Diario de León

La cara oculta del «soccer»

¿Cómo matan el tiempo los futbolistas ingleses cuando no entrenan? Muchos optan por apostar compulsivamente, hasta arruinarse, 0 engancharse a la pornografía

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IMANOL ALLENDE | texto
León

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Si existe una característica que define, subraya y es motivo de respeto en el fútbol inglés, es la fortaleza física que derrochan los jugadores sobre el terreno de juego. El juego viril cuando se contamina con el estilo y la clase continental da como resultado un fútbol vistoso, posiblemente el que más se acerca al entretenimiento. Pero por desgracia el fútbol inglés cuenta con otra característica, el pésimo comportamiento de sus jugadores fuera de los estadios, unos vicios que han superado y perdurado sobre sus hazañas en los terrenos de juego. Esta liga de futbolistas gamberros tuvo un Mesías, un Adán, un profeta que llevó el comportamiento inapropiado en un deportista a puntos de perfección matemática. Este era George Best, el hombre que ahogó los recuerdos de su impresionante habilidad con un balón en los años setenta en miles de pintas de cerveza, aquel que inmortalizó la frase de «me he gastado ingentes cantidades de dinero en mujeres, alcohol y coches, el resto del dinero lo he malgastado». Pero si bien la vida privada de Best fue un desastre que comenzó con una situación familiar complicada -una madre alcohólica- y que continuó con una imposibilidad de poder compaginar estrellato - Best fue el primer futbolista con rango de estrella del pop-, lo cierto es que ese comportamiento de calatrava quedó reducido al mundo menos importante en la vida de Best, aquel que se abría fuera de los estadios de fútbol. Dentro, sobre la hierba, Best fue todo lo recto que exigía un deporte que compagina a dosis iguales el deseo de victoria con el respeto al adversario. Si, algo muy distinto a lo que ha vivido el fútbol inglés en los últimos días con el acto más apropiado de una noche de Halloween que a un movimiento deportivo. Uno puede pensar antes de ver el pasado domingo el mordisco que dio Jermain Defoe alias Conde Drácula a Javier Mascherano, que se había visto todo en el fútbol inglés (pero cómo olvidar en este momento aquella magnífica patada al más puro estilo kun fu que pegó Eric cantona ex jugador del Manchester United a un seguidor que le increpó desde las gradas aquello de «¡Jodida rana!»). sin embargo el mordisco de Defoe lleva el comportamiento pendenciero de los futbolistas ingleses a otra categoría, a una Premier League que sólo puede ser superado por los asesinatos a sangre fría en el fútbol colombiano de futbolistas que se han atrevido minutos antes a marcar un gol al equipo del asesino. Pero tal como señalaba esta semana toda la prensa inglesa deportiva, lo más sorprende si cabe, lo más dramático incluso, lo más estúpido también, fue la reacción de la Federación Inglesa que ante la cara desencajada de los gentleman inglés decidía no actuar en contra del jugador o de su club, el Tottenham Hotspur. Vale, es cierto que el chaval no se quedó con un trozo de oreja como hizo Mike Tyson con Evander Holyfield, pero el beso «draculiano» de Defoe fue un acto de agresividad suficiente como para enviar al futbolista a las mazmorras más deleznables de Bombay. O más occidental, haberle aplicado una sanción deportiva y económica importante. Por el contrario sólo vio la amarilla del colegiado Steve Benneth. Estos días se puede adquirir en las librerías ingleses la autobiografía recién horneada de Paul McGrath, uno de los grandes del fútbol inglés. En ella se puede descubrir a un hombre entregado al alcohol y a las píldoras, las dos armas que le han vencido hasta conducirlo a la situación de pobreza en la que se haya en la actualidad. En esta biografía McGrath describe en un párrafo el estado anímico de sus tiempos como figura del fútbol inglés, justo después de la ruptura de su segundo matrimonio. «Daba vueltas por las calles esperando a que llegara la noche, tenía la cabeza abierta por una caída que sufrí dos días antes y se me caían los pantalones constantemente porque había perdido mi cinturón; no tenía un penique en mis bolsillos.» Tampoco hay que viajar en el tiempo hasta los años de Best para encontrar un futbolista calatrava. Quién puede olvidarse de Paul Gascoigne, también conocido como el 'Príncipe Payaso', o 'Gazza', un hombre que en la década de los noventa fue la personificación del bueno y el malo, del bien y el mal, una figura internacional en los terrenos de juego cuando se ponía a ello, y un tarambana cuando se vestía de guapo. Gazza es en la actualidad un hombre adicto al alcohol, a las drogas y al juego, se ha divorciado tras demostrarse que pegaba a su mujer y vive del recuerdo de que una vez fue el héroe de todo un país. Otras firmas importantes dentro de los hit parades de chicos pendencieros del fútbol ingles es Tony Adams, ex jugador del Arsenal, adicto al alcohol, al juego y a las juergas. Fue detrás de una combinación de las tres cosas en una Navidad de 1991 en la que fue detenido conduciendo borracho y encarcelado durante un mes. Entre sus gamberradas destaca haberse subido a un escenario en el que una bailarina hacía strip-tease y ayudarla en su actuación. El no lo recuerda. Y fue Adams quien tras rehabilitarse quien fundó la clínica Sporting Chance Clinic, donde son 'encerrados' y tratados aquellos futbolistas que sufren de los mismos hábitos que sufrió durante años Adams. Como ocurrió con su compañero de equipo Paul Merson, otro ex jugador que reconoció ante las cámaras de televisión entre lágrimas y avergonzado que era un cocainómano. Por no hablar de aquellos jugadores menos conocidos que han pasado de las páginas deportivas a las páginas de sucesos, aquellos jugadores que han sido acusados de violaciones, de filmar vídeos porno con jóvenes semiinconscientes por el alcohol o incluso aquellos que han sido acusados de mantener relaciones sexuales con menores. Por la clínica que dirige el doctor Peter Kay han pasado docenas de futbolistas con dependencias fundamentalmente al alcohol, el juego, las apuestas y a la pornografía. El alcohol y las apuestas son quizás las más evidentes, tan evidentes que en el autocar de la selección de Inglaterra el anterior seleccionador nacional, Sven Gora Eriksson, prohibió que se jugara a cartas porque los jugadores camino de los estadios en los encuentros internacionales se apostaban miles de libras esterlinas.

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