Los fuegos artificiales
L AS dulzainas de los Cirolines pasaban por mi calle cumpliendo el rito más sagrado del programa de festejos: alegres dianas al amanecer. Sería esa hora pálida, imprecisa, cuando la luz empieza a apoderarse de las cosas. No podía dejar de asomarme al balcón. Una tierna fuerza ancestral me arrastraba a ver pasar a los músicos. Mi calle, como casi todas las del pueblo, estaba vestida de fiesta: colchas preciosas de las noches de boda, mantones de Manila, colgaduras, ricos paños bordados y banderas españolas, lucían en los balcones y las ventanas. Un vientecillo ligero agitaba las banderitas de papel produciendo un suave ruido, como aleteo de pájaros o murmullo de hojas secas que llevara el viento. El dulce son de las dulzainas se alejaba y los gallos de los corrales vecinos comenzaron su algarabía. Entonces fue cuando dos hombres jóvenes se pararon bajo mi balcón. Sus voces no habían superado la ronquera de la madrugada... -Seguro que viene, Tomás. Ningún año falta a los fuegos artificiales... son lo mejor del Cristo -decía uno. -Pero este año no vendrá... Todavía estáis de luto -comentaba el otro. -¿Qué tendrá que ver el luto con los fuegos artificiales? La propia abuela muerta no se los perdería. ¡Buena era ella para las fiestas! -replicó el otro. -¡Ay, Bernardo! Desde las Navidades que vine de permiso no veo a tu prima, y tengo muchas ganas de verla... ¿No se habrá echado novio? Las voces de los dos amigos se alejaron y la calle quedó desierta. Sólo los gallos seguían alborotando la mañana. II Cuando el sol, saltando sobre las crestas doradas de los chopos del río, se apoderó por completo de la mañana, las campanas de la Iglesia parroquial volteaban jubilosas tocando a fiesta. La calle se pobló de hombres, mujeres y niños que vestidos con sus mejores galas venían a la Misa Mayor y a la Procesión. La banda de música, en perfecta formación, apareció animando el día con alegres pasacalles, hasta instalarse en el atrio de la Iglesia. En ese momento, caminado a toda prisa, apareció Tomás. Lucía un traje de confección que era la propia prenda de su personalidad: un traje gris con rayas blancas muy pronunciadas. La chaqueta cruzada con todos los botones abrochados. Camisa blanca deslumbrante y una corbata amarilla con estrellitas azules que era un fuego artificial. Aquél traje había sido un sueño planificado peseta a peseta durante casi dos años. El propio Tomás lo había comprado en Madrid, en una tienda de la calle Carretas, con los ahorros que había hecho durante la mili... -estrenaré el traje «el día el Cristo», del año que me licencie- Así que con el sueño recién estrenado, era la admiración de cuantos se cruzaban con él. -¿Dónde vas tan guapo, Tomasín? - le preguntó una vecina amiga de su madre- Pareces un viajante. -A llevar al Bendito Cristo a la Ermita -contestó muy ufano. Justo al llegar a la Iglesia, se encontró con Bernardo, a quién le preguntó con la mirada por Esperanza. -Ya está aquí. Vino con toda la familia de Quintanilla y se quedará hasta mañana -le informó su amigo. La noticia encendió el corazón de Tomás, que entró en la Iglesia como una exhalación. No veía a nadie, ni se sentía visto por nadie. Miraba con avidez y descaro a derecha e izquierda. Una sensación de desasosiego oprimía su corazón mientras escudriñaba todos los rincones del templo. Buscaba a Esperanza... Pero, Esperanza no estaba allí. En ese momento, salían los sacerdotes de la sacristía y Rosina, la organista y directora del coro parroquial, entonaba en el armonium las primeras notas del introito «Nos autem gloriari oportet», que en un gregoriano casi perfecto cantaba el coro parroquial poblado de seminaristas. Tomás no andaba, levitaba por el pasillo central de la Iglesia abarrotada de gente. Un espeso olor a