Veintiún días en Villablino
La capital lacianiega se convierte en verano en el destino de una colonia de niños deseosos de disfrutar de unos días en plena naturaleza, pero sin dejar de ampliar conocimientos basados en las ideas de la Fundación Libre de Enseñanza

JESÚS F. SALVADORES
El autobús, cargado de niños y niñas de entre 6 y 13 años, se pone en marcha en Madrid. Junto a la sede de la Fundación Giner de los Ríos, los padres. Algunos guardan lagrimillas en un pañuelo. Se lanzan besos al aire y a las ventanas del vehículo. Adiós, adiós. Van a pasar 21 días en Villablino, León, en las Colonias de Verano de la Institución Libre de Enseñanza, junto con otro pequeño grupo de niños leoneses. Hasta aquí no hay nada nuevo: miles de padres dejan marchar a sus hijos a campamentos, colonias y todo tipo de entretenimientos veraniegos que tienen lugar en toda España y fuera de ella. Pero esta colonia de Villablino tiene algo que las distingue. Inspiradas en ideas de Francisco Giner de los Ríos y dirigidas por Manuel Bartolomé Cossío, las colonias de verano de la Institución Libre de Enseñanza comenzaron en 1894 en San Vicente de la Barquera (Santander). Fue la primera experiencia pedagógica de este tipo: la idea era alejar a los niños del medio urbano y llevarlos a conocer la naturaleza, a airear los pulmones y fortalecer el cuerpo mientras la enseñanza continuaba. Consideraban los institucionalistas que las vacaciones tenían que ser, más que un parón, una forma distinta y necesaria de aprovechar la educación de los niños. Por esta razón, desde 1894 y hasta la Guerra Civil, la Institución llevó, cada verano, grupos de niños fuera de casa, haciéndose cargo de los gastos. No era en absoluto un hospicio ambulante de niños pobres ni un socorro caritativo. Surgía de la convicción en una línea educativa que fue pionera, no sólo de las colonias de verano, sino de la educación pública laica de España. Todo fue bien hasta julio de 1936, cuando la última colonia de la primera etapa fue interrumpida por la guerra. Más de cuarenta años después, por iniciativa de las nuevas institucionalistas Laura de los Ríos y Elvira Ontañón, la colonia volvió a funcionar. Era el año 1979. Villablino acoge las colonias Eloy del Potro, patrono de la Fundación Sierra-Pambley, recuerda con emoción el día en que Laura de los Ríos y un equipo de personas de la Institución llegaron a su casa buscando un hogar en el valle de Laciana para reanudar la colonia de verano. «Mi mujer, Elisa Gómez Rubio, antigua institucionalista, se mostró encantada con la idea. Durante aquella conversación quedamos convencidos de que merecía la pena ceder uno de los edificios de la fundación.» El mismo edificio que hoy día sigue albergando la colonia en Villablino. Ya con un hogar en el valle de Laciana, la segunda etapa comenzó de manera parecida a la primera. Entre la Institución, la Fundación Sierra-Pambley y otros colaboradores, podía becarse a un gran número de niños de familias poco pudientes, que convivían con otros que sí podían pagar, en un clima de igualdad absoluta. Concha Fernández, de Villaseca de Laciana, cocinera de la colonia, cuenta que los primeros grupos que llegaban en los años ochenta eran bien distintos a los de hoy. «Recuerdo una niña que nunca había visto un flan. Cuando lo vio en el plato no sabía qué hacer con él. Le di una cuchara y le expliqué que se trataba simplemente de comerlo a cucharadas. Le gustó mucho. Yo tenía una emoción y un nudo en el pecho... Y otros que nunca se habían duchado con agua caliente. Estas cosas ya no pasan. Los niños de ahora lo tienen todo». Han pasado 25 años y 35 colonias en esta segunda etapa que comenzaba en plena transición democrática. La sociedad española ha cambiado, y los expertos advierten de los peligros de la televisión, los videojuegos y de los errores de la educación pública. Pero sin embargo, la experiencia sigue adelante. ¿Por qué? En la casa de Sierra-Pambley, los niños se reúnen cada noche en la biblioteca para cantar en coro. Las voces encajan unas con otras perfectamente, y las caras de los niños reflejan un verdadero disfrute. Romances trágicos, coplitas populares, canciones de mineros... Algunos profesores dirigen el coro, pero les hace poca falta. Gonzalo, un profesor de 22 años, estudiante de Historia, cuenta que los niños que ya vinieron el año pasado son los que cantan los tres primeros días, pero que al cuarto la biblioteca ya resuena como un coro de verdad. Una experiencia diferente En la colonia todo se hace entre todos. El coro es sólo una muestra del espíritu colectivo con que se enfocan las actividades. Niños y profesores duermen juntos en las habitaciones; todos comen en las mismas mesitas minúsculas, todos recogen los platos, todos barren. Niños de seis años juegan con otros de trece a los mismos juegos. Lisboa, una profesora de sólo veinte años, explica que «en la colonia no hay diferencias visibles. Tratamos a cada niño de forma distinta porque no hay dos iguales, pero lo hacemos de manera que cada niño sienta el apoyo que necesita sin que los otros adviertan una desigualdad.» El equipo de «profesores» (ésta es la denominación que utilizan en la Institución) está compuesto por cuatro chicos y cuatro chicas de entre veinte y veinticuatro años. Todos estudiantes universitarios, no necesariamente relacionados hasta entonces con la Institución, son seleccionados por Elvira Ontañón en varias reuniones que van cribando el grupo. La confianza que se les otorga es muy grande; no sólo son responsables del cuidado de los niños, sino de mantener encendido en la colonia el espíritu de la Institución Libre de Enseñanza. En la Colonia hay normas que regulan la convivencia, pero los problemas de comportamiento y disciplina de los niños se resuelven hablando. «Muchos niños hiperactivos o simplemente revoltosos están acostumbrados a recibir una bronca cuando hacen algo mal. Pero si dejas aburrirse al niño, fácilmente vuelve a fastidiar a otro. En la colonia intentamos que los niños no tengan tiempo para aburrirse,» dice Irene, otra profesora. Y no se trata de mantenerlos simplemente entretenidos: juegos que duran toda una tarde en los que los niños necesiten poner a prueba su inteligencia y su capacidad de trabajo en equipo, actividades complejas en las que quien acaba su trabajo debe ayudar a quienes no lo han terminado todavía¿ Ciertamente hay pocos momentos de descanso. Todo, según los profesores, para fomentar la curiosidad, el trabajo en equipo, la búsqueda de la excelencia. En la colonia, además de las clásicas manualidades, los niños aprenden del folklore, se desinhiben con el teatro, se les despierta el interés por el conocimiento científico y humanístico con excursiones a lugares del bellísimo entorno leonés. José, otro profesor, les enseña poesía y elabora con algunos niños unos paneles sobre grandes poetas. «Propuse la actividad a los demás profesores porque soy un amante de la poesía. Cada uno aporta así algo que le motiva, es la mejor manera de que salga bien. Y está funcionando de maravilla. Los niños reaccionan muy bien si se les da a entender que no es algo que deben aprender, sino algo con que pueden disfrutar» Y en sólo veintiún días, los niños regresan llorosos y contentos a casa. Son conscientes de que se llevan algo importante de su estancia en el fabuloso valle de Laciana. Y por si se les olvidase, llevan de regreso un pequeño cuaderno, el diario, que cada niño ha elaborado durante una hora de las mañanas. Antiguos colonos que volvieron de profesores aseguran que todavía guardan el diario, documento que les transporta a la colonia en sí: les lleva de vuelta, por un rato, a la niñez.