Diario de León

Un veterinario evangélico ejemplar

Audelino González Villa | Aunque fue perseguido durante los años de la Guerra Civil por sus ideas y su confesión religiosa, siguió ejerciendo con intensidad y dedicación un oficio que le llevó por tierras de León, Asturias y Galicia

DL

DL

Publicado por
MIGUEL CORDERO DEL CAMPILLO
León

Creado:

Actualizado:

Fueron tiempos de tránsito los de Audelino González Villa (1901-1984), en los que se iniciaba el abandono del herrado y se generalizaba la microscopía, con la llegada de los primeros veterinarios a zonas rurales dominadas por los prácticos . González Villa gozó de gran reputación como experto en medicina y cirugía, de tal manera que, al ser cesado como veterinario titular y depurado durante la guerra civil, logró sacar adelante su familia mediante un competente ejercicio libre de la profesión. A las dificultades que suponía introducir el ejercicio de la veterinaria y aplicar las leyes reguladoras de la producción ganadera y la sanidad pública en zonas donde reinaba el empirismo y el caciquismo, se unió en su vida la condición de miembro de la Iglesia Evangélica Española. Un protestante que removía la rutina ancestral debía de afrontar, además, la enemistad de las poderosas clases conservadoras del medio rural. González Villa padeció persecución desde sus primeros tiempos en Galicia hasta llegar la Guerra Civil, situación agravada por su apoyo a Gordón Ordás. Sufrió prisión y estuvo en riesgo su vida. Cuando yo cursaba la carrera en la entonces Escuela Superior de Veterinaria de León, años 40, me llegaron noticias de un veterinario famoso por su competencia y, sobre todo, por ser protestante: era don Audelino González Villa. Ejercía libremente la profesión. Había sido desposeído de la plaza de inspector municipal veterinario de Benavente como consecuencia de su condición de «heterodoxo». Audelino nació el 20 de julio de 1901 en Villarente. Su familia cuenta con los jesuitas Segundo y Amando Llorente. El primero, misionero en Alaska y primer senador de aquel territorio cuando se convirtió en Estado de Norteamérica. Amando, profesor en el Colegio de Belén de Santiago de Cuba, donde se educó Fidel Castro, a quien acompañó en la Sierra Maestra y con quien entró en La Habana. Era profundamente católica, y en el joven Audelino, precozmente tocado por el anhelo de la salvación, nace la vocación religiosa y la decisión de convertirse en fraile. Sus padres se oponen prudentemente a ello, sin duda juzgando que se trataba de un arrebato místico pasajero. Su profunda vocación encuentra camino cuando finaliza el último curso de bachillerato y entra en contacto con la Biblia. En efecto, el 19 de marzo de 1919 entra en relación con la familia de sus futuros suegros, con vínculos familiares en Jiménez de Jamuz, cuyos abuelos paternos y maternos se habían convertido en Monforte de Lemos, que comenzaron también la iglesia de Toral de los Guzmanes donde había otro núcleo evangélico. Audelino y Abigail se bautizan en Toral el 25 de octubre de 1919, entablan relaciones amorosas y se casan en el Consistorio de León en 1927. Abrazada la fe con entusiasmo, se convierte en misionero. Compagina su actividad veterinaria con la vocación evangélica y, enamorado de la Biblia, reúne la mayor colección privada de España, con ejemplares de las más variadas ediciones, que presta para exposiciones en cuantas ocasiones se le solicitan, demostrando su sensibilidad ecuménica. Ingresó en la Escuela de Veterinaria de León en 1921. En junio de 1925 aprueba el examen de Reválida de Veterinario. Pronto muestra inquietudes profesionales y se subscribe a la Semana Veterinaria , que editaba Gordón Ordás, al menos inicialmente, en la imprenta de La Democracia, en León. Era una publicación combativa, que llamaba a los veterinarios a la unión para defender sus intereses profesionales en todos campos. Con frecuencia aparecen escritos de Audelino, que no se limita a ser lector pasivo. En el último año de carrera (1924-1925) preside el Ateneo Escolar Veterinario, en el que pronuncia una conferencia sobre La lectura y el libro , recogida y elogiada en la prensa local. El Ateneo organizaba ciclos de conferencias entre las que destacan la dedicada a las vitaminas, principios que en aquellos días estaban en el centro de discusión de algunos médicos, veterinarios y naturalistas. Como nota llamativa, recoge Audelino en sus notas, la proyección de un documental sobre el sensacional descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamon y las misteriosas muertes de varios de los arqueólogos que la habían hallado y