junio el avión en el que viajaba el general Mola se estrelló cerca de Burgos. Con la muerte de Mola estaba cada vez más clara la supremacía de Franco al frente de los sublevados. Algunos testimonios atribuyen a una operación de sabotaje el accidente del avión que transportaba al general rebelde, y la fría actitud de Franco al conocer la noticia deja sin ninguna duda un hilo de sospecha. Le sustituiría en el cargo el general Dávila. Mientras tanto, los republicanos retiraban del mando a Llano de la Encomienda, a quien sustituyó Gamir Ulibarri. Reiniciados los combates en Euskadi, los sublevados lograrían tomar Bilbao el 19 de junio de 1937, después de superar el cinturón de hierro. El siguiente escollo sería Santander, hacia donde se dirigieron los rebeldes después de la pausa originada por las operaciones republicanas de Aragón y Madrid. A finales de agosto de 1937 caería también la capital cántabra, donde las tropas franquistas harían miles de prisioneros. La estrategia del Estado Mayor republicano y la Junta Delegada del Gobierno en el norte de España, de retirarse hacia Santander tras el desastre de Bilbao, en lugar de hacerlo hacia Asturias, no resultaría la adecuada. Para rematar la caída del norte, los nacionales prosiguieron la ofensiva el 1 de septiembre en dirección a Asturias. Mientras la situación en el mar arrojaba un balance favorable a la República, que mantenía en sus manos la práctica totalidad de la Armada, no pasaba lo mismo en tierra, donde las fuerzas a las órdenes del general Aranda, procedente de León, y Solchaga, que avanzaba por el este, sumaban un contingente de más de 100.000 efectivos. En el aire, la Legión Cóndor marcaba la pauta. Tras los duros bombardeos Así, aprovechando su superioridad aérea, los sublevados someterían a duros bombardeos a la flota republicana en Asturias, cuyos navíos, en su mayoría, abandonarían España rumbo a Francia. Una vez allí alguno de los mandos se pasaría al bando franquista. Los sublevados habían conseguido la supremacía en el mar sin que sus navíos efectuasen una sola descarga. Desde que el 1 de octubre las fuerzas sublevadas ocuparon Covadonga, la suerte del frente asturiano estaba echada. El 17 de octubre, la IV Brigada Navarra cruzaría el río Sella, lo que provocaría que el Consejo Soberano de Asturias, presidido por Belarmino Tomás, decidiese la evacuación del territorio. Finalmente, el 21 del mismo mes los rebeldes entraban en las dos localidades más importantes de Asturias -aparte de Oviedo, ya tomada-: Gijón y Avilés. Con ello termina la campaña del norte. A partir de ese momento se sucederán los intentos de escapar por mar de Asturias desde los puertos de las últimas localidades que mantuvo el gobierno: Candás, Gijón, Avilés, San Juan de Nieva y Cudillero. En total, cerca de treinta navíos abandonarían la región, pero muchos de ellos fueron capturados o hundidos por buques franquistas como el Tritonia , el Júpiter o el Almirante Cervera . De regreso a El Bierzo En uno de los últimos combates del frente asturiano, José Girón, hermano e inseparable amigo de Manuel, resultó herido por una esquirla de bala que le provocó la pérdida del ojo derecho. Evacuado hacia Francia, ya no volvería a ver a su hermano. Su temprana muerte en La Roche de Chauray, Francia, en abril de 1959, le impidió ver cumplido el sueño de regresar algún día para reunirse con su familia en España. 