Diario de León

Josefa Pérez: «Es la vida la que tedomina, la que te marca el camino»

«Quizá, si hubiera podido estudiar, me hubiera gustado ser maestra porque los niños me encantan...»

NORBERTO

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VICENTE PUEYO | texto
León

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«Se va la vida sin pensar... Es ella la que te domina, la que te marca el camino». Josefa Pérez Miguélez insiste desde la atalaya de sus 90 años recién cumplidos: «No, no borraría nada de lo que he vivido, pero es que ha sido todo tan normal...». La suya, como tantas, es una vida de puntillas, sin ruido, discreta, laboriosa; la procesión va por dentro pero allí se quedarán, no saldrán de allí las amarguras de los días torcidos. Sor Manuela, directora de la residencia Atardecer de Villaobispo, que es el hogar de Josefa desde hace siete años, recibe con un punto de recelo al periodista. Tranquila, sólo se trata de subir al otero y echar un vistazo al camino que se ha dejado atrás. ¿Sabe? La gente como Josefa ya no tiene tiempo para contar milongas como hace tanto político de baratillo. Es tiempo de ir al grano; al grano de la vida. «Sí, yo fui la que tomé la decisión de venir a la residencia. Cuando murió Plácido, mi marido, lo pasé muy mal; había días que no sabía qué pensar. Hay personas que se acostumbran a estar solas pero yo no me acostumbraba y no salía de aquella pena. Se me echaba el mundo encima. Por eso decidí venir aquí». No fue una decisión fácil y no sólo por ella; a su hijo no le gustó demasiado la idea y le costó superarlo. Hoy las cosas se han normalizado «y aquí vamos llevando la vida, lo poco que nos quede». Josefa está en ese momento de la vida en que lo poco es mucho, ese tiempo en el que la vida se saborea a sorbos lentos pero densos. Noventa años muy bien llevados que le permiten disfrutar de su mejor legado: tres hijos, (dos mujeres y un hombre) , ocho nietos y tres bisnietos. Son muy frecuentes sus visitas y el hecho de que una de sus hijas resida en Villarrodrigo hace las cosas aún más llevaderas. -Me dice que su vida ha sido muy normal... -La verdad es que siempre he estado dedicada a mi casa, a mi marido y a mis hijos; sí a eso que antes decían «sus labores». Pero era distinto que ahora, porque tenías que criar a los hijos de verdad y estar pendiente de todo, de los hijos, de que todo estuviese a punto cuándo venía el marido... -Mucho han cambiado las cosas a este respecto. ¿A mejor o a peor? ¿Qué le parece? -Pues a veces pienso que no es tan buena la situación que se vive ahora. Los matrimonios hablan poco, apenas tienen conversación como antes teníamos. Llegaba la hora de comer y estábamos todos reunidos. Había más unión... Ahora trabajan los dos y todo es más complicado. También es cierto que muchos maridos hacen ahora más trabajo en casa y atienden a los hijos. Josefa es coyantina de pura cepa. Su madre, Paulina Miguélez, regentaba en Valencia de Don Juan una casa de comidas muy popular que se llenaba especialmente los jueves, día de mercado. En los años de la guerra y la posguerra aprendió allí el arte de compensar las escasez de las viandas disponibles con la habilidad para sacar adelante «con lo justo» unos platos austeros pero sabrosos y nutritivos. «Yo hacía unos callos estupendos, el arroz, las patatas, el bacalao bien arreglado...». Permanece intacto el aroma de aquellos años que fueron convulsos pero, al mismo tiempo, iluminados con fuerza por la luz de la juventud. «Recuerdo que bajábamos al río a lavar la ropa; cogíamos la cesta y bajábamos por aquellas cuestas hacia el río, hasta el puente. Y bien limpia que quedaba la ropa; tenía hasta otro olor que la de ahora. Pero no sólo lavábamos la ropa, también nos refrescábamos, nos metíamos al río en combinación y los chicos mirando desde arriba... pero no había mala idea. Lo pasábamos muy bien. Íbamos juntos chicos y chicas pero éramos con una gran familia. Muchas veces íbamos hasta Pajares, andando claro, a la fiesta. Recuerdo que un año nos pilló una nevada tremenda el día de san Vicente (22 de enero) pero no creo que nos preocupásemos mucho pese a que sólo llevábamos alpargatas... Hoy los pueblos han perdido mucho; no es que entonces fueran pueblos ricos pero había más gente, más movimiento, más alegría» -¿Cuál es su recuerdo más lejano? -No sé muy bien... recuerdo que mi padre tocaba una pandereta y yo, que era una niña, bailaba... no sé. También tengo un recuerdo que se me ha quedado grabado. Una vez entró en la casa un hombre y preguntó dónde estaba la «doncella», o una palabra parecida. Yo que tenía por entonces no más de 18 años, pensé mal al oírle y cogí miedo, me fui para el piso de arriba y me encerré por fuera del balcón... A veces lo pienso: ¿por qué reaccionaría así? -¿Qué le hubiera gustado ser si volviera a nacer? -Pues... no sé. Mi padre murió muy pronto, apenas le conocí, y a los 14 años me tocó «criar» a mi hermano pequeño y estaba muy liada en casa; se trabajaba mucho para tenerlo todo un poco curioso. Quizá hubiera podido estudiar... hombre, quizá me hubiera gustado ser maestra porque los niños me encantan. Cuando llegó mi primer nieto, aquello era una locura, yo pensaba que eso era lo máximo y ahora tengo ya ocho... -¿Cuántos años tenía cuando se casó? -Me casé a los 20 años. Ya tonteaba con él antes de que se fuera a la guerra. Yo creo que, en el fondo, queríamos escapar de aquello que teníamos en busca de más libertad, pero al final nos metíamos en otro lío peor... Mi marido, Plácido Castañeda, era comerciante. Trabajaba en Los Valencianos, en Valencia de Don Juan. Cuando la guerra se quedó un tiempo de militar pero al final decidió quedarse en Los Valencianos. Luego se pasó a Zaraúza que es una ferretería y, cuando abrieron una sucursal en Ponferrada, nos fuimos allí a vivir y allí estuvimos treinta años. Fueron los tiempos mejores. Íbamos con frecuencia a una finca donde pasábamos los domingos. Mi marido no era agricultor pero le gustaba cultivar cosas y allí lo pasábamos todos muy bien. Josefa sigue sin asimilar todavía la reciente muerte de su nuera, ni el día aciago que, a deshora, vinieron sus nietos y no sabían cómo decirle que había muerto su madre: «abuelita, no es papá, no es papá...». Si la vista le acompañase, -es lo único que le ha dado problemas últimamente-, se pondría a hacer ganchillo para olvidar las penas porque es un ejercicio que, asegura, relaja y sosiega al espíritu. «Algunas veces me despertaba en plena noche y, si estaba un poco inquieta, me sentaba y me ponía a hacer ganchillo; me relajaba mucho. Mi marido me miraba y me preguntaba qué hacía a esas horas. Ahora las chicas de hoy no saben nada del ganchillo...». -¿Qué le parece lo mejor y lo peor de cumplir años? -Los años llegan sin darte cuenta... Yo lo que sí he tenido ha sido una buena salud, nunca he estado mala. Lo que ahora te impresiona es cuando ves una ambulancia y piensas: ¿cuándo me tocará a mí? Aquí ves la realidad de la vida».

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