profanado. La experiencia gallega Inicia su vida profesional con carácter interino en Pola de Allande (Asturias). Al cabo de dos meses de ejercicio, es nombrado inspector municipal veterinario de Quiroga (Lugo), plaza de la que toma posesión el 25 de octubre de 1925. Por entonces, Galicia era una región con elevado censo ganadero pero de poca calidad y con un estado sanitario deplorable, consecuencia, entre otros factores, de la falta de veterinarios (¡en la provincia de Lugo solo ejercían 11!), cuyas funciones clínicas desarrollaban aficionados, más o menos prácticos (los menciñeiros o manciñeiros , acompañados de castradores, herradores etc). El comercio pecuario tenía características medievales en manos de tratantes, y el abastecimiento de los productos alimenticios derivados de la ganadería lo desempeñaban los lecheros, que ordeñaban en condiciones deplorables, y los carniceros que con frecuencia no disponían de mataderos municipales y, por tanto, sacrificaban los animales en su domicilio, sin someter canales y despojos a la inspección veterinaria. La matanza domiciliaria de los cerdos prescindía de la inspección veterinaria y cuando alguno de sus productos de chacinería doméstica llegaban a los mercados carecían de las mínimas garantías sanitarias. A Quiroga llegaba el pescado sobrante del mercado de Monforte. No existían programas de prevención, ni de lucha contra las principales epizootias. Pese a todo, de Lugo y de las demás provincia gallegas salían diariamente trenes llenos de reses vacunas, que pasaban por León durante la noche, con destino al matadero madrileño de Legazpi. Audelino padeció aquella situación, cuyos profesionales malvivían con los miserables sueldos municipales, las tasas por la inspección de los pocos cerdos oficialmente declarados, del herrado y de algunas tasas por la expedición de documentos oficiales. Paradójicamente, algunos de los desastres de la sanidad y de la ganadería vinieron en auxilio de los veterinarios. Entre los primeros, los casos de triquinelosis humana impulsaron las campañas de inspección microscópica de los cerdos sacrificados en los domicilios. Audelino tuvo que vencer la desconfianza de los clientes demostrando la superioridad de la ciencia veterinaria sobre la superstición y la rutina. De su período en Quiroga queda copia de la comunicación que dirigió a algunos de sus correligionarios evangélicos, en noviembre de 1926, dándoles cuenta de las dificultades derivadas de la novedad del ejercicio veterinario en tierra de misiones, profesionalmente hablando, más las persecuciones que padeció a partir del momento que conocieron su condición de protestante, y del papel, ciertamente nada cristiano, de muchos católicos, encabezados por los párrocos, a los que refiere como «la canalla clerical y sus acólitos». No olvida la conducta ejemplar del alcalde de la localidad, católico practicante y conservador, con capilla en su casa, donde los domingos y fiestas de guardar se celebraba misa, quien rechazó las denuncias con el decisivo argumento de que «no hay que asustarse porque sea protestante, pues tal creencia no es precisamente incompatible con la Veterinaria, que es lo que al municipio interesa». No se desanimaron los inquisidores locales y desde el púlpito y en insistentes denuncias ante el alcalde y el comandante del puesto de la Guardia Civil, que rechazaron tales conductas, acabaron por solicitar que se destituyera al veterinario. Como el protestantismo no bastaba para destruir al enemigo, la guerra santa reclutó nuevas fuerzas entre aquellos cuya actividad profesional se había visto perjudicada por la aplicación de las leyes que afectaban a la ganadería y a la salud pública. Castradores, herradores, menciñeiros, traficantes de ganado y de productos pecuarios, ganaderos quejosos por las tarifas supuestamente abusivas, o por fallos vacunales etc. propalaron infundios y fueron convocados para denunciar al veterinario, por presuntas faltas de su ejercicio profesional y, visto que no lograban contar con firmas, dos párrocos asumieron el papel de denunciantes. Una y otra vez, el empecinado cura de la localidad y otros colegas suyos organizaron una campaña de prensa contra quien practicaba «una religión contraria a la fe católica y nociva a la moral» y consiguieron que se le incoara un expediente, seguido de inmediata suspensión de empleo y sueldo, que finalmente, se resolvió acordando la improcedencia de la denuncia presentada por el párroco. No acabó allí el asunto, pues una comisión de curas, portando cartas de recomendación de los obispos de Astorga y de Lugo (¿Mondoñedo?), acudió al gobierno