Las barracas de los gallegos son ahora de africanos

La ciudad del Fórum de las Culturas y de los juegos olímpicos convive de espaldas a otra realidad existente y común a toda gran ciudad. La de los sin techo, de los pisos patera o de los barrios marginales

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CONSUELO CHAVES | texto ESTHER TABOADA | fotos
León

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Plaza de Cataluña, cinco de la tarde, punto neurálgico de la Ciudad Condal: al lado del Planet Hollywood un mendigo escucha la radio sentado, rodeado de tres perros y un gato. Madrugada, a la salida de una discoteca: cuatro paquistaníes venden cerveza a los que no quieren terminar la noche. Ocho de la tarde, ronda de Sant Antoni: 10 chicas apostadas en la acera esperan cliente. Todos ellos comparten las calles de Barcelona. El pasado mes de noviembre del 2005 la plataforma Feantsa Cataluña, (Federación Europea de Asociaciones Nacionales que Trabajan con los Sin Techo), evidenciaba públicamente la problemática de la exclusión social en Cataluña, acentuada en su capital: cada dos días una persona se queda sin hogar. Si hace unos años el retrato típico de la persona que vivía en la calle era el de un hombre de mediana edad, con problemas familiares y que sufría adicciones diversas, ahora se suman jóvenes, inmigrantes o mujeres víctimas de la violencia doméstica. El Defensor del Pueblo cifra en 3.500 las personas sin techo que viven en el área de Barcelona. El desarraigo social y familiar y la marginalidad extrema que conlleva vivir en la calle se asocia, en muchos casos, al consumo de drogas. El casco antiguo, y en concreto el Raval, concentra una parte importante de la población drogadicta de Barcelona, aunque son varios los barrios afectados. La directora de la narcosala instalada en la zona, Esther Enar, afirma que la mitad de los cerca de 2.400 usuarios registrados en un año son inmigrantes: «Generalmente no eran consumidores en su país de origen. Pero al no verse cumplidas sus expectativas cuando llegan, entran en una espiral de marginalidad que muchas veces les lleva al consumo inyectado. La sala puede ser el vínculo que les conduciría a iniciar una posible reinserción». Sin embargo, a veces tener un techo en Barcelona no supone una mejora en las condiciones de vida. Según Feantsa, en la ciudad existen 20.274 domicilios censados en los que consta que viven entre 6 y 60 personas. En el barrio del Raval, así como en otros lugares del casco antiguo barcelonés, son comunes los llamados pisos patera: pisos donde se amontonan los catres en pocos metros cuadrados y donde las condiciones de salubridad e higiene son inexistentes. También es común ver en plena rambla del Raval a inmigrantes dormidos sentados en los bancos a la espera de poder ocupar durante las horas pactadas la cama correspondiente. El fenómeno de las camas calientes sigue ocurriendo en pleno siglo XXI, mientras en el edificio de al lado pisos recién reformados se alquilan y venden a precios de oro. Aquéllos que no pueden acceder a vivir en el centro recurren a las zonas periféricas más marginales. Como, por ejemplo, el barrio de La Mina. A 200 metros del Fórum, esta veintena de bloques fue la medida aplicada para erradicar el barraquismo al que se vieron abocados algunos de los inmigrantes gallegos y andaluces en los años 60. Hacinaron a hasta 15.000 habitantes sin tener en cuenta la dotación de servicios. Resultado: un barrio aislado urbanísticamente, superpoblado y con muchos déficits sociales, laborales, culturales y económicos. «Esto era un barrio sin ley», dice el educador social José Luis Montero, conocedor de una de las poblaciones más significativas de La Mina, los gitanos. «Los niños no terminaban la educación básica, se hacían hogueras en las calles, podías comprar y vender lo que quisieras, se arreglaban los coches robados en plena calle¿». En la actualidad las cosas están cambiando. Aún se pueden ver chavales que se dedican a adiestrar a sus jilgueros y a la venta ambulante, pero muchos terminan la formación y trabajan en el sector servicios. Como en La Mina, el peso de la atención a los colectivos más desfavorecidos de la ciudad de Barcelona recae en las entidades privadas y en el trabajo de tipo voluntario.

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