Diario de León

LA VOZ DE LAS VÍCTIMAS

«Mataron a mucha buena gente, como mi padre»

Porfirio Díez Díez fue perseguido, apresado y ejecutado por su condición de sindicalista. Su hijo Ramón relata hoy una vida de angustiosos recuerdos

RAMIRO

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León

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|||| Ramón Díez Cuevas nació en Cistierna en 1935. Allí habían trasladado a su padre, Porfirio Díez Díez, que trabajaba en las vías de Feve. Ser secretario de un sindicato ferroviario fue su mayor pecado. Y también el único argumento que encontraron los sicarios del caudillo para perseguirlo, apresarlo y torturarlo hasta la muerte. «Tengo un pequeño recuerdo de él porque yo era muy pequeño, pero la imagen que me queda es que me llevaban a casa de mi abuelo y allí estaba él, oculto en la cama. Por esa razón a mí se me quedó en la cabeza que estaba enfermo», relata Ramón emocionado. Pero su mal no era la enfermedad, sino la persecución. «Mataron a mucha gente buena, como él». A Porfirio le llegaron noticias de que pretendían ajusticiarlo por su condición de líder sindical. Con dos hijos pequeños, decidió trasladarse hasta Villamartín de Don Sancho, de donde procedía su familia. Una vez que dejó a los suyos a salvo, se echó al monte. «Estuvo un verano entero viviendo allí. Tengo entendido que se hizo amigo de un pastor y que éste le llevaba comida y bebida». Pero llegó el invierno. «¿Y quién pasa un invierno en el monte? Pues nadie», narra Ramón por lo que tantas veces escuchó en boca de los suyos. La muerte frustró un sueño La seria amenaza de muerte que recaía sobre Porfirio le obligó a huir del pueblo e intentar escapar al extranjero, quizá a Francia, donde una red de enlaces clandestinos le permitiría atravesar el Pirineo, como a tantos otros. Aunque su sueño se frustró al llegar a León. «Aquí lo cogieron y lo llevaron a San Marcos». Fue entonces cuando empezó el auténtico calvario para Porfirio. «Teníamos un tío en León que iba a verlo cuando podía a la cárcel y nos contaba que lo tenían encadenado y que estaba amoratado de las torturas», cuenta la esposa de Ramón. En su casa ese siempre fue un tema tabú y cuando Ramón tuvo uso de razón tomó una decisión tajante: «No quiero saber nada de política». Ejemplo de su desinterés es que sólo ha ido a votar en dos ocasiones, y cada vez a un partido distinto. Cuando ejecutaron a su padre -todavía hoy desconoce el paradero de sus restos- Ramón, su hermano y su madre se fueron a vivir con los abuelos. Siendo sólo un chaval, se tuvo que hacer cargo de la casa. «No era capaz ni de llevar el trillo, que me tenía que venir a ayudar un tío y ya me había convertido en el cabeza de familia». Desde entonces, ha sido una vida de esfuerzo y de recuerdos imborrables. Ramón, muy conocido en la capital leonesa por regentar durante 25 años el bar Casa Divi, renueva hoy el lamento y sólo espera que el nombre de su padre aparezca en la placa homenaje que ha prometido hacer el Ayuntamiento.

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