«El Pera» lo consiguió

Adolescentes de entre catorce y dieciocho años cumplen condena en centros de menores en los que se intenta que tengan una segunda oportunidad. Estos días, la película «Volando voy» nos cuenta la historia de «El Pera», un famoso delincuente juve

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ANA LORENZO | texto KOPA | fotos
León

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Tres mil metros cuadrados -menos de la mitad del campo de fútbol de Riazor-, y tres o cuatro años para recorrerlos. Ése es el panorama con el que se encuentran algunos de los chavales que son enviados al centro de menores Concepción Arenal de La Coruña para cumplir su condena. En este internado, uno de los pocos en régimen cerrado que existen en Galicia, se trabaja estrechamente con los adolescentes, se los evalúa y se estudia todos los pasos que dan, intentando «que el crío no pase aquí ni un día de más de lo necesario», explica el director de las instalaciones de Palavea, Iñaki Mariño. Nada más poner un pie en este recinto, el muchacho comienza a mantener un estrecho contacto con todo el personal del centro. Educadores, psicólogos, monitores y miembros del equipo directivo realizan una serie de entrevistas con el interno para elaborar un proyecto individual educativo, en el que se establecen unas pautas en función de las características del interno y de la duración de su pena. Como el resto de sus compañeros -en estas instalaciones suele haber una media de doce chavales-, el nuevo interno tiene un horario establecido en el que se fijan unas actividades obligatorias, tiempos de descanso, así como la asistencia a un determinado número de talleres formativos, que irán variando con el paso de las semanas. Cada movimiento del adolescente es estudiado y evaluado, ya que la actitud y el buen comportamiento son dos de los valores que más se puntúan. «Tenemos una especie de tabla de puntuación y, si su implicación en las actividades de cada día es la adecuada, se les asigna una serie de créditos. Estos suman o restan dependiendo del comportamiento de los chicos. Se les valora hasta cuando están durmiendo», exagera Mariño, quien explica que estos bloques de créditos se programan en función de la orden judicial de cada menor. A medida que cuentan con mayor aprobación del personal del centro, los chavales pueden ir aumentado sus privilegios. El director del centro Concepción Arenal aclara que la ley establece una serie de normas, como que los internos tienen derecho a dos visitas de sus padres -de cuarenta minutos- a la semana, a dos llamadas de teléfono semanales de diez minutos de duración o a encuentros vis a vis, si se acredita que cuentan con una pareja formal. «El chaval ya tiene privilegios establecidos por la ley, pero estos irán in crescendo a medida que aumente su implicación. Cuanto mejor sea su comportamiento, podrá disponer de más privilegios, como recibir más visitas, más llamadas, jugar a la videoconsola, participar en salidas educativas a museos, ir al cine o a la playa o disfrutar de permisos de fin de semana y de salidas supervisadas», enumera Iñaki Mariño. Ayuda de los padres En esta evolución, es muy importante la colaboración de los padres o tutores de los chavales, puesto que ellos deberán vigilar su comportamiento durante los días que pasen en casa. «Nosotros mantenemos una colaboración directa y muy estrecha con los familiares, ellos tienen que vigilar que no consuman drogas, que colaboren en las labores domésticas, y todo ello también bajo supervisión de una trabajadora social». Pero no siempre existe esta progresión ascendente para recuperar la libertad perdida. Hay veces que se producen episodios de violencia, que hacen retroceder el trabajo realizado durante las últimas semanas. En estos casos, se debe comunicar todo lo sucedido a la fiscalía y al tribunal de menores, así como a la delegación de la Vicepresidencia Primeira da Igualdade e do Benestar. Para evitar que esto ocurra, los educadores trabajan duramente para establecer una serie de conductas. «Sobre todo, hacemos hincapié en la relación con los demás y en el autocontrol. Queremos que aprendan a controlar sus emociones de rabia, de alegría, que cada uno sepa la forma en la que debe canalizar sus emociones», resume un miembro del equipo formativo del centro de Palavea. En este sentido, también se preocupan de tener muy controlados a los chavales para evitar que se produzca algún altercado. «Tenemos que evitar que haya cualquier problema, por ello debemos anticiparnos a que ocurra, controlar si está muy nervioso o alterado. Prevenir para que no llegue a pasar nada», dice. Cuando esto no llega, siempre se cuenta con la ayuda del personal de seguridad del centro. Normalmente hay un agente en cada una de las actividades que realizan los chavales, «aunque siempre actúa como una figura pasiva, mientras no haya los brotes de violencia que se puedan dar en la convivencia diaria. Nosotros tratamos de trabajar en el respeto a los derechos de los demás para evitar que puedan surgir situaciones conflictivas», aclara Iñaki Mariño. El afecto, vital Precisamente en esa labor tienen una gran importancia el afecto y la cercanía que todo el personal del centro mantiene con los internos. «Este es un trabajo durísimo, porque son chavales de 15 años que están en lo mejor de la vida y que, en algunos casos, tienen que pasar cuatro años aquí. Por muchos 3.000 metros cuadrados que tengamos, no hay recursos suficientes para sustituirlos por la libertad. Nosotros no podemos eliminar el impacto y el trauma que supone el internamiento, pero se intenta aminorar con afecto y con cercanía, explicándoles que les vamos a dar todo lo que se merecen si se portan bien», continúa diciendo el responsable del Concepción Arenal. De hecho, esta forma de trabajar ha dado sus frutos, ya que el buen comportamiento de los internos que han pasado por el centro ha derivado en que, en la mayoría de los casos, se revise la condena de los chavales y se reduzca. «Existe un alto porcentaje, más del 65% de los muchachos, que no ingresan en prisión. Este puede ser un trabajo en el que no se ven los resultados a corto plazo, pero afloran luego, ya que la mayoría no vuelven a reincidir», enfatiza Mariño, quien destaca la gran relación que se establece entre los internos y el personal. «Después de que se marchan, mantenemos siempre el contacto con ellos, incluso hubo alguno que le pidió al juez si se podía quedar aquí».

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