civil con la misma pretensión, recibiendo la respuesta de que las actividades del denunciado eran legítimas de acuerdo con la Constitución española entonces vigente. Ninguna de estas maquinaciones prosperó, pero sí consiguieron minar la resistencia de Audelino, quien se confiesa harto de quienes se «cobijan en la carcomida y vieja España, impidiendo que los brotes de la nueva crezcan y nos incorporen a la Europa nueva. ¡Pobre patria mía!», concluye. En julio de 1927 se traslada a Fuentes de Ropel (Zamora) donde no había iglesia evangélica, pero sí en Castrogonzalo, a unos 6 km, a donde acude cuando sus obligaciones lo permiten. Audelino acusa el contraste del paisaje y del ejercicio profesional, pues ahora iban a ser objeto de su trabajo, más que o porco y a vaquiña, las mulas , y las ovejas churras, cuando eran víctimas del sanguiñuelo (carbunco bacteridiano) o de la viruela. Pero aquí no había menciñeiros, trasgos, maleficios, saludadores ni ensalmadores. En cambio, gran parte de los ingresos del veterinario derivaban del herrado, que practicaban por sí, o en el herradero que poseían personalmente o asociados con un herrador, situación que suponía la pervivencia de uno de los componentes esenciales de la albeitería. Los tiempos iban cambiando y estaba en retirada la ferrocracia, contra que la que clamaba Gordón Ordás en la Semana Veterinaria , sacudiendo la modorra profesional y despertando la ilusión por una veterinaria científica. Audelino escribe en la Semana Veterinaria, y cifra los nuevos tiempos en el abandono del pujavante y el mandil, propios del herrado, substituyéndolos por el microscopio y la bata blanca. Llama la atención hacia la cirugía, especialmente la castración, por la mejora de los resultados de quienes conocían la técnica y la prevención de infecciones. Audelino intervino activamente en esa práctica a partir de 1926 y puso sus conocimientos y experiencia a disposición de sus colegas. Su reconocida pericia fue demandada por los Colegios de León, Ávila y Lugo para impartir cursos de operaciones, especialmente de castración. En los años 30, emprendió una campaña para mejorar las cualidades higiénicas del abastecimiento de leche para el consumo humano. Otro tanto hizo con las ferias y mercados. Combinando su amor a la Veterinaria, con sus preocupaciones solidarias, participa como socio fundador del Montepío Veterinario y del Colegio de Huérfanos, para remediar las situaciones de necesidad de los colegas y de sus familias. Toma la iniciativa de crear un sello con la efigie de Gordón Ordás, de aplicación voluntaria en los documentos oficiales veterinarios, cuya suerte truncó la guerra civil. Atento a cuanto suponía perfeccionamiento profesional, se mantenía en permanente relación con la Escuela y, cuando ésta se convirtió en Facultad, se presentó al primer examen que se convocó para lograr el grado de Licenciado en Veterinaria (1949). La guerra civil En 1936 ejercía en Benavente (Zamora), próspero centro ganadero, agrícola y comercial, en el que, además había un activo núcleo evangélico iniciado por Arturo Shallis. El 21 de julio, Audelino es testigo inquieto de los primeros acontecimientos, cuando llegaron a la localidad grupos de falangistas que asaltan la capilla protestante de Benavente, queman biblias e himnarios, se llevan el armonio, los bancos y proceden a las primeras detenciones y ejecuciones sumarias, El 24 de agosto lo llevaron esposado a Zamora, portando consigo el Nuevo Testamento con los Salmos en edición de bolsillo. Como le habían confiscado el Nuevo Testamento, tuvo que recurrir a citar los pasajes bíblicos de memoria. La penosa situación poco tiempo le dejaba para otras reflexiones que no fueran las vinculadas con la esperanza de salvar la vida y, en último término, el alma, pero también encuentra ocasión para conversaciones políticas, en las que se declara «enemigo de los extremismos y partidario de un régimen en el cual todos los hombres puedan, en el mutuo respeto, sostener las ideas filosóficas o sociales o religiosas», pese a que considera que la política corrompida es causa de las catástrofes que padecen los pueblos. Confesándose protestante, declara explícitamente que no pertenece a la confesión de Lutero, ni a la de Calvino, ni a la de Wesley, sino que es seguidor de los Evangelios. Con una fe tan hondamente sentida no es extraño que quisiera hacer partícipe de ella a cuantos se cruzaban en su camino y precisamente la prisión. Durante su detención no fue interrogado, ni acusado de nada. Cuando su esposa, en enero de 1937 se decidió a acudir a solicitar información de las autoridades, le