incienso, maderas de Oriente, lavanda, heno de pravia, colonia añeja, masajes de afeitar, tabaco, alcanfores y naftalinas, le mareaba. Se acomodó en un banco junto a la sacristía y desde allí seguía buscando a su amada. Pero, Esperanza no aparecía. En el altar mayor, presidido por el Bendito Cristo, brillaban los brocados de las vestiduras de los celebrantes, confundidas con el fulgor de las lámparas y los dorados barrocos del retablo. Nunca una misa le pareció tan larga a Tomás. Cuando después del Ite Misa est, Rosina hizo sonar, «allegro molto vivace», la marcha turca de Mozart, todos sentían el punto más agudo de la emoción festiva. No cabía en el corazón mayor cantidad de fiesta. El momento y la marcha que Rosina recreaba año tras año con sus manos y su arte, eran tan tradicionales y tan esperados como las dulzainas del amanecer. La Cruz Alzada y los ciriales abrían paso a la Procesión. Tomás era uno de los ocho cofrades que llevaba a hombros la bendita imagen, en unas andas cuajadas de cirios y flores. Una multitud se apiñaba en la calle esperando al Cristo que se sumaba a la alegría de los fieles. La Procesión avanzaba lentamente. Desde los balcones tiraban al paso del Cristo pétalos de rosas. Cuando la Procesión llegó a la carretera, convertida en calle principal, Tomás la vio: Esperanza estaba junto a los Ocho Caños, apoyada en una de las acacias que rodean el pozo artesiano. Y llevaba un vestido de flores en blanco y negro, con falda plisada y rebeca de punto calado. La encontró guapísima. Se cruzaron una mirada fugaz de apenas un instante, a través de la cual a Tomás le pareció sentir la caricia de sus ojos castaños, tan suave, tan evanescente como el temblor de las hojas de las acacias. También pareció entender que Esperanza le decía: «Te esperaré aquí». Así que, cuando la Procesión concluyó y dejaron al Bendito Cristo en su Ermita, Tomás sin despedirse de los cofrades, volvió a la plaza de los Ocho Caños para encontrarse con Esperanza. Las calles estaban llenas de gente y Tomás tropezaba con unos y otros sin ver ni saludar a nadie, poniendo en evidencia su atolondramiento. Sus pensamientos se le hicieron un lío en el cerebro. No sabía si Esperanza quería o no verle. Pasaba de la duda a la certeza a cada instante. No sabía tampoco qué iba a decirle. El corazón acelerado le golpeaba en el pecho y cuando llegó hasta donde ella estaba apenas podía hablar. En torno al artesiano los gigantes y cabezudos, persiguiendo a niños y mayores, habían organizado un alboroto tremendo. El agua de los Ocho Caños bullía alegre en el fondo sumándose a la fiesta. -¡Esperanza! -pudo al fin decir, con voz entrecortada- ¿Te dejaron venir al Cristo? -Claro, ¿no me ves? -dijo ella dominando la situación. Después de unos segundos de silencio, Tomás se atrevió a preguntar: -¿Irás a la verbena esta noche? -Sólo a los fuegos artificiales. Todavía estamos de alivio por mi abuela. -¿Podremos vernos? , digo... ¿podríamos hablar un poco? -Claro, no somos mudos -se burló ella ruborizándose y directamente le preguntó -¿estás de permiso o ya te licenciaste? -El día ocho me dieron la licencia -le contestó Tomás, sonriendo triunfal, como si la licencia de la mili fuera un título de ingeniero. Esperanza volvió a mirarle. Al mover la cabeza se desprendió de su pelo un suave olor a lavanda que Tomás respiró con fruición haciéndole recordar aquél jueves de otoño, hacía ya más de un año, cuando la vio comprando naranjas en un puesto del mercado. Desde entonces no pudo dejar de pensar en su cara fina, en su cuerpo gentil y en sus hermosos ojos castaños. Durante los meses que aún le restaban de mili, el posible noviazgo con Esperanza y no digamos nada el matrimonio, ocuparon casi constantemente su actividad cerebral... Y aunque pensó escribirle una