Mazda MX-5, placer a cielo abierto
|||| Considerado uno de los clásicos biplaza descapotable al estilo «de siempre», el MX-5, «incombustible» como pocos, continúa manteniendo un lugar en el corazón de los incondicionales. Por 22.200 euros puede seguir disfrutándose la magia. Motor delantero, propulsión trasera... y capota de lona. La magia está servida. El disfrute... ya es cosa de cada cual. Mazda ofrece una tercera entrega de su clásico MX-5, convertido ya en icono nipón para una abultada parroquia de amantes de la conducción a cielo abierto. Sin fruslerías eléctrico-electrónicas en el accionamiento manual de una «lona» que no rompe un ápice la estética del modelo y que, además, tampoco pone ningún obstáculo, ni por rapidez ni por facilidad, a su apertura/cierre. En un mundo -el actual- plagado de mecanismos hasta se agradece que haya quien -su fabricante- conserve la magia del puro convertible (se merece el apelativo, mucho más que el de plebeyo descapotable). Además, en el plano estrictamente dinámico y dado el también estricto reparto de pesos 50/50 en el roadster nipón, pocos modelos ofrecen tanta satisfacción (por sensaciones) a la hora de conducirlo: rápido, sin poner en apuros a su conductor y con cambios de apoyo dignos de un monoplaza , el MX-5 acaba por convertirse en un auténtico juguete en manos del eventual piloto . Eso, claro, a condición de no rodar sobre mojado o asfalto especialmente deslizante puesto que -para nadie es un secreto- la propulsión trasera, sin ayudas electrónicas, resulta un tanto «delicada» de manejar. Aunque... ¿no es este otro punto de magia?. Y ello, con un motor de 1.8 litros y 126 CV, lo que viene a demostrar que tampoco hace ninguna falta desbocar las caballerías para expresarse a satisfacción. Es verdad que la gama MX-5 contempla una segunda versión, mucho más potenciada, de 2.0 litros y 160 CV, que se antoja ya «desmesurada»; tanto, que hasta la propia marca confía el volumen de ventas (hasta el 85%) «al pequeño» de la saga. La optimización de las suspensiones, una dirección muy precisa y un equipo de rodaje a la altura de las circunstancias (sin rueda de repuesto, con kit antipinchazos o neumáticos tipo Runflat opcionales), amén de una caja de cambios muy precisa, son los responsables directos del eficaz, y divertido comportamiento rutero de un coche que tampoco dispara sus cifras de consumo: 8,7 litros como media por cada cien kilómetros, de forma que es posible superar ampliamente los 500 kilómetros sin repostar... y envuelto en la magia retro. Así que déjese de razonamientos y mandangas , haga caso a la corazonada y disfrute usted de las sensaciones de un auténtico roadster ... como los de antaño. Tampoco los sacrificios -crematísticos- son desmesurados y la «locura»... merece la pena.