Diario de León

...y lo que todavía podemos recuperar

Las señas de identidad de los leoneses, fraguadas en el transcurso de siglos, entraron en un proceso de degradación y olvido hace cien años merced al éxodo rural, el abandono de formas de vida ancestrales y la llegada de la televisión

Publicado por
EMILIO GANCEDO | texto
León

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Todos sabemos que las condiciones de vida en las que se desarrolla la vida de una persona joven en la actualidad tienen poco que ver con las que condicionaron la existencia de sus padres y seguramente serán hasta radicalmente distintas de las que vivieron sus abuelos. Es algo asumido. El vuelco de la vida en un par de generaciones ha sido en España espectacular, y más todavía en aquellas regiones en las que el componente rural era mayoritario, pues ha sido lo que en este tiempo más se ha modificado, alterado o destruido. En el caso de la leonesa, donde el fenómeno urbano era poco menos que la excepción hace menos de cincuenta años, esa modificación de hábitos, costumbres y maneras de ver y estar en el mundo ha sido enorme: sin duda en el futuro se estudiarán más a fondo y en detalle cada uno de los muchísimos cambios que el siglo XX produjo en la vida de los españoles. Obviamente, no es ese el objetivo de este reportaje, un tema que ocupará las horas de muchos investigadores ahora y en el futuro, sino el de comprobar qué aspectos de la identidad cultural leonesa han variado, degradado o desaparecido en el transcurso de este turbulento y ya pasado siglo XX. Uno de los aspectos más curiosos (y quizá más reveladores) de esta alteración es precisamente un cierto abandono del tópico, del cliché, del lugar común. Hace un tiempo, León era sinónimo, para el resto de pueblos ibéricos, de nieve, de ganados trashumantes, de vacas, de resonancias medievales y romanceras, de gentes de cantarín acento, gente del Norte con todo lo que eso conlleva, de tesoros etnográficos, lingüísticos, faunísticos y arquitectónicos que habían desaparecido de otras partes de la Península¿ y esto a nivel común, no de eruditos, sino de la gente normal, de la misma forma que hoy nos vienen a la cabeza una serie de imágenes, más o menos precisas, cuando oímos hablar de Aragón, Asturias, Galicia o Cataluña. En cambio, cuántas veces nos asalta hoy en día la desesperación al comprobar que ciudadanos de otras latitudes hispánicas apenas saben nada de lo leonés más allá de la Catedral y el botillo (como mucho), e incluso los hay que llegan a pensar, tan equivocadamente, que esta tierra no es sino una parte de Castilla... Galvanizar la identidad El asunto puede estar en que, en todas esas comunidades antes mencionadas, una serie de grupos sociales -procedentes de un medio urbano más o menos potente, de clases altas burguesas y ciudadanas- se preocuparon por mantener o «fijar» una serie de rasgos culturales (música, arquitectura, indumentaria, lengua¿) que ya en aquellos momentos (finales del siglo XIX, principios del XX) se estaban perdiendo o diluyendo progresivamente, según apreciaron escritores y miembros diversos de esas elites. Y eso, aunque en León se insinuó de alguna manera (industrialización de las comarcas mineras-cierto establecimiento de producciones agro-alimentarias) de la mano de algunas pocas familias burguesas, lo cierto es que no llegó a cuajar del todo. Por ello, en nuestro territorio (y aquí nos referimos tanto al provincial como al cultural y etnográfico), las señas de identidad cultural, aunque existentes, reales, han resistido mal... y no sólamente desde una perspectiva exterior, ¡sino que hasta los propios leoneses desconocen, en gran parte, su propio bagaje! Así, no es difícil hallar paisanos que nunca hayan oído hablar de la chifla ( xifla , xipla ) o flauta de tres agujeros y tamborín, ni de los guirrios del carnaval tradicional, antruejo o antroxu , o que ignoran que su territorio ha venido formando parte del dominio lingüístico asturleonés, que va de Asturias hasta Extremadura, y que hasta hace relativamente poco tiempo la mayoría de su población se expresaba en las distintas variantes dialectales de esa lengua romance... por fin, y muy posiblemente a causa de esa escasa potencia urbana-industrial -económica al fin y al cabo-, León, que siempre había constituido una región española