Diario de León
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Pocos días antes del golpe de Estado del 16 de septiembre, Juan Domingo Perón envía a las tres ramas de su movimiento el siguiente mensaje: «Han llegado hasta mí algunas afirmaciones de nuestros adversarios y enemigos políticos en las que condicionarían su actitud a mi retiro del gobierno. Siempre he sido un hombre propenso a escuchar y creo que aunque estoy en mi puesto por la voluntad de una inmensa mayoría del pueblo argentino, cumple a la dignidad del cargo y al honor del hombre ofrecer mi retiro. Ya mis años y mis fatigas comienzan a pesarme demasiado. Con mi retiro presto al país el último servicio desde la función pública». Este tipo de llamamientos de Perón eran muy comunes en aquella época y, según sus enemigos, no eran más que simples farsas. De hecho, aquel mismo 16 de septiembre, en un acto multitudinario, desde el balcón de la Casa de Gobierno, Domingo Perón hace temblar a los parlantes con su voz ronca al gritar: «Cuando caiga uno de los nuestros, caerán cinco de los de ellos. Aquel que en cualquier lugar intente alterar el orden en contra de las autoridades constituidas o en contra de la ley y la Constitución puede ser muerto por cualquier argentino. Veremos si con esta demostración, nuestros adversarios y nuestros enemigos comprenden. Si no lo hacen, pobres de ellos». Tres días después Pero sólo tres días después de estas amenazantes palabras, el general desafiante se vio obligado a renunciar al poder y a huir, sólo y muy debilitado, y a refugiarse en la sede diplomática de Paraguay. Perón se fue y dejó en el gobierno a tres amigos militares, evitando un enfrentamiento sangriento entre argentinos.

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