DESDE ÁMSTERDAM
«Plan renove» en el barrio rojo
E n los bares y restaurantes del Centrum de Ámsterdam los españoles son bienvenidos, aunque todo suene a que el objetivo es espantarlos: sus gramolas escupen las voces de Mari Trini y de José Luis Perales, de Enrique Iglesias y de David Bisbal. Alguien pensará que están fumados, estos amsterdameños . Puede. Ámsterdam está plagado de coffeeshops donde la estrella de la carta es el porro de marihuana. Quizás el peta les ha nublado la razón. O quizás es que alguien no les ha dicho que Mari Trini y Perales son la prehistoria musical y Enrique y David dignos exponentes de la horterada patria. No es la música el único rastro de presencia española en la capital de Holanda, la ciudad del millón de bicis -según datos oficiales- y del millón y medio de almas, donde estos días hay noticias preocupantes -para algunos- sobre la inminente desaparición del barrio Rojo, tras comprar el Ayuntamiento varios locales y anunciar su progresiva reconversión en restaurantes y centros de ocio. En sus escaparates, las prostitutas se exhiben sin pudor y ofrecen con gestos sus servicios, para pasmo, o regocijo, según los casos, de un ejército de turistas en el que los españoles llevan la voz cantante. De día, el barrio, atravesado por un canal, tiene su encanto, pero de noche, cuando los cuerpos de las prostitutas destacan en la oscuridad alumbradas por neones rojos, grupos de hombres de mala vida susurran a los peatones ofreciendo su stock de drogas prohibidas. El resto de la ciudad tampoco duerme y tumba el mito de que en España hay más marcha que en ningún otro rincón del mundo. En Ámsterdam, cerca de Breda, donde la famosa rendición, los albaceteños, madrileños, vascos, gallegos y andaluces han iniciado una peculiar reconquista en los coffeeshops y las tiendas de material sexual. Valga como ejemplo que en estas los folletos informativos en castellano están agotados. Pero no solo de morbo viven el hombre y la mujer. También acuden en masa al Museo Van Gogh y al pie de la casa de Anna Frank, donde en las colas se escucha constantemente el idioma del duque de Alba. En la ciudad se mima al turista. Tanto, que sorprende (al menos a un gallego) ver cómo los agentes de la Policía Local toman las plazas no para multar, sino para repartir a los visitantes planos de la ciudad y folletos con información detallada para evitar ser víctima de los carteristas, que tienen en los atestados pero puntuales tranvías su principal sustento. Un consejo policial: lleve el dinero en el interior de la ropa. O mejor: en los calcetines. Y unas cuantas advertencias para despistados: es ilegal pasear armado (sic), las drogas duras son ilegales, las drogas blandas no se pueden consumir en las plazas públicas )hágalo en un coffeeshop ) y no utilice las calles como orinales: utilice los orinales de las calles (si es mujer, mejor no). Ámsterdam es una ciudad para visitar una vez y repetir toda la vida, de eso no hay duda, aunque si uno es muy de tapas o muy cafetero puede llegar a pensar que los carteristas esos de los que avisa la policía se han disfrazado de camareros: las tapas se suben a la parra de los 3,5 euros y el expresso cuesta lo que aquí tres. Claro que para algunos compatriotas el Mi querida España de Cecilia no tiene precio.