propia y diferenciada, en los años ochenta perdió esa condición, cerrándose para este Viejo Reino el círculo de esa, si no pérdida, sí cierta «disolución» identitaria que puede finalmente acabar con la propia (y con la ajena) percepción de lo leonés como pueblo, Y así, hoy en día, lo nuestro aparece muy disgregado, «comarcalizado», zonificado, con elementos que antes eran sinónimo ineludible de lo regional leonés ahora convertidos en localismos minoritarios cuando no sencillamente echados en el olvido. Mucha gente piensa que «lo suyo» es sólo propio de su pueblo o su valle, sin darse cuenta de que comparte lazos profundos con todo el mundo cisastur (palabra que designa el sur del concepto etnográfico, lingüístico -y sentimental- de La Asturia , esto es, del Cabo Peñas hasta el río Duero). El poblamiento en aldea, el funcionamiento de esa aldea en juntas vecinal o concejo, el tipo de romerías y actos festivos, la música y los juegos tradicionales, la diversificación agroganadera, todas esas cosas estudiadas por etnógrafos y sociólogos no son, sin embargo, percibidas con total claridad por el pueblo llano. Y si a eso le sumamos el «vuelco» del que hablábamos antes (la pérdida de todo el sistema de vida tradicional), la marcha masiva de población al medio urbano y el escaso interés del gobierno autonómico actual por divulgar la cultura y la historia leonesas al no coincidir con el actual marco administrativo, todo ello da como resultado la laxitud, la dejadez y la ignorancia que vivimos en la actualidad con respecto a lo verdaderamente nuestro. El patrimonio musical Y eso contrasta vivamente con lo que vemos en otras comunidades: no sólo por la proliferación de grupos de investigación, recreación y exhibición de cultura tradicional, sino sobre todo por la puesta en valor decidida, coherente y responsable, de lo autóctono, de forma que se convierta tanto en importante recurso económico como en fuente de cohesión social. Pero, ¿cuáles son algunos de los aspectos que habría que rescatar, dignificar, vivificar, dotar de nuevo valor, por la precariedad de su estado? En primer lugar podríamos hablar perfectamente del patrimonio musical. La música es el alma de los pueblos, la manera con la que se da a conocer al foráneo y crea vínculos entre sus integrantes... pero también es uno de los elementos más «maleables», más propensos al cambio y a la influencia exterior. En León, y hasta los últimos años decimonónicos, los instrumentos tradicionales más representativos venían de la Edad Media y de aún antes. El principal de ellos es sin duda lo que aquí se llama la chifla (flauta de tres agujeros) que se toca con la mano izquierda, y el tamborín que toca el mismo intérprete con la derecha. Es el tamboriteiru . Ese conjunto, ese músico que produce al mismo tiempo melodía y ritmo, era predominante antaño en todo la región coincidente con el reino leonés, presente en muchas más comarcas de las que lo está actualmente. Y así, hoy quedan restos de este tipo musical en el occidente asturiano, León, Zamora, Salamanca, Extremadura y hasta en el extremo Sur de nuestra Reconquista, en la provincia de Huelva. Pero lo curioso es que, en la provincia, estos dos instrumentos se asocien comúnmente a la comarca de Maragatos, cuando estaban presentes en muchas más. Hoy quedan intérpretes, cada vez menos, en Cepeda, Valduerna, Bierzo, Órbigo, Cabrera y los que aprenden en León capital, pero aún es necesario un verdadero renacimiento de este instrumento a nivel popular, divulgativo y hasta colegial, si no queremos que languidezca hasta morir... Pero hasta hace unas décadas, esta figura del tamboritero o tamburiteiru era presencia viva también en el Páramo (los ancianos de Matalobos, por ejemplo, lo recuerdan bien), en toda la Ribera del Órbigo (recordemos al Ti Machaca de Villarejo o al Ti Tamburi de Veguellina) e incluso en riberas orientales como la del Esla: en Valencia de Don Juan tocó hasta los años cuarenta Pepe El Candonguero , natural de Fuentes de Carbajal. Otro de los «olvidos» más lamentables en lo relativo a este tipo de música es el caso del Bierzo, donde los sones populares los han puesto, desde tiempo inmemorial y mayoritariamente, los tamboriteros. Ilustramos la portada de esta Revista con uno de los más célebres, Sapín , de Molinaseca, pero los había a