carta y declararle su amor, nunca se atrevió a hacerlo. Aquella hermosa mañana del Cristo, tampoco supo decirle lo guapa que estaba y cuanto la quería, sólo la miraba y le sonreía El bullicio de la fiesta era cada vez más alegre y ruidoso. La música, los gritos y las risas de los niños hacían imposibles las conversaciones. En ese momento, el concejal de fiestas se abría paso entre la gente. Iba comentando a voces que los fuegos artificiales de aquél año serían los mejores de la historia y que habría una sorpresa monumental. III En el suelo de una explanada que hay entre la plaza donde instalan el templete de la música y la ermita, Santiaguiño, el pirotécnico de Orense, había clavado ocho maderos, de unos tres metros de altura, para quemar los fuegos artificiales. Poco antes de las doce de la noche, el pirotécnico avisaba que el espectáculo iba a comenzar haciendo estallar seis bombas reales. Aviso innecesario porque mucho antes de esa hora ya estaba la plaza y sus contornos abarrotada de gente. Esperanza, junto con sus primas y amigas, había encontrado un buen sitio bajo los soportales. Cuando las vio llegar, Tomás se acercó a ellas para ver juntos el espectáculo. A las doce en punto, los músicos dejaron de tocar, las luces se apagaron y Santiaguiño encendió el primero de los fuegos. Estalló la pólvora y las tablas que sujetaban los cartuchos empezaron a girar y a soltar chispas y luces de mil colores. Apenas había que mirar al cielo. Los cohetes voladores no ganaban mucha altura y el espectáculo se desarrollaba en horizontal, a la altura de los maderos que los sostenían. Los dueños de los bares, principales financiadores de las fiestas, exigían que la sesión se prolongase lo más posible para que los asistentes hicieran muchas consumiciones. Así que entre fuego y fuego podían pasar diez minutos. En una de las pausas, Tomás, colorado y tembloroso, se atrevió a decirle a Esperanza: -Estás muy guapa, Esperanza. En la mili sólo pensaba en ti. Quise escribirte, pero no me atreví. Esperanza bajó la mirada al suelo y Tomás siguió declarándole sus sentimientos. -Desde que te vi. comprando naranjas no he podido olvidarte -Yo también te vi -susurró Esperanza. Los dos recordaban, como si fuera la banda sonora de aquél primer sentimiento, el murmullo colorista del mercado de los jueves. Sólo el nombre de aquél día de la semana sonaba a sonrisa y ahora, además, era el ensalmo de un recuerdo que los iba a unir para siempre. -¡No lo has olvidado! -casi gritó Tomás, viendo los cielos abiertos. Al oír aquellas palabras, Esperanza dio un respingo. El apresurado latir de su corazón y la respiración agitada hincharon la tela de la blusa, perfilándose turgencias turbadoras, que alteraron los pulsos de Tomás, que azorado y sin habla enganchó sus ojos -como un náufrago- en los ojos de Esperanza, para que no resbalaran hacia donde se empeñaban en ir. En ese momento, se apagaron de nuevo las luces y comenzó a chisporrotear el tercer fuego que se consumía en escobillas de luz, tan dorada como las briznas de paja que ilumina el sol cuando en las eras se «aventa» la trilla... Cuando las escobillas se extinguieron, subieron al cielo -¡oh prodigio luminoso!- cuatro o cinco docenas de pequeñas bombillas fugaces, verdes, coloradas y azules, que levantaron los ojos de todos los asistentes que profirieron un ¡oh! de admiración. En pocos segundos explotaron aquellas luces, que por unos instantes, se habían atrevido a competir con las estrellas que poblaban el altísimo cielo de Benavides. Cuando el tercer fuego se consumió, Tomás le preguntó a Esperanza: -¿No me dices nada? -¿Qué te voy a decir?... En algún momento yo también he pensado en ti -musitó Esperanza sin apenas mirarle- Al principio no sabía ni tu nombre, ni dónde estabas, ni quién eras... -¿Y