20 La llegada de Manuel Girón y sus compañeros a Asturias coincidió con el principio del fin del frente asturiano: apenas dos meses después las tropas sublevadas tomaban Asturias, y con ello se iniciaba una nueva etapa como fugitivos para la mayoría de los miles de excombatientes dispersados por tierras asturianas. Para los que no eran naturales de aquellas tierras, solamente había dos alternativas: escapar por mar o el regreso a sus pueblos. Por el contrario, la inmensa mayoría de los que optaron por entregarse ante las promesas de redención acabaron sus días fusilados y enterrados en decenas de fosas comunes asturianas y de las zonas fronterizas entre Asturias y la provincia de León. El derrumbamiento definitivo del frente asturiano en octubre de 1937 sorprendió a Manuel Girón en la localidad de Campomanes, donde se hallaba tendiendo líneas telefónicas. Al igual que miles de excombatientes, su objetivo primordial era el de trasladarse a Gijón para tratar de embarcar en alguno de los navíos fletados desde Asturias hacia Francia. Sin embargo, aquélla era una suerte reservada para muy pocos. Los escasos barcos disponibles, la mayoría pequeños pesqueros, partían repletos de milicianos del Ejército Popular de la República. Muchos de estos barcos serían interceptados por navíos franquistas. Una vez capturados sus ocupantes, miles de estos hombres serían conducidos a los campos de concentración habilitados por los sublevados en Asturias y Galicia. Ante la imposibilidad de abandonar Asturias por mar, Manuel Girón regresó a Campomanes junto al que se convertiría en inseparable compañero, el cenetista Marcelino de la Parra Casas. A ellos se unirían más tarde dos primos naturales de la localidad berciana de Villaverde de la Abadía, Leopoldo Nieto Martínez y Victorino Nieto Rodríguez, además de varios supervivientes de la primera expedición que desde El Bierzo había alcanzado Asturias en el verano del mismo año. Los cuerpos de algunos de los componentes de aquel grupo quedarían diseminados por tierras asturianas, entre otros el del portugués Agustín Fernández Expósito. Durante el viaje de regreso hacia El Bierzo el grupo se iba reduciendo a medida que pasaba por las localidades de origen de cada uno de sus efectivos: Losada, Bembibre, Ponferrada o Villaverde de la Abadía. En este último pueblo, Victorino y Leopoldo Nieto se ocultarían durante algún tiempo hasta que, ante la amenaza de ser descubiertos, decidieron unirse a los demás hombres del monte ya establecidos en diferentes puntos de la geografía leonesa y orensana. Los cuatro excombatientes naturales de Losada sufrirían una suerte desigual tras entregarse a las nuevas autoridades de la zona. Los hermanos Herminio y Rosendo Carrera Arias fueron asesinados extrajudicialmente por un grupo de guardias civiles y falangistas. Sus cuerpos fueron enterrados en las cercanías de su pueblo natal, en una finca propiedad del párroco de Viñales. Mejor suerte correrían Antonio Arias González y Manuel Álvarez González. El primero se entregó a las fuerzas franquistas en Mieres el 24 de octubre de 1937. Tras su juicio, resultó milagrosamente absuelto. Ya en libertad, volvió a su pueblo, donde residiría hasta su muerte. Por su parte, Manuel Álvarez fue detenido por la Guardia Civil en San Emiliano, localidad fronteriza entre León y Asturias. Trasladado a León, fue condenado a doce años de prisión. Más tarde se le rebajó la pena y terminó quedando en libertad a finales de 1942. Sin embargo, al regresar a su localidad natal se vio obligado a emigrar a Madrid, ante el peligro que corría su vida por las amenazas de los falangistas locales. Volvería a Losada años más tarde. Separación de compañeros Otro de los componentes del grupo, Ángel Cañibano López, optó por dirigirse en un primer momento a su localidad natal, Villamayor de Campos, en Zamora, para más tarde regresar a la localidad asturiana de Ciano Santana, donde tenía un hermano. En aquel lugar se puso a trabajar como minero hasta que el 1 de julio de 1943 fue detenido y conducido a la Jefatura de Persecución de Huidos de Ponferrada. Encarcelado en la prisión de la capital berciana, fue trasladado a León al año siguiente para ser juzgado. En el consejo de guerra al que fue sometido, y a pesar de no quedar suficientemente probadas las acusaciones que le fueron imputadas, resultó condenado a treinta años de prisión por adhesión a la rebelión. 