centenares... hoy, quitando algún joven lleno de talento y vigor como Luis Alberto Mondelo, de Ponferrada; o José Javier Fidalgo, de Toral de Merayo, quedan muy pocos de aquellos que amenizaban las fiestas y romerías bercianas a golpe de tambor y flauta. Uno de los grandes, Adelino Rodríguez, de Peñalba de Santiago, se lamentaba hace unos años de que ya no podía salir tocando «ni en las fiestas de Ponferrada» porque la gente ni siquiera reconocía el instrumento... Y es que hoy día, en cambio, las bandas de gaitas, de tipología y estilo gallego, han inundado la comarca. Pero la gaita -un tipo particular de gaita- también es leonesa: de Babia a la Cabrera, de Villafranca a la Cepeda, se tocaba la gaita del país , no temperada... quizá de haber existido unos musicólogos capaces y comprometidos con lo suyo se hubiera creado una gaita propia, la cual, conservando su ronca sonoridad -que aún puede oírse en la del veterano Moisés Liébana en las del joven gaitero y artesano del Órbigo Francisco Javier Pozuelo-, estuviese correctamente afinada y por tanto podría tocar junto a otros instrumentos. En cambio, prima el seguidismo, en ésta como en tantas otras cosas. La esperanza está en las pocas escuelas de música tradicional, en los grupos de folclore y en algunos jóvenes músicos, conocedores y comprometidos con las raíces más profundas de nuestra cultura. La lengua tradicional En este asunto basta leer el último libro de la editorial El Búho Viajero, un facsímil del histórico El dialecto leonés , de Menéndez Pidal; enriquecido con cuentos en asturleonés de autores modernos y sobre todo con las encuestas que realizó entonces, en la primera década del siglo, el venerable maestro: allí puede leerse cómo la frase «se murió la tía Lorenza» se decía «murrióuse la ti Llourenza» en Felechares de la Valdería y «ladran los perros», «lladran los perros» en una localidad tan al sur como Castrocalbón. Y muchos más ejemplos: fuego, «llumbre»; la luna, «la lluna»; diéronselo a él; «diéronyelu» (Villar del Monte). Echaron ceniza: «Eichanun cernada» (Páramo del Sil). La hoz: «la fouz» (Salientes). Hace frío: «fa frieu» (Noceda del Bierzo). Salto: «blincu». Luego: «lluegu» (La Magdalena). Ovillo de hilo: «duviellu de filu» (Quintana del Castillo), y así muchos más... Hoy, con su posible inclusión en el estatuto de autonomía, esta lengua tradicional, que hasta hace una década ocupaba toda la franja noroccidental de la provincia, ha vuelto a cobrar relevancia. Ya hay clases regulares en León, Astorga y Villablino, y para el curso que viene se implantarán en ocho cabeceras de comarca más. Pero sobre todo es necesario investigar muy a fondo, exhaustivamente, las dos zonas en las que aún hoy día se habla de manera común y cotidiana: la Cabrera y toda la zona del Alto Sil, siendo escrupulosamente sensibles con, por ejemplo, la toponimia autóctona y con una adecuada enseñanza o divulgación del tema en las escuelas. Además de con el libro de Pidal, la existencia viva y cotidiana de la lengua en las primeras décadas del siglo XX lo demuestran también otras obras como el extraordinario Cuentos en dialecto leonés , de Cayetano A. Bardón (1907) o El dialecto vulgar leonés hablado en Maragatería y Tierra de Astorga , de Santiago Alonso Garrote (1909). Incluso la desconocida pero muy interesante novela Vendimiario , de Menas Alonso Llamas (1928), además de mostrar cómo los vecinos de las cercanías de La Bañeza seguían hablando entonces con la -e paragógica ( echare , segare ), incluye una interesante conversación entre dos señoritos de clase alta en torno a la necesidad de conservar o no esta lengua. Otro pequeño tesoro es El tiu Perruca , de los años cincuenta, escrito, en parte, en el asturleonés occidental del Bierzo, concretamente del área de Igüeña. La escasez de estudios filológicos de peso, el abandono casi total de las palabras antiguas con el éxodo hacia la ciudad y el abandono de los aperos, técnicas, tradiciones y una visión propia del mundo, la invasión de la televisión y del conjunto de valores que imperan en las sociedades modernas... todo eso acabó, en grandísima parte, con la lengua que se hablaba en tiempos de los reyes de León... a lo que se une, sin duda, la propia endeblez del sentimiento regional... lo fragmentaria y confusamente que se percibe éste por la unión a Castilla, y