Nacida para la música

|||| La extrovertida soprano neozelandesa de padre maorí y madre irlandesa, nació para la música el 6 de marzo de 1944 en Gisborne (Nueva Zelanda). Como sus padres eran extremadamente pobres dieron a la niña en adopción cuando tenía poco más de cinco semanas. Su inclinación por la música se manifestó a los tres años delante de un piano, aporreando el teclado y cantando a voz en cuello. A los siete comenzó a dar lecciones de piano, pero su madre estaba dispuesta a que su hija llegara a ser una gran cantante; buscó por toda Nueva Zelanda un maestro adecuado y lo encontró en la hermana Mary Leo, de la Escuela Católica para Niñas. Ésta le dijo que sería mejor esperar hasta los dieciocho años para comenzar a tomar lecciones. Naturalmente esto no convenció a su madre, que se trasladó de inmediato a Auckland y Kiri entró en el colegio de Sant Mary. Durante cinco años estudió en el centro y a los dieciséis dejó la escuela aunque continuó las clases con la hermana Leo, dos veces por semana. Para ayudarse a pagar sus estudios trabajó de dependienta en un almacén de música y después de recepcionista en unas oficinas. Por las tardes cantaba en bodas, restaurantes y clubes, a la vez que grababa para alguna emisora de radio. Eran cosas sencillas las que la incipiente soprano entonaba en esas ceremonias: María de West Side History, I could have danced all night de My Fair Lady o Clima Every mountain de The Sound of Music . Todo ello le proporcionó experiencia y le dio la oportunidad de demostrar su comunicatividad y su carisma para fascinar al público. Pronto fue una celebridad en su tierra natal. En 1956 sus padres la enviaron con una beca de la Maorí Trust Foundation a Melbourne para participar en el Sydney and Melbourne Sun Aria Competición , logrando el segundo premio. Esto la entristeció de tal manera que se encerró en su habitación del hotel a estudiar con la hermana Mary y un pianista acompañante trabajando cada línea del aria hasta que quedó totalmente cincelada. Ganó el primer premio y unas jugosas 560 libras además de una beca por valor de 1.300 con lo que se trasladó a Londres para estudiar en el Opera Center . Tres años de estudios y sacrificios la convirtieron en una soprano lírica grave que le permitió cantar papeles como la Flauta Mágica, Dido y Eneas, Diálogos de Carmelitas y Ana Bolena. En 1970 pasó a ser miembro junior de la Royal Opera Housse, hasta que llegó su primer éxito con la condesa de Las Bodas de Fígaro. Por esa época comenzó a cantar con la que luego sería su maestra hasta su muerte Vera Rosza. Mientras estuvo en el centro conoció a un ingeniero de minas Desmond Park con el que se casó (se divorciaron el pasado año). Después de tener un aborto adoptaron a un niño y una niña, a los que Kiri dedica la mayor parte de su tiempo. Tras el éxito conseguido con la condesa le llega el reconocimiento definitivo el 9 de febrero de 1974 interpretando en el Metropolitan de Nueva York su primera Desdémona junto a John Vickers. La representación fue televisada y millones de espectadores descubrieron aquella noche el arte de la joven Kiri. Al año siguiente canta la Doña Elvira de Don Giovanni en París, luego Bohème con Pavarotti en el Covent Garden y entre el 86 y el 91 Strauss invadió su mundo para convertirla en la mejor cantante straussiana de los últimos veinte años. Desde hace una década su carrera operística se ha quedado limitada a unas cuantas representaciones por temporada dedicando el resto del año a los recitales, donde reina como soberana absoluta en el mundo de la lírica. «Ahora que me dedico a los conciertos -dice la soprano- tengo más tiempo para dedicarme a los chicos. Ellos me necesitan, así que dejo los problemas y las presiones del trabajo en la puerta de la calle y sólo me reencuentro con ellas al día siguiente. Soy una mujer afortunada porque pocas cantantes pueden combinar una actividad profesional con una vida de hogar. Hay que renunciar a lo social. Apenas nos vemos con amigos íntimos, pero al terminar el día siento que mi salud ha sido preservada por los chicos y al mismo tiempo he hecho mi trabajo lo mejor que puedo». SHEILA ROCK |||| Su rango de mujer cantante de poderoso registro, técnicamente depurado, en un momento de madurez humana incuestionable, contribuyen decisivamente a que cada una de sus actuaciones se conviertan en un auténtico acontecimiento cultural donde quiera que se presente. Aunque su retirada del panorama internacional se está llevando a cabo apenas sin hacer ruido, pero con esa elegancia innata a su persona, Kiri ha tenido la gentileza de venir hasta León para ofrecernos algunas de las joyas más preciadas de su repertorio, pequeñas gemas que han sido y siguen siendo su mejor carta de presentación, y las que los oyentes y aficionados más anhelan escuchar. En León Kiri transitará por aquellos pasajes que hicieron exclamar a Solti, su director fetiche: «Sólo ella puede cantar e interpretar a Strauss con el espíritu de Strauss; las demás ni se le aproximan». Pero al lado de su compositor dilecto, la soprano volverá a estremecer al público con ese Mozart de sus noches de mayor gloria, y la Condesa o Fiordigili nos harán saber sus cuitas amorosas a través de la impagable voz de su intérprete más exquisita. A su lado, Poulenc, otro autor al que la neozelandesa ha rendido maravillosos tributos canoros, al igual que Gustavino, Wolf y sobre todo Puccini, cuya aria de Lauretta ¡O mio babbino caro! de la ópera Gianni Schicchi, causó sensación desde que muchos la escucharan por vez primera en los títulos de crédito finales de la película de James Ivory, Una habitación con vistas, donde su perlina voz entristeció hasta lo indecible aquellos títulos de crédito que parecían bordados a mano por una adolescente en horas de canícula. Todas estas delicias canoras son, para quien todavía tenga la suficiente sensibilidad de estremecerse con el milagro de la voz de Kiri, el mejor regalo de despedida que una cantante puede ofrecer a todos los amantes de la lírica. Sólo a esos privilegiados les queda el consuelo de haber mirado, aunque sólo sea por unos instantes, cara a cara a la Belleza.