comunicaron que los informes procedentes de Benavente eran todos favorables, salvo la apostilla del párroco que decía «es de ideas protestantes, está casado civilmente, tiene a los hijos sin bautizar», datos que confirmó la interesada añadiendo que, si tales circunstancias eran delictivas, ella se reconocía igualmente culpable. El gobernador militar, con quien tenía lugar la entrevista, le encomendó que visitara al gobernador civil y le anunció que su esposo iba a ser liberado, lo que se cumplió. La detención En 24 de enero de 1942 lo detiene la policía, que había encontrado una tarjeta de Audelino entre las pertenencias de un detenido sospechoso de ser comunista, con quien había coincidido en la prisión. Resultó ser un agente comercial que, junto a especialidades para medicina humana, tenían una gama de productos zoosanitarios que recetaba Audelino, quien había visitado al referido representante con motivo del alumbramiento de su esposa, y que, por no hallarse en el domicilio, le habían dejado la mencionada tarjeta de visita excusándose. El caso es que pasó más de un mes en la comisaría primero y en un lóbrego calabozo de la cárcel después, hasta que el 19 de febrero lo llevaron al despacho de gobernador civil, donde fue interrogado sobre su presunta pertenencia al partido comunista, condición que rechazó. Eliminado este cargo, le acusa el gobernador de ser anglófilo, a lo que respondió afirmando que sí era defensor de la libertad para todos, incluido él, como protestante en España, lo mismo que la demandaba para sus primos jesuítas misioneros en Cuba uno, y en Alaska otro. El poncio , aunque se molestó, dispuso que quedara libre en aquel mismo momento. A partir de entonces intentó reanudar su ejercicio profesional, enfrentándose a una serie de obstáculos. En primer lugar, cuando solicita la colegiación se la niegan, por no aportar el título de veterinario, ni el certificado de penales, lo que remedia más tarde. Resuelto el problema político, surgen las cuestiones profesionales. Por entonces, los partidos veterinarios eran cerrados, de modo que en ellos solo podía ejercer el inspector municipal veterinario (veterinario titular), tanto en la esfera oficial, como en las actividades profesionales privadas, es decir, Audelino tenía dificultades legales para el ejercicio libre de la profesión. Por fin, solicitó un partido veterinario en 1951, con destino en La Pola de Gordón, donde su actividad profesional se normaliza, pero todavía tiene que afrontar situaciones molestas, porque no asiste a los actos organizados por la alcaldía cuando incluían celebraciones católicas. Cuando se casó su hijo Rodolfo, colega veterinario, un párroco de León censuró acremente desde el púlpito a los católicos que, como el que escribe este artículo, habíamos asistido como invitados a la boda. Felizmente, el Régimen evolucionaba, las confesiones protestantes iban siendo toleradas, sus capillas autorizadas y el Concilio Ecuménico Vaticano II, con su aggiornamiento y el espíritu ecuménico de Juan XXIII, cambió el lenguaje de tal manera que los protestantes dejaron de ser herejes para convertirse en hermanos separados. O tempora, o mores! En 1978, Audelino González Villa, como representante del protestantismo en León, es invitado a participar en algunas conferencias parroquiales y del Centro de Cultura Religiosa Superior de León, en la Obra Cultural de la Caja de Ahorros de León, en Astorga y en diversos actos con substrato ecuménico. El entusiasmo ecuménico se amortigua pronto, pero la tolerancia ha quedado sembrada en la sociedad española y, a partir de la Constitución de 1978 queda regulada la libertad religiosa con todas sus consecuencias. En 2004 se reunirán obispos católicos, protestantes y ortodoxos de Europa, en la Colegiata-Basílica de San Isidoro de León, para debatir cuestiones teológicas de las iglesias cristianas, con un empeño ecuménico. Epílogo Audelino González Villa falleció en León el 4 de noviembre de 1984. Su familia recogió en un recordatorio entrañable la síntesis de su vida, resaltando su dedicación a la familia, su activa vida de veterinario enamorado de la profesión y su compromiso con el mensaje evangélico. Don José Fernández Ramón, ex-presidente del Colegio Oficial de Veterinarios de León, le dedicó una sentida carta in memoriam en el Diario de León, en la que lo calificó de ciudadano ejemplar, cristiano de profundas convicciones evangélicas, veterinario sobresaliente por su preparación clínica, con profunda inquietud cultural y discreta manifestación de sus muchas cualidades. Son juicios que subscribo plenamente.

tracking