lo poco que se conoce el contenido real de la cultura autóctona leonesa. Deportes autóctonos De entre la gran cantidad de juegos y deportes leoneses, de niños y de mayores, que existen y que existieron, destaca, por su enorme carácter simbólico, por la fuerza y destreza que precisa y por su gran antigüedad, los aluches o lucha leonesa. Lo curioso es que, según los expertos, el alcance territorial de este tipo de lucha era mucho mayor en el pasado. José Antonio Robles, luchador (el Elegante ) y profesor titular de la Universidad de León, nos confirma este particular: «La lucha se extendía antes por toda la montaña occidental: Babia, Omaña, Laciana y Alto Sil, donde se le denominaba el baltu . Tenía diferentes variantes, tanto a brazo partido como en el suelo. Además, en la comarca de La Cabrera había un tipo de lucha que nos recordaría al thai-boxing, una especie de medio boxeo. Pero el aluche tal y como hoy lo conocemos incluía un área mayor que la de hoy, extendiéndose por el Alto Bernesga, Alto Torío... y mucho más abajo en la Ribera, desde Mansilla de las Mulas a Valencia de Don Juan... por ejemplo, hay informaciones que dan fe de que los mozos, tras jugar a los bolos, luchaban en Villanueva de las Manzanas». Y es que estos deportes iban casi inseparablemente unidos a otros, como correr la rosca y lanzar la barra. Como recuerda Robles que se decía en leonés: «a correre, a luchare y a tirare la barra». Hoy, el área de extensión de los bolos leoneses, los de media bola o bola cacha , también se ha reducido en gran medida, y se echa de menos que en los propios colegios, en otro tipo de centros o al aire libre no se den clases abiertas para aprender este divertido y habilidoso juego, así como emprender las labores necesarias para evitar la pérdida de las otras tipologías de la región, como los riañeses, los maragatos o los muy diversos que hay en el área del Bierzo. Como puede verse, hay diferentes «puntales» de la cultura tradicional, cuya supervivencia, o bien queda en manos de las instituciones (quienes, o se dan cuenta de la situación y ponen remedio, o siguen como hasta ahora) o se ha de confiar en la sociedad civil, aun no muy desarrollada ni concienciada, la leonesa, en torno a estos aspectos. Hay otros elementos de la identidad cultural, sin embargo, que no sólo han detenido su «caída en picado», sino que presentan todos los síntomas de recuperación y repunte. Así, el caso de los pendones, símbolo diferenciado y espectacular del concejo leonés, de la aldea autónoma, de su existencia y permanencia en el tiempo, y de su gran antigüedad histórica: cada vez son más los pueblos y juntas vecinales que deciden arreglar los suyos o bien recrear los que ya estaban irremediablemente perdidos. Todas las aldeas leonesas tenían, dice Javier Callado en su libro La incógnita leonesa , «iglesia, cementerio y pendón». Otro asunto especialmente sangrante es el caso de la arquitectura: teniendo como tenemos unas construcciones populares tan variadas, tan sugerentes y tan distintas, continuamente veamos cómo se destruyen, se alteran horriblemente o se cambian por edificios modernos que no guardan ningún tipo de relación con el entorno. El resultado: nuestros pueblos semejan a veces un imposible amasijo de tendejones, casas desmedradas, tapias semiderruidas y cables eléctricos. Es necesaria, pues, la aportación de todos: paisanos que aún sean depositarios del antiguo legado tradicional, educadores, padres, investigadores, periodistas, profesionales de toda índole... y sí, hasta políticos, pues la salvaguarda de las señas de identidad leonesas no constituyen ni un pasatiempo pintoresco ni el capricho de unos pocos, son creaciones humanas que, primero, contribuyen a la variedad y riqueza del patrimonio cultural mundial, y segundo, bien gestionadas son, repetimos, fuente para una economía sostenible y una cohesión social. Un pueblo es diferente a otro porque encuentra fórmulas diferentes a problemas universales (alimentación, vestido, ocio, religiosidad)... ahora quieren que no los seamos, quieren vernos a todos iguales, homogéneos, globalizados... con los mismos deseos, pensamientos y actitudes. Ante esta situación está muy bien que conozcamos de dónde venimos y quiénes somos, para poder elegir qué queremos...

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