Mini Cooper, herencia de un apellido histórico
Un coche para una crisis... dibujado en una servilleta y convertido en icono automovilístico a caballo entre dos siglos. El reciente centenario del nacimiento de su creador, Sir Alec Issigonis, y el lanzamiento de la nueva generación del Cooper
La crisis fue la del cierre del Canal de Suez (1956) y sus posteriores consecuencias en el precio y en las restricciones del crudo. La servilleta... la de un típico pub inglés en la que Issigonis garabateaba los primeros bocetos del Mini. Una idea que, mucho antes de convertirse en Sir Alec, aquel Alexander Constantin nacido en Turquía a finales de 1906 y cuya infancia transcurrió en Esmirna (la actual Izmir), hijo de un griego nacionalizado británico y casado con una rica heredera bávara -se vuelve a las fuentes con BMW-, transmitiría a su equipo de colaboradores a instancias del jefe de BMC (British Motor Corporation) Leonard Lord, empeñado entonces en la creación de un coche «realmente pequeño». «Cuatro plazas, óptimo aprovechamiento del espacio y una estética rompedora». Con estos mimbres, Alec Issigonis se ponía manos a la obra en la realización de lo que ha acabado por convertirse en prototípica plasmación del utilitario por antonomasia; bien es verdad que compartiendo protagonismo -en el tiempo- con otros modelos (Fiat 500, Renault 4-4, Citroën 2CV...) de menor vida comercial, por mucho que, eso también, algunos de esos fabricantes estén pensando ya en revivir su experiencia... en el XXI. Objeto de deseo Tan clásico como siempre, y más eficaz que nunca, el nuevo Mini Cooper que estos días ha comenzado a desembarcar en los concesionarios, recibe una interesante puesta al día: ligeros retoques estéticos en el exterior, mucho mejor acabado por dentro y con motores más potentes y prestacionales que, junto con las también nuevas suspensiones, propician un mejor comportamiento rutero. Para nadie es un secreto que, en los actuales tiempos automovilísticos, el diseño es una de las claves del éxito. El amor a primera vista funciona, para fabricantes y compradores. Tanto, como que los primeros -los fabricantes- se esfuerzan cada día por ofrecer algo distinto y lo segundos -los compradores- se ven irremisiblemente atraídos por las formas... estéticas. En este sentido, nuestro protagonista tiene mucho que decir. El Mini sigue siendo tan atractivo, sino más, como cuando Alexander -mucho antes de convertirse en Sir Alec- comenzara a dibujarlo y a lanzarlo a un mercado (1959) también entonces (ya se sabe, no hay nada nuevo...) ávido de sensaciones. Lo de las sensaciones se declina ahora en una carrocería que aumenta media docena de centímetros su longitud (3,69 metros totales) lo que no impide que el Mini continúe manteniendo unas perfectas proporciones de puro urbanita con, ahora más, evidentes aspiraciones de insolente rutero ... como cuando les «mojaba la oreja», en los rallys de mediados de los sesenta, a los monstruos sagrados de la época. Por mucho que no se distinga demasiado y que haya que ser un tanto avezado en la observación automovilística, el Mini estrena un frontal totalmente nuevo en su perfil, con faros que integran los intermitentes, parrilla de nueva factura y un capó más abombado. Se eleva un poco la línea de cintura hacia las ventanillas traseras y, ¡sólo faltaba!, se conservan los prominentes aletines en los pasos de rueda, especialmente generosos en el tren trasero. Se ha redondeado algo más una zaga que, eso desde luego, mantiene unos pilotos cuyo diseño se ha convertido en auténtica seña de identidad del Mini «moderno». Donde sí que el Mini evidencia mayores cambios es en el interior con, que nadie se asuste, el estilo retro que lo ha hecho célebre: un gran reloj circular central para el velocímetro («Center Speedo») que incluye las funciones de audio, otro más pequeño, justo encima del volante de tres radios y aro grueso, para el cuentavueltas; palancas para los mandos más habituales y, lo mejor, una evidente ganancia en la calidad de materiales y acabados por mucho que, no sería un Mini, las dimensiones del habitáculo resulten recortaditas (se mantienen, ¿por qué no?, los 2,46 metros de batalla) cuatro estrictas plazas y un maletero de sólo 160 litros... pues claro, también Issigonis se las vio y se las deseó para elaborar una cajuela medianamente capaz que, en aquel caso, recurría a la apertura hacia abajo para que la tapa pudiese utilizarse a modo de pequeña -como todo en el coche- plataforma sobre la que alojar una maleta... al aire. Ahora, ya se sabe, el Mini «moderno» cuenta con portón trasero y en el fondo del maletero se aloja un kit antipinchazos o una opcional (64 euros) galleta de emergencia. Unas suspensiones más confortables y una dirección de asistencia eléctrica variable (EPAS) resultan ser unos de los cambios más significativos, en el capítulo técnico, del nuevo Mini que, en esta primera entrega Cooper (el Cooper S turbo de 175 CV cuesta 24.400 euros) adopta el motor gasolina atmosférico, desarrollado conjuntamente por BMW y Peugeot, que cubica 1.6 litros y rinde 120 caballos; una potencia ciertamente notable para su cilindrada y que, como el lector no ignorará, abre nuevos caminos a la construcción de motores de altas prestaciones y cilindrada contenida (como sus consumos). La caja de cambios es manual de 6 velocidades, con la posibilidad opcional (1.591 euros) de una caja automática, también de 6 marchas. El equipo de serie puede calificarse de suficiente, sin estridencias, contándose con elementos como los seis airbag, ABS, climatizador y equipo de audio con CD, por citar los elementos más significativos. Eso sí, habrá que estar dispuesto a desembolsar 361 euros si se quiere montar la opción del control de estabilidad ESP, que atiende aquí a la denominación DSCIII... bueno. En fin, de nuevo el Mini; el incombustible , sempiterno y sugestivo Mini. No es precisamente el utilitario más barato del mercado, ni siquiera el más práctico, pero... ¿alguien puede negarle su mágico atractivo?.