Diario de León

Recuerdos de una emisora que se niega a enmudecer

Cuando parece que los micrófonos de Radio Nacional de España en León se desenchufarán para siempre, el periodista Marcelino Cuevas realiza un recorrido a través del tiempo para despertar las voces y desempolvar las imágenes de un tiempo que est

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MARCELINO CUEVAS | texto
León

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Llevo más de cuarenta años escuchando cada dos por tres: «Esta emisora la cierran, unos meses de vida nos quedan». Pues bien, ahora parece que ha llegado el momento; los 1.305 kHz de la Onda Media no llevarán por más tiempo a los oyentes leoneses la radio de aquí, y claro, después de tanto invocar al lobo, yo no creo que suceda el óbito. Murió Radio Falange ¿ y seguimos. Despareció La Voz de León ¿ y continuamos. Se extinguió Radiocadena Española y se ascendió a la cumbre radiofónica de Radio Nacional , desde donde, según dicen, quieren despeñarnos con todo el equipo. Ya veremos. A mí, como parece ser sucede a todas las personas a una cierta edad, a fuerza de darle vueltas al tema, me ha dado por recordar los viejos tiempos, por rememorar cómo era mi trabajo cuando empecé en La Voz de León , allá en el último suspiro de la década de los cincuenta. Vivía entonces en la calle de Cervantes y tenía una vecina, natural de Villada, que siempre le decía a mi madre: «Nieves, este chico es muy despierto». «Con que valga para trabajar¿ -contestaba ella- que tal y como están las cosas falta nos hace». Simultáneamente surgieron dos posibilidades, o aprendía la prometedora profesión de fontanero, o entraba a trabajar en la emisora. Mi madre decidió pronto sin consultar al consejo familiar: «Mira, que vaya a la emisora, por lo menos estará caliente en invierno. Además se pasa las horas escuchando la radio». Y allá se fue el muchacho con tanto miedo como ilusiones y allí sigue, aunque no se lo crean, con el bagaje de ilusiones completo. El país volvía muy paulatinamente a una relativa normalidad después de los horrores de la guerra y, aunque se seguían sufriendo sus secuelas, los españoles teníamos algún motivo para ser menos infelices, acabábamos de dejar atrás el racionamiento y las argucias del estraperlo y comenzábamos a tener algunas ganas de fiesta. La radio nos ayudaba, traía las voces de hermosas tonadilleras cantando románticas tragedias en el quicio de cualquier mancebía, los gorgoritos zarzueleros de Luís Mariano, los retablos caribeños poblados de ángeles negros de Machín, o las broncas musicales de Carmen Morel y Pepe Blanco (No confundir con «Pepiño» el socialista de ahora) . Sautier Casaseca llenaba las tardes de lágrimas con sus interminables seriales y, en León, Victoriano Crémer ponía cada día sus agresivas críticas municipales y balompédicas a la hora del almuerzo. En mi ingenuidad de niño me parecía que ir a trabajar a La Voz de León , era traicionar un poco a Radio León, emisora que se escuchaba normalmente en casa y de la que la familia era «socio cooperador», lo que nos permitía dedicar gratis dos discos al mes, ir al cine por una peseta y participar en grandes sorteos. Pero había que ganarse la vida y allí estaba yo dispuesto a comerme el mundo. Mi primera labor de cada día era la de llamar al campo de aviación de la Virgen del Camino para preguntar las temperaturas, la humedad relativa del aire y las horas a las que salía y se ponía el sol, ya que una hora más tarde, a las diez, comenzaban las emisiones con el boletín meteorológico y la retahíla de los santos del día. Después tenía que buscarme la vida por los distintos departamentos recopilando los papeles en los que se escribía absolutamente todo lo que se hablaba en la emisora, para llevarlos al censor, un militar retirado, que siempre los leía como si estuviera enfadado, que a lo peor lo estaba de verdad. El gran problema de esta aparentemente sencilla tarea era siempre el comentario de las 14.45, con el que Francisco Umbral competía en las ondas frente al mucho más entrañable de Crémer. Umbral, que aparecía en la radio con gesto altivo y distante, vistiendo un original Loden blanco que debió traerse de Valladolid, y unas gafas de negra montura, era extremadamente lento escribiendo. Primero, con pluma estilográfica, llenaba lentamente unas cuartillas y después