ahora ya lo sabes?... -Ahora sí. Él, entonces, se atrevió a cogerle la mano, pero ella la soltó como si le hubiera dado un calambrazo. -¡Que nos miran! -le reprochó- Y además, es mejor que no continuemos hablando de esas cosas... que me ha dicho mi primo Bernardo que te vas a Madrid a trabajar... y cuando estés allí colocado, si te he visto no me acuerdo... -Tú sabes que no puedo quedarme aquí. Quiero casarme contigo. En Madrid, nos abriríamos camino. Mientras estaba en la mili saqué el carné de conducir de primera especial y aprendí la mecánica de los coches y camiones. Con el carné y lo que yo sé de motores, podría colocarme en el Parque Móvil. Esperanza le miró intensamente a los ojos y sin decir nada le dejó seguir hablando. -Me han dicho que si consigues ingresar en el Parque Móvil, al poco tiempo te dan una vivienda en alquiler. Yo te prometo que no te faltará de nada. -No prometas tanto Tomás. Prometer más de lo que se puede dar es fuente de calamidades, decía mi abuela. Yo no quiero hacerme ilusiones. Madrid está tan lejos... -dijo suspirando. Tomás temía que si todo quedaba en palabras y no lograba pronto un compromiso, el ansiado amor de Esperanza quedaría diluido en el aire y no soportaría los día de ausencia. Había que arriesgarse y, según había vislumbrado, Esperanza era de las que se arriesgan. Aunque los riesgos de aquél frágil proyecto de futuro que Tomás dibujaba, sólo podían afrontarse desde la complacencia inconsciente de un primer amor. Y Esperanza amaba a Tomás. La noche se estaba resolviendo en dulces y soñadas ilusiones. Así que Tomás, con voz firme, respondió: -Sé lo que podría ofrecerte. Y sólo falta que tu me quieras. Con el último fuego llegó la sorpresa prometida por el concejal de fiestas. El octavo madero sostenía un armazón de madera, que era un cuadro de metro y medio de largo por más de un metro de ancho. El marco estaba cuajado de cartuchos y en la parte superior había una estampa enrollada que alguien había pintado y que el pirotécnico, cuando todos los cartuchos se habían encendido y despedían rayos, centellas y luces de mil colores, desenrolló tirando de una cuerda, apareciendo el Bendito Cristo transfigurado como en el Monte Tabor. Cuando el Bendito Cristo llevaba poco más de un minuto transfigurado, las endebles maderas del marco que sostenía la estampa cedieron y todo el armazón se vino abajo quedando el Bendito Cristo colgado de una cuerda y balanceándose. Santiaguiño profirió sonados juramentos acordándose de toda la familia del carpintero, pero los espectadores absortos como estaban en el prodigioso espectáculo no repararon en el desastroso incidente, sino que, por el contrario, lo aceptaron como el final natural de la fantástica aparición y en toda la plaza estalló una estruendosa ovación. Santiaguiño aprovechó el entusiasmo para encender la traca final, provista de tantas bombas reales que parecía una hermana pequeña de las mascletás valencianas. Al final del estruendo, las luces se encendieron y la banda de música «atacó» las Bodas de Luis Alonso, iniciándose la última parte de la verbena. -¡Que bonitos! -exclamaban las gentes de alrededor. -¡Que preciosos! -repetían también Esperanza y Olvido-. ¡Los más bonitos que he visto en mi vida! -¡Una maravilla! ¡Los fuegos de mi pueblo son los mejores del mundo! -dijo Tomás sin dejar de mirar a Esperanza. IV Sesenta años más tarde, en otra villa casi tan importante como la villa de Benavides, la villa de Madrid, una mañana radiante del mes de Mayo, Tomás leía el periódico mientras desayunaba. De pronto le llamó la atención un titular a toda página que decía MUSICA, TOROS Y FUEGOS ARTIFICIALES para celebrar el Santo Patrón. Escucha, Esperanza, mira lo que pone el periódico. Y leyó en voz alta: «Con motivo de la festividad de