21 Éste es el término torticero que el franquismo utilizaba para condenar a los que habían defendido al gobierno legítimo de España. Así pues, la redención predicada por el nuevo régimen seguía basándose en la represión, y de este modo comenzaría a rodar la leyenda de los guerrilleros leoneses. El noroeste peninsular acogería, desde aquel momento, a varios grupos de huidos para los que la Guerra Civil no acabó con la caída del frente norte. Destino, La Cabrera Los dos últimos componentes del grupo, Manuel Girón Bazán y Marcelino de la Parra Casas, se dirigieron a la zona que se convertiría en bastión de la guerrilla hasta bien entrada la década de los años cincuenta: la comarca leonesa de La Cabrera, de sobra conocida por Girón y donde contaba con decenas de apoyos seguros desde su estancia allí en los primeros meses de la guerra. El primer pueblo en el que fijarían su residencia sería Corporales, en cuyos montes construirían una especie de choza para ocultarse. Una vez en aquel lugar, tomaron contacto con un vecino del pueblo, Manuel Álvarez, al que Girón conocía y que se convirtió en encargado del suministro de alimentos y otras necesidades. La tranquilidad se truncó dos meses más tarde, cuando fueron denunciados presuntamente por el párroco y un vecino del pueblo de Corporales. Rodeados en la choza por un nutrido grupo de fuerzas de legionarios y falangistas, se entabló un tiroteo del que milagrosamente saldrían sin un rasguño. El descubrimiento del refugio les obligó a abandonar aquel paraje, por lo que se encaminaron hacia otra localidad cabreiresa, Forna, donde Girón había vivido desde julio de 1936 hasta su viaje a Asturias. En aquel pueblo habitaba la familia Valle, que pronto se convertiría en el grupo de enlace de mayor confianza de La Cabrera. Además del hecho en sí de la confianza con la familia de Forna, la llegada de Girón y Parra a la aldea tenía como propósito recoger a uno de los jóvenes de la casa, Santiago Valle Cañal, que se encontraba huido desde los primeros meses del golpe militar. 22 Sin embargo, una vez allí se enteraron de la noticia de su fusilamiento en Zamora. Al parecer, tras la caída de Asturias había intentado cruzar a Portugal guiando a un grupo de nueve hombres, pero cuando estaba a punto de conseguir su propósito fueron denunciados por un pastor de la localidad zamorana de San Martín de Castañeda. Detenido el grupo al completo, fueron trasladados a Zamora, sometidos a consejo de guerra, condenados a muerte y fusilados contra las tapias del cementerio de aquella capital el 24 de noviembre de 1937. 23 Unos días después de la llegada a Forna de Girón y Parra, otro de los jóvenes de la casa, Domingo Valle, 24 se encargó de guiar a los dos huidos hasta el pueblo de Pombriego, donde tenía conocimientos de la existencia de una partida más numerosa con la cual les pondría en contacto. Este grupo, en su mayoría, estaba compuesto por varios hombres de la zona de Carucedo, localidad próxima a las imponentes explotaciones auríferas romanas de Las Médulas. Entre sus componentes figuraba un hombre que, a la postre, se convertiría en histórico de la resistencia armada leonesa: Abelardo Macías Fernández, Liebre . 25 El grupo de resistentes permaneció en Pombriego durante varias semanas. En esta localidad, célebre por su implicación con los hombres del monte, podían hacer vida normal durante el día. Durante la noche se ocultaban en una choza construida por ellos mismos en las cercanías del pueblo. La vida en una choza Poco tiempo después uno de los componentes del grupo de Pombriego, Antonio Fernández Blanco, Trapelas , que había sido el último alcalde democrático de la localidad durante la II República, se presentó voluntariamente ante el jefe del destacamento de la Guardia Civil de la cercana localidad de Puente de Domingo Flórez, José Ortega Salcedo. Tras ser detenido, fue sometido a consejo de guerra en León, proceso del que logró salir en libertad sin cargos cuando todo hacía indicar lo contrario, sobre todo después del asesinato de Pedro Fernández Franco, que le había sucedido en la alcaldía desde julio de 1936, y Francisco Rodríguez Fernández, que ocupaba el cargo de secretario del ayuntamiento. Las declaraciones favorables de varios vecinos del pueblo, así como del párroco de la localidad, constituyeron una baza importante a su favor. Ya en libertad, salió legalmente de España para instalarse en Estados Unidos. 