pulía el texto a máquina, comenzado el folio a dos espacios y terminando siempre apretando la escritura hasta que los renglones mecanografiados casi se superponían. Rozando las once yo debía salir pitando en busca del censor, pues si llegaba más tarde me ganaba una impresionante bronca. Sabedor de sus limitaciones extremaba aquel tipo su celo y se pasaba más de una hora releyendo cada línea, hasta que decidía tachar con su bolígrafo rojo los párrafos que entendía podían ser perturbadores para el buen funcionamiento del régimen infelizmente imperante. Naturalmente, cuando llegaba a la radio, el censurado cogía un cabreo importante y descargaba sobre mí, pobre mensajero, las iras por el injustificable recorte que la censura había hecho en su trabajo. María Teresa Martín Villa, hermana del ilustre político del mismo apellido, y LuIs Arribas acaban a esa hora su programa El Cartero, que ella escribía y que él llenaba de humor. Las cartas de los oyentes que leía el cartero, LuIs, eran motivo de comentario y debate por parte de una pareja, que se hizo enormemente popular. Mi siguiente labor era preparar el espacio de discos dedicados. La gente hacía sus peticiones a lo largo del mes anterior y sus solicitudes se guardaban en un sobre en el que figuraba la fecha. Llegado el día se escribían a máquina y, como en la mayoría de las jornadas no había peticiones suficientes para los seis o siete discos programados, había que inventarlas. Así que allí tienen al chaval, mano a mano con Ángel González, retorciendo la imaginación para destilar perlas como estas: «Para Evelia Gómez, en el día de su cumpleaños, deseándole que sea muy feliz, de sus hijos y nietos. Para el niño Ricardo Fernández con todo el cariño de sus padres por haber salido bien de la enfermedad. Para Marisa, esperando verla pronto, de quien ella sabe. Concha Piquer canta Ojos verdes. Allí comenzó mi afición por escribir, creo yo. Llega la secreta Por cierto, un día en el que hubo que añadir sobre la marcha un disco porque no se había cubierto el tiempo con los programados, el locutor Félix Chamorro, recién escapado del seminario, improvisó las dedicatorias y dijo algo así como: «Para Maria Luisa García de sus amigos desde Moscú». Nunca lo hubiera hecho, no habían pasado ni quince minutos cuándo apareció en la emisora una pareja de la Brigada Social de la policía preguntando por el director, al que hubo que llamar urgentemente al lugar donde cada día tomaba café y entretenía el rato de la sobremesa jugando al parchís, para que se presentara en la radio. Los policías, ya en su presencia, sometieron a un intenso interrogatorio a novel locutor intentando saber quines eran esos amigos que dedicaban discos desde la capital rusa. Ahora es para partirse de risa, pero Chamorro pasó uno de los peores momentos de su vida. Cuando volvía al trabajo por la tarde, aprovechando que vivía cerca del Diario de León , que estaba al lado de la Catedral, yo era el encargado de llevar a la radio el periódico vespertino. Normalmente tenía que esperar un buen rato mirando como trabajaban los linotipistas, hasta que salía el primer ejemplar de una rotativa que solamente funcionaba gracias a las maravillosas manos del señor Herrero, que la trataba como a un hijo, y como tal cada día le daba algún disgusto. Cuando llegaba a los estudios de Ordoño, solía estar radiándose el rosario con sus santos misterios, y había que preparar a toda prisa una selección de los titulares del Diario, para que los locutores los leyeran en un microespacio que se llamaba Al correr del tiempo, y cuya sintonía era el tema central de la película Casablanca. Pienso que estos contactos con la prensa también influyeron en mis andanzas posteriores. A esas horas velaba el micrófono Nélida Pérez Alfaro, una enorme profesional llena de creatividad, que además causaba sensación como mujer, tanto que algunos compañeros de la casa llegaron a las manos por ella. La Guardia de Asalto, que vio el altercado a través de una ventana, subió a los estudios a detener la pelea. La sangre no llegó al río. Por las tardes, una vez cumplidos sus deberes para con la patria en el Gobierno Militar, llegaba a su turno Luis del Olmo, al que todos conocíamos por Marote, su segundo apellido. Colaboraba en el programa de deportes que se emitía de noche y, como no era un mecanógrafo muy notable, se