San Isidro, el Alcalde asistirá hoy al izado de la Bandera Nacional en la Plaza de Colón... a la Misa... a la entrega de medallas de oro... etc.» Tomás pasó por alto el texto referido a lo protocolario y se detuvo poniendo énfasis en la lectura de lo siguiente: «Ya por la tarde, el Alcalde asistirá a la tradicional corrida de toros de la feria de San Isidro y después... después...» escucha Esperanza, atiende «acudirá al estanque del Parque del Retiro para disfrutar del concierto MUSICA PARA LOS REALES FUEGOS ARTIFICIALES, en el que la prestigiosa formación francesa LE CONCERT SPIRITUEL interpretará principalmente música de Haendel...» Cuando Tomás terminó la lectura, le preguntó a Esperanza: -¿Qué te ha parecido? -Bien, ¿qué me va a parecer...?. Son las fiestas de Madrid. -Esperanza, esta noche iremos al Retiro a ver los fuegos artificiales -afirmó rotundo Tomás. -Estás loco... -se defendió Esperanza-. Ya no cumplimos los ochenta y tú... tres más. No resistiremos tantas horas de pie en medio de tanta gente como habrá. -Tenemos que ir Esperanza... tú y yo le debemos mucho a los fuegos artificiales. Saldremos pronto de casa y cogeremos un buen sitio a la orilla del estanque. Nos sentaremos en el banco de cemento y apoyados en la barandilla de hierro que rodea el lago, escucharemos el concierto y veremos los fuegos artificiales en primera fila como príncipes... ¿qué te parece? -Una locura, como todas las tuyas. -Pues yo no me los pierdo por nada del mundo. ¿Cuántos «fuegos artificiales» nos quedan, Esperanza? -filosofó pesimista Tomás-. Además -continuó con la voz más tierna-, mientras queman los fuegos recordaremos las fiestas, los fuegos y el cielo de Benavides. Aquellos «fuegos» tan felices que propiciaron nuestro primer encuentro. -Queda todo tan lejano, que parece un sueño -musitó Esperanza. -Cada vez necesitamos más los recuerdos. Cada vez necesito más cogerte la mano mientras las luces estallan en el cielo para revivir el momento en que me atreví a cogértela mirándote a los ojos. -Tomás, Tomás, no te pongas romántico... a la vejez viruelas -le reconvino Esperanza con dulzura. -Ni viruelas, ni sarampión, ni nada malo, que estás más guapa que antes y tienes una piel que ya la quisieran para sí las dos nueras. -Calla, piquito de oro, que estás más loco que un cencerro. ¿Y si nos pasa algo? Deberíamos avisar a los hijos -indicó Esperanza empezando a claudicar. -¿Avisar a los hijos? Eso nunca, que no nos dejarían ir solos... Iremos en el metro, la estación de Quevedo está aquí cerquina y por la línea Dos llegaremos al Retiro sin trasbordos en diez minutos. Y para volver haremos lo mismo. Cuando estemos en el Retiro bien sentaditos avisaremos a los hijos por el móvil para que sepan dónde estamos. ¿Tranquila, Esperanza? Y Esperanza cedió. Llegaron al parque poco después de las seis de la tarde. Sobre el Retiro había caído la primavera con todo su inventario de flores, aromas y colores. El paseo que lleva hasta el estanque ya estaba muy concurrido. Muchos madrileños y ciudadanos de todas las partes del mundo se apresuraban a coger un buen sitio. Esperanza y Tomás pudieron sentarse frente al monumento dedicado al Rey Alfonso XII, junto al cual se había montado el castillo de fuegos artificiales. En una de las esquinas del lago se había instalado un enorme templete para dar cabida a la gran orquesta. A las siete, la música empezó a reinar sobre el murmullo cada vez más denso y sonoro de una multitud que se apiñaba alrededor del estanque y en las calles que en él confluyen. Cuando llevaban casi tres horas sentados, un revuelo de coches y personas pareció indicar la llegada de «las autoridades» que enseguida confirmaron los altavoces y la Gran Orquesta, que dedicó al señor Alcalde el Momento Musical número tres de Schubert