26 Después de la presentación de Trapelas ante la Guardia Civil, el grupo que permanecía en Pombriego preparó un golpe económico contra varios vecinos de La Baña, uno de los pocos pueblos cabreireses, quizá el único, en el que los guerrilleros no contaban con punto de apoyo alguno. El hecho se produjo a principios de marzo de 1938. De regreso a Pombriego, los fugitivos se encontraron con que la choza donde se ocultaban había sido incendiada por las fuerzas represivas, llevadas hasta allí por una denuncia o tal vez gracias a los datos obtenidos después de los interrogatorios a los que había sido sometido Trapelas días atrás. El 5 de marzo tres de los huidos que habían permanecido ocultos en el refugio (el matrimonio formado por Pascual Vega Gómez y Domitila Vega Charro, naturales de Las Médulas, y Ceferino Prada Bello, de Borrenes) fueron sorprendidos por un numeroso contingente de guardias civiles, militares y falangistas, entablándose un tiroteo en el que resultaron muertos los tres huidos, así como también el enlace que les suministraba víveres, un vecino de Pombriego llamado José Domínguez Blanco. Los cadáveres de los tres fugitivos y del vecino fueron enterrados en el mismo lugar de los hechos. 27 Venganza contra los camaradas Conocedores de los pormenores del suceso, la venganza de los compañeros de las víctimas no se hizo esperar; sólo unos días después, el 7 de mayo, los huidos acabaron con la vida de dos falangistas de la cercana localidad de Yebra, los hermanos Aurelio y Gerardo López Gallego, a los que acusaron de formar parte de la patrulla mixta de fuerzas que habían llevado a cabo el ataque al campamento y que había provocado las cuatro muertes. 28 Otro hermano de los falangistas, José, lograría escapar ileso del tiroteo. El 22 de abril de 1938, fecha comprendida entre el incidente de Pombriego y la venganza contra los dos falangistas de Yebra, se presentó ante el comandante de puesto del Puente de Domingo Flórez otro de los huidos, Feliciano Macías Rodríguez, natural del pueblo cabreirés de Lomba. Conducido a la prisión de Ponferrada, fue acusado de pertenecer al Frente Popular, de malversación de fondos durante el ejercicio de su cargo de presidente de la junta vecinal de su localidad, y de haberse evadido del calabozo de Silván, adonde había sido conducido por miembros de la Guardia Civil el 20 de julio de 1937. Juzgado en León el 13 de mayo de 1938, resultó condenado a doce años y un día de prisión. En mayo de 1944 quedó en libertad. Meses después de la entrega de Feliciano Macías, su hijo, Juan Francisco Macías García, decidió también entregarse a las autoridades acompañado de otro huido de Pombriego, Prudencio García Rodríguez. En este caso, su destino sería totalmente opuesto, pero hablaremos de esto más adelante. En vista del peligro que suponían las posibles declaraciones de los entregados a las autoridades, el grupo de resistentes se vio obligado a buscar otro refugio seguro lejos de aquel lugar, así que optaron por dirigirse a un paraje próximo al pueblo natal de algunos de los componentes del grupo, el lugar conocido como Páramo, 29 situado en el municipio de Carucedo, que había sido utilizado por los huidos de la zona ya en los primeros meses de la guerra. Allí establecieron su base. 30 Pocos días después el grupo se incrementó con la presencia de dos viejos conocidos de Manuel Girón en su viaje a Asturias: Guillermo Pousa Pinza y su hijo, Claudio Pousa Marqués, 31 quienes les informarían de la llegada de un grupo de excombatientes asturianos a los valles de Casayo, en Ourense, donde se habían instalado.

tracking