Parece un juego, pero es la guerra
Cada año la academia militar de West Point prepara a cientos de jóvenes para el campo de batalla. Más allá de las ametralladoras y los tanques, este verano los cadetes cuentan con una nueva arma nunca utilizada hasta ahora: la diplomacia
Son las 12 de la mañana y el capitán Morgan acaba de perder tres hombres en un fuego cruzado con insurgentes islámicos. Derribado en el suelo, un enemigo muerto conversa animadamente con otro soldado que trata de girar su cadáver. «Caíste, llevo bomba», espeta de repente el difunto. El capitán Morgan mira hacia el numeroso grupo de periodistas que está presenciando la escena y explica: «Este es uno de los fallos más habituales, siempre debes comprobar que el enemigo no tiene ningún explosivo». Detectar y prevenir estos errores es lo que tratan de aprender los más de quinientos cadetes que estos días reciben instrucción en la prestigiosa academia militar de West Point. Un singular curso de verano, bautizado como Operación Guerreros de la montaña cuya duración total es de seis semanas, y que incluye ejercicios tan variopintos como el control de puestos fronterizos, salir con vida de una emboscada o misiones de reconocimiento en aldeas de oriente próximo. «De lo que se trata es de acercar a estos chicos a lo que se encontrarán cuando vayan a la guerra. Es como un videojuego, puede que no sea verdad, pero tus reacciones y emociones sí lo son», afirma Morgan detrás de sus perennes gafas de sol. Para recrear esta sensación de realidad todo vale: desde las dos casas de bloques de hormigón que simulan un poblado iraquí, hasta una decena de figurantes ataviados con turbantes y túnicas, pasando por un traductor de árabe o los últimos éxitos de la música musulmana que salen a trompicones de un viejo radiocasete. Y esto no es nada, en otros campamentos incluso tienen decorados con animales vivos y hospitales con enfermos. Un esfuerzo digno de cualquier superproducción que no consigue, sin embargo, convencer a todos los asistentes. «Esto sólo se parece Irak en el calor», murmura una redactora italiana mientras observa el frondoso bosque donde se apostan los soldados de la misión. Ubicada a los pies del río Hudson, West Point fue fundada en 1802 por el presidente Thomas Jefferson como la primera universidad militar del país. En su historial figuran alumnos de la talla del general McArthur, cuatro de los ex presidentes de los EE. UU. o el escritor Edgar Allan Poe, quien fue expulsado por no conseguir adaptarse a sus férreas reglas. Famosa por su rígida disciplina, que sus estudiantes resumen en el lema «Responsabilidad, honor y país», su leyenda consiguió inspirar algunas de las películas bélicas más populares de todos los tiempos como Murieron con las botas puestas o Río Bravo . Sin embargo, nada de su pasado glorioso parece valer en las guerras contemporáneas, «donde el enemigo no tiene cara, no hay trincheras y cualquiera te puede atacar», en palabras de Morgan, quien asegura que para esta nueva amenaza la academia ha incrementado sus cursos de árabe, contratado especialistas en cultura musulmana y adaptado sus uniformes, cuyo nuevo color arena puede camuflarse mejor entre los desérticos paisajes de Irak y Afganistán. La diplomacia, nueva arma Menos fácil resulta camuflar el daño interno que escándalos como el de Abu Ghraib, o la supuesta violación de mujeres iraquíes por parte de marines, han causado a la institución. Morgan reconoce que habla de ellos con sus alumnos en sus clases de ética: «Les traemos abogados que les explican que les puede pasar si actúan mal». Aun así el veneno de la deshonra sigue pesando en una universidad cuyo código moral, «un cadete no miente, no engaña y no tolera a quien lo hace», supone una carta de presentación para cualquier estudiante que se precie. Quizá por eso, aunque los instructores aseguran que no es la única razón, este año por primera vez en la historia los estudiantes reciben también clases de diplomacia: «Les enseñamos a actuar en situaciones concretas, qué pueden y qué no pueden hacer, que no deben flirtear con mujeres locales, este tipo de cosas». Cuando La Voz visita la academia un batallón de cadetes se encuentra en pleno desarrollo de una estas misiones «diplomáticas». Concretamente, los futuros soldados deben visitar a un líder local y pedirle permiso para inspeccionar su aldea, donde los rumores apuntan a que podrían estar fabricando pasaportes falsos. El plan no incluye ningún enfrentamiento armado, pero sólo diez minutos después de comenzar las conversaciones uno de los norteamericanos abre fuego contra la población local. Resultado: tres civiles muertos, un soldado herido y cuatro detenidos. «Creo que ha pasado algo que no estaba previsto -se justifica el teniente McKee, responsable de la operación ante la estupefacción de la prensa-, de todas formas están entrenados para actuar». Ahora deben pedir perdón a los familiares y tratar de ver qué compensación, económica, les pueden dar». Para Mohamed B., quien trabaja como traductor en esta academia desde hace cinco años, la explicación es diferente: «El problema es que no tienen comunicación entre ellos, la mayoría de estos chavales no sabe dónde están ni qué hacer y al final acaban disparando», asegura el que en su día ha sido intérprete oficial de los interrogatorios de Guantánamo. 1397124194