FAUNA HUMANA
Millonarios excéntricos a por una foto
|||| La fauna humana que llega a la Antártida cada año sin fines científicos o deportivos es variopinta y hasta extravagante, cuando no estrafalaria. Jersús Calleja la describe sorprendido: nunca en el Everest, en el Cho-Oyu, en el Himalaya o en lugares recónditos del planeta, en teoría más accesibles, ha visto algo similar. «En el avión observo al resto de los pasajeros y no salgo de mi asombro. Por ejemplo, va una señora de 76 años que siempre quiso ver el Polo Sur. El año pasado ya había llegado a la costa en un barco»; ahora, relata, quiso ir más lejos. Calleja también describe a otro anciano, este de 78 años, un millonario americano «que también ansiaba esa foto: la había apostado con sus amigotes en una partida al póker. Para poder moverse, puesto que iba sobrado de kilos, viajaba con dos asistentes: daba todo el aspecto de que nunca regresaría de la Antártida visto como sufría sólo con volar en una precaria silla dentro del avión carguero ruso. Al llegar a Patriot Hill sus asistentes tuvieron que meterle en el saco de dormir y hacer malabares para que pudiera agacharse y emtrar en la tienda de campaña... y ya ni hablamos para hacer sus necesidades: cuando llegó ese momento requirió sin excepción de todos sus ayudantes». La Antártida no es Manhattan. No son los únicos casos destacados. El montañero leonés describe más personajes de esta guisa, como un hombre del Sur de la India que quería pasar «el mayor frió posible: donde vivía la temperatura media es de 35º. Se ganó el titulo de primer indio en el Polo Sur, y eso era exactamente lo que buscaba». «También viajaba -continúa- un japonés con su traductora y asistente personal: no hablaba nada de ingles. Nunca dijo nada, ni sí o no. Todo le daba igual. Simplemente estaba allí. Lo contrario que un israelita que no paraba de hacer preguntas con respuestas obvias, que anotaba con ahínco en un diario que llevaba a todas partes». Los ricos excéntricos copan el anecdotario de personajes, como otro american, éste parapléjico. Su intención, llegar al Polo Sur. «Pero además pagó una cantidad extra para que una vez aterrizara la avioneta en el Polo Sur ésta le arrastrara mediante un ingenio que se había mandado construir, una silla de ruedas con patines. En efecto, llegó al Polo Sur, el avión le arrastró hasta una milla de distancia y una vez allí los tres asistentes que le acompañaban tiraron de la silla de patines con tres cuerdas hasta llevarlo al Polo Sur. Cumplió con su objetivo: recorrer una milla en este punto geográfico en silla de patines, pero con tracción humana. Increíble», reseña. No son los únicos, pero sí los más peculiares, entre los que se incluye finalmente otro americano de 65 años «que se llevó al ligue de 25 para sorprenderla en su cumpleaños». «Muy mona ella, se presento en botas de largo tacón, bajo del avión y se dio de bruces nada más pisar el suelo», explica sonriendo Jesús. Llegó a la base y se negó a volver a salir hasta el vuelo de vuelta.