en fa menor, recreando el mejor preludio festivo. Después y dominando la tempestad de palabras y gritos de los presentes, sonaron las primeras notas del concierto anunciado. Haendel quedó enredado en las hojas trémulas de los árboles, resbalaba por el agua y ascendía al cielo reclamando la atención de las estrellas, para advertirlas que en pocos minutos se iban a morir de envidia. De repente, cesó la música, se apagaron las luces y los murmullos y un torbellino de elementos pirotécnicos, expulsados a considerable altura mediante un volcán o carcasa, comenzaron a girar emitiendo un chorro de chispas doradas, plateadas, que se fueron extinguiendo con un zumbido que avisaba a los ojos de los afortunados mortales que allí estaban congregados, que se preparasen para contemplar maravillas nunca vistas. Inmediatamente y sin las pausas que se hacían en los fuegos de Benavides, surgieron del propio estanque un conjunto de figuras que sembraron la superficie del agua de plantas fantásticas, candelas romanas, palmeras, espadañas... Un jardín inimaginable. Y cuando el jardín desapareció volvieron a dispararse carcasas de gran calibre que llenaron el cielo de figuras variadas: corazones, margaritas, aros, estrellas, anillos de mil colores, que trepidaban al quebrarse y extinguirse. Luego, sin dejar tiempo a respirar, se dibujaron en el aire, ruedas con largas colas de diamantes dorados como las de los cometas. Esperanza y Tomás contemplaban el espectáculo fascinados. Les dolía el cuello de tanto mirar al cielo. Las bellísimas luces y los estampidos tenían el ritmo de una melodía. Los fuegos artificiales se habían apoderado de la imaginación, de los sueños y del pensamiento, pero dejando sitio a la ternura que se refugiaba en las manos fuertemente entrelazadas de Tomás y Esperanza. El bombardeo de color y de luz continuó sin cesar durante muchos minutos. Disparos en paracaídas con guirnaldas, palmas blancas, palmeras rojas y crisantemos de colores, que después de subir a gran altura descendían lentamente al estanque, recordando la inefable «acuarela» de Salinas: «Desde las orillas las desesperadas luces suicidas al lago se lanzan. Cadáveres lentos rosa, verde, azul azul, verde, rosa se los lleva el agua...» Una sesión de truenos fue el arrebato final de aquella monumental sinfonía de color y sonido. Un hondo suspiro surgió de la multitud. Con el último bombazo de la traca final se encendieron las luces, la orquesta volvió a tocar y se acabó el embrujo. Las gentes, como saliendo de un hermoso sueño, abandonaban lentamente el Retiro. Tomás y Esperanza siguieron sentados un buen rato esperando que se descongestionaran los paseos. En silencio miraban las aguas del lago, que de pronto se habían vuelto misteriosas y profundas. Esperanza rompió el silencio: -¡Que fuegos tan maravillosos! -dijo. -¿Te acuerdas de los de Benavides? -suspiró Tomás. -¡Bah...! aquellos eran unos fueguines que no subían ni a la altura de la ermita y no duraban nada. -¿Pues sabes lo que te digo? -replicó Tomás- que a mí, aquellos fuegos de mi pueblo, me gustaron tanto o más que estos. -¿Más que éstos? -se burlaba Esperanza. -Más, pero de otra manera. No se puede comparar el Monte Travadillo con los Pirineos, ni el estanque del Retiro con el Mar Cantábrico. Pero en los dos sitios puedes encontrar la misma cantidad de hermosura. Todo depende de lo que lleve uno dentro. Esperanza miró a Tomás con cariñosa admiración y le dijo: -Estás tú muy filósofo. Debían haberte estudiado. -Dirás lo que quieras Esperanza, pero para mí los fuegos de aquél año en que nos hicimos novios siempre serán los más maravillosos del mundo, ¿sabes por qué? -¿Por qué hijo, por qué? -Porque aquellas luces hacían mil chispitas en tus preciosos ojos castaños. (A Benavides, mi pueblo querido)