El festival de todos los leoneses
La cita se transforma cada otoño en un plebiscito popular hacia la música y el órgano
Pocas veces en la historia de una ciudad un acontecimiento cultural y sobre todo musical, se transforma en plebiscito popular. El Festival de Órgano Catedral de León, sin proponérselo, lo consigue cada vez que llega su celebración otoñal. Es entonces cuando miles de leoneses, impulsados por un deseo unánime de participación en un hecho del que se consideran parte integrante y decisiva en su ejecución, acuden como una sola persona a la convocatoria de actividades que en torno al órgano tienen lugar en el primer templo de la ciudad. Puede decirse entonces, sin ningún titubeo, que en ese momento el Festival toma carácter de acontecimiento universal llegando a los más insospechados lugares del planeta en el que el nombre de León y su Catedral se convierten en punto de referencia y obligado encuentro donde se recuerda la música del pasado, se difunde la del presente y se trabaja por la del futuro. Pero este suceso que ahora parece consustancial a la ciudad de León a la llegada del otoño, ha tenido una larga trayectoria signada por las dificultades y marcada por dos etapas bien diferenciadas y dos directores: Adolfo Gutiérrez Viejo (1984-87) y Samuel Rubio (1987 hasta el presente). Fueron tiempos difíciles los que le tocó a ambos. A Viejo porque tuvo que luchar contra la incredulidad de muchos y la ineptitud de dos políticos de turno. A Samuel porque recogía un testigo que si bien prometía mucho, sin embargo tenía los pies de barro ya que las instituciones no acababan de creérselo. Por otro lado malos entendidos, luchas internas, desconfianzas, enfrentamientos con el Cabildo, mala disposición de algunos políticos y una incertidumbre económica permanente sobre su continuidad que se ha prolongado prácticamente hasta el mismo día de hoy, fue la herencia que Samuel Rubio recibió. Sin embargo el apoyo del público leonés al Festival fue decisivo. Y lo fue porque ese público fiel, entregado, ávido de buena música, se comprometió a apoyar sin condiciones ese proyecto cultural que sacaría a León del ostracismo musical en el que estaba inmerso. Y lo hizo por una sola razón: porque creía en él. Y lo demostró con creces, ininterrumpidamente, a lo largo de estos 25 años. Gracias a este público único, que forma una piña en torno a su Catedral y a su Festival, Samuel Rubio pudo con esfuerzo, tesón y la impagable ayuda, conviene no olvidarlo, de sus colaboradores más cercanos y devotos, Fernando Quiñones y Marta Martínez, transformarlo en lo que actualmente es: el mejor festival de órgano del país, y un evento consustancial a la ciudad de León y a la música en cualquiera de sus manifestaciones. Es cierto que su mayoría de edad había llegado hace diez años, pero estaba incompleta. Era una mayoría de edad de iure más que de facto porque al Festival de Órgano precisamente lo que le faltaba para alcanzar esa categoría de primus inter. pares era eso, un instrumento que le diera su razón de ser y le catapultara a empresas mayores para las cuales había nacido y en las que el órgano era primordial. Tuvieron que transcurrir todavía otros diez años antes de que Samuel Rubio, su director, por fin pudiera anunciar en éste periódico y a los medios en general que en un corto espacio de tiempo se iniciaría la construcción del nuevo órgano, ese que tantos quebraderos de cabeza había venido causando a instituciones, Cabildo, organizadores y público en general. Ahora, una vez anunciado, aprobado y, esperemos que financiado por los que se han comprometido a hacerlo desde un principio, es decir Ayuntamiento y resto de instituciones locales, el Festival de Órgano inicie esa nueva era de enriquecimiento musical que tanto anhelaba irradiando, desde su sede natural la Catedral, cultura, sabiduría y entendimiento porque en definitiva bajo sus vidrieras se encierra el corazón de todos lo leoneses.