Diario de León

Tras las huellas de Stradivarius

Una familia valenciana de luthiers, ejemplo de fidelidad a un oficio reservado a unos pocos escogidos

V.P.

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Publicado por
VICENTE PUEYO | texto y fotos
León

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«Intuición, amor por la música, espíritu de superación... y habilidad manual». Daniel García Carnero considera que esas son las claves. Reconoce que no es fácil reunir todos estos elementos, pero también que si no se reúnen todos y cada uno, lo mejor es no dedicarse al oficio de luthier. Es una tarea demasiado exigente, demasiado difícil y demasiado hermosa. Daniel ha aceptado el reto y llega a esta profesión avalado por un diploma que le destaca como el número uno de la última promoción en la Escuela Internacional de Lutería Antonio Stradivari de Cremona. Este centro, situado en la patria chica de Stradivarius, es el único en todo el mundo cuyo título tiene valor académico reconocido oficialmente y su prestigio hace que confluyan en él jóvenes de todo el planeta. Este pasado verano, después de tres años en Cremona, Daniel regresó a su pueblo de Benetusser, próximo a Valencia, no sólo con el aval de su título y con su flamante primer violín construido en su tercer curso, sino con una esposa: una joven polaca, Magdalena Sapeta, a la que conoció en la escuela italiana y que se ha especializado en la construcción de arcos para los instrumentos de cuerda. Esta circunstancia, que convierte el caso de esta pareja en algo singular en nuestro país, ha llenado de orgullo al padre de Daniel, Francisco García Ibáñez, un reputado luthier cuya firma - Ibáñez - es sinónimo de trabajo bien hecho como conocen muchos instrumentistas de toda España. Los nombres de los buenos luthiers, entendidos como aquellos artesanos que están capacitados para afrontar la construcción integral de un instrumento de cuerda, están subrayados en las agendas de músicos profesionales y responsables de orquestas y conservatorios. De hecho no son más de una decena en España. Más numeroso, aunque desde luego tampoco muy alto (se puede estimar en torno al medio centenar), es el escogido colectivo de los que se dedican fundamentalmente a la restauración y la reparación de este tipo de instrumentos. Resulta evidente que el ejemplo paterno, inoculado lentamente en tantas tardes pasadas en el pequeño taller familiar, resultó crucial para la singladura profesional escogida por Daniel. «Mi padre es un autodidacta dotado de una gran intuición y ha sabido crear su propio estilo, tanto desde el punto de vista estético, como acústico. Llevé a Cremona alguno de sus violines y su sonido causó admiración». En el necesario maridaje entre la esmerada factura del instrumento -sea un violín, viola o violoncelo- y el sonido, este último factor siempre fue y será clave. Por eso no hay nada en su construcción que no sea importante. El cuerpo, la caja y el mástil del violín se construyen igual, y con herramientas prácticamente idénticas, que las que hace tres siglos utilizaron Amati, Guarnieri y Stradivarius, nombres todos ellos míticos en este ámbito. No obstante, Stradivarius superó con creces a su maestro Amati y es hoy, en todo el orbe, todavía, sinónimo de perfección. Para el joven luthier valenciano, seguir fielmente, en pleno siglo XXI, las pautas de esos viejos maestros y reconocer con modestia su inteligencia y sabiduría no deja de ser emocionante. «Todo sigue siendo meticuloso, comenzando por la selección de la madera». El arce se considera ideal para el fondo, aros y cabeza mientras que el abeto se utiliza para la tapa armónica. El ébano para el mástil y el palisandro (palo santo) para el clavijero. El barniz resulta también trascendental para la acústica del instrumento. Bien que lo sabía Stradivarius que tenía precisamente en el barniz uno de sus secretos mejor guardados y cuya composición exacta, aunque el maestro italiano dejó algunas pistas, todavía sigue siendo un misterio. Para las cuerdas del arco nada como las crines de los caballos mongoles, como bien sabe Magdalena Sapeta, que hace acopio de una paciencia infinita a la hora de rematar un trabajo minucioso coronado con la colocación, -operación que exige una precisión absoluta-, de la pequeña cuña de madera que sujetará firmemente las cuerdas sin ningún tipo de cola. Daniel suma a sus conocimientos técnicos y artesanales un más que notable dominio del violín como instrumentista lo que conforma un perfil que, a priori, parece inmejorable a la hora de dedicarse a esta profesión. La producción industrial de los instrumentos musicales, violines incluidos, ha conseguido abaratar los costes de manera muy considerable y los talleres de luthiers han acusado el golpe pero un músico profesional que se precie acudirá siempre a uno de estos artesanos musicales si quiere ser dueño de un instrumento irrepetible y con sello propio que sigue fiel a las huellas de los grandes maestros.

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