pasaba un buen rato escribiendo su alocución entre disco y disco en el mismo locutorio. Hacía pareja con María Jesús Álvarez Moro, una espléndida morena cuya voz rivalizaba en belleza con la del ahora tan influyente periodista. Los dos prepararon durante mucho tiempo su salto a Madrid para cuando del Olmo terminara la mili, y lo prepararon bien, pues el uno todo el mundo sabe donde está y la otra también triunfó, llegando a presentar el Festival de Benidorm , máximo evento musical de la época y a ser una de las voces más cotizadas de Radio Nacional. A las seis llegaba puntualmente Germán Tuñón, el jefe de deportes, al que toda la plantilla esperaba con ansiedad porque su saludo era un chiste, un chiste nuevo cada día y siempre desternillante. Tuñón era funcionario de Consumos (Delegación de Abastecimientos y Transportes), durante su juventud había jugado en la Cultural y en la Guerra, a la que fue voluntario, su mayor gesta fue la participación en la toma de Badajoz, al lado de un valiente vasco, tras cuyos enormes píes Tuñón avanzaba agazapado. Si se hubiera dedicado a la literatura hubiera tenido un gran futuro, escribía con enorme galanura sus comentarios deportivos y, con ocasión de una enfermedad que le tuvo postrado en la cama algún tiempo, escribió una versión satírica del Don Juan Tenorio , que interpretada por el cuadro de actores de la emisora obtuvo un éxito sin precedentes. Una lástima que los textos se perdieran. Arriban los actores Cuando anochecía llegaban los componentes del cuadro de actores y la emisora era una fiesta. Eran una docena de jóvenes aficionados al teatro que grababan, a las órdenes de Víctor Ángel Losada, primero y de Salvador de Pablos después, una obra de teatro cada semana, y participaban en la puesta en escena de los guiones en los que eran necesarias más voces que las de los locutores de servicio. El grupo era un hervidero de ilusiones y tuvo mucho que ver en las emisiones cara al público que comenzaron a realizarse cada vez con más frecuencia, hasta llegar a cubrir de lunes a sábado todos los días de la semana, para terror del conserje, Felipe, que odiaba cordialmente los tumultos y se sabía al dedillo la vida nocturna de aquel León provinciano. Francisco Leira realizaba algunos de esos programas espectáculo, tenía la obsesión de ser actor, que se le fue pasando con el tiempo, y era un auténtico teórico de la radio. Estudiaba con vehemencia los tres únicos libros que se habían publicado en España sobre la profesión: el guión de La Guerra de los Mundos , un manual sobre la producción radiofónica de Anibal Arias, director general de varios gobiernos franquistas y, el mejor, un tratado práctico de la radio escrito por un profesional americano, que explicaba maravillosamente las claves para hacer radio. Paco Leira inventó el play-back, por lo menos lo inventó a nivel de León, él hizo el primer programa en el que cantantes aficionados de la capital ponían su voz sobre la música de grabada en disco. Fue toda una sensación. Pero no todo eran gozos, también había sombras, aún hoy, más de cuarenta años después, hay noches que despierto sobresaltado con pesadillas protagonizadas por el director de entonces, José Luís Pérez Perelétegui, abogado con vocación torera y en cuyo fondo vivía escondido el espíritu de un rígido coronel de caballería. Yo le tenía un miedo imponente y entraba temblando en su despacho esperando siempre que aquella inexorable filípica, sería la última, y que acabaría poniéndome de patitas en la calle, la verdad es que algunos merecimientos hice para ello. Luego comprendí que las cosas no eran para tanto, pero el entendimiento de un niño es como es, y entre él y, ya que estamos con términos militares, la que podríamos denominar su sargento mayor, la administradora Aurora Fernández, me tuvieron en un sin vivir durante largos años. La cosa no era para tanto, pero aquellos sustos infantiles no se borran fácilmente de la memoria. Así era un día en la vida de un niño en la radio de entonces, habría que añadir alguna pelea con Angelín, algún bocadillo de anchoas compartido con José Luís Beltrán, la vorágine de las guías comerciales en la que se zambullía feliz Amalia Villarejo, un paquete de Luky para Manolo Martín¿ y ahora van y dicen que todo se acaba. Yo, no me lo creo.

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