La sirenita pierde la inocencia
La violenta rebelión de los jóvenes daneses tras la clausura y derribo de la Casa de la Juventud de Copenhague destapa las contradicciones de uno de los países más avanzados del mundo, donde el 97% de los habitantes aseguran llevar una vida fel
Los daneses son un pueblo afortunado. Al menos eso es lo que ellos piensan de sí mismos. Un 97% se declaran abiertamente felices con su vida, e incluso un 49% aseguran sentirse muy felices (sólo el 23% de los españoles se incluyen en esa categoría). Según el Eurobarómetro sobre la Realidad Social Europea, de la Oficina Estadística de la Comisión Europea (Eurostat), los súbditos de Margarita II son los europeos más confiados en la estabilidad de sus pensiones y empleos, y están entre los más satisfechos con su estándar de vida y de protección social. También son los que menos estrés sufren en el trabajo, y a los que menos les preocupa la inseguridad ciudadana, que casi desconocen. Hace unas semanas ese paraíso saltó por los aires cuando miles de jóvenes se adueñaron a pedradas de las calles de Copenhague para protestar contra la clausura del Ungdomshuset, la emblemática Casa de la Juventud cedida por el Ayuntamiento en 1982 y que desde entonces se ha erigido en símbolo de la contestación social y la cultura alternativa del país. Los disturbios, que cobraron forma de batalla urbana perfectamente organizada, acabaron con el edificio reducido a escombros por orden de las autoridades, y con cerca de 700 detenidos (más que presos de ETA en las cárceles españolas) en apenas cuatro días de algaradas. La sirenita, la delicada estatua de mármol que a orillas del Báltico simboliza el pacífico espíritu de la ciudad, apareció embadurnada de pintura rosa y marcada a espray con la A anarquista y el número 69, el portal de la calle Jagtvej donde se ubicaba el Ungdomshuset. «¿Qué haría usted si le robaran su casa y la demolieran delante de sus narices?», pregunta Soren Hilstrom, de 27 años, mientras mira desafiante a los policías que impiden llegar a lo que queda de la Casa. No duda en apoyar la reacción violenta desatada tras la demolición: «Las calles son del pueblo», justifica. El despertar La renta de los daneses está entre las más altas del mundo -más de 36.000 euros por persona y año, frente a los 21.000 de la media europea y los menos de 20.000 de la española-. Los jóvenes cuentan además con generosas ayudas estatales para estudiar y acceder a su primera vivienda. ¿A qué se debe tan airada respuesta? Ana María Rodríguez Gil, profesora de secundaria de Ponteareas que es asesora técnica de Educación en la Embajada de España en Copenhague, ofrece una explicación: «En una sociedad tan domesticada, esos chicos representan el malestar del Estado del bienestar. Se han enfadado con las reglas de un mundo que no comparten, y han decidido demostrarlo».