«Mis amigos lo han querido.Ahora es tiempo de estar muy vivo»
Antonio Vega llevaba la voz cantante, pero otros, fieles oyentes, brindan ahora en Diario de León por sus encuentros con el artista para recordar el lado humano del autor de «Chica de ayer», fallecido el pasado 12 de mayo
|||| Hay que ordenar la habitación
«Una nota escrita a boli en la pared», por Alberto Casal. Antonio re-comenzó su increíble carrera en solitario diciéndonos en el 91: «No me iré mañana». Y se fue.
No hubo peor ending para el puto cuento de marras (Antonio y el lobo). Su signo, que iba con el de los tiempos, acabó en cáncer. En fin (-¦). No persigamos las sombras de quien aún nos abrasa con su brillo y su luz. Antonio nos regaló hablándonos a los ojos la más exquisita e intensa gramola mental, un soundtrack para nuestras vidas. Supo hacer con lo suyo, lo muy nuestro. Ha firmado el mejor cancionero de la historia del pop en castellano. Fue el Artista básico. Y una de las más bellas y magnéticas personas que he conocido. Gastaba a la vez enigma, cordialidad y carisma, aún siendo -”en esencia-” todo un héroe del anonimato. Su legado cumple el ideal del artista universal: hacer de un imaginario tan personal, algo muy colectivo. Y transgeneracional. Sí, fue el colega favorito de my generation. En los 80 quisimos ser como él (las chicas que nos gustaban nos querían más así). Para muchos, la suya fue la otra escuela de calor.
Antonio supo crecer en compañía de todos los corazones. Y repartió genio para todas las edades. Un bálsamo para todos y para nadie. Ese era (es será) el poder polisémico de su impecable discurso: frágil y poderoso, abstracto y cotidiano, radiante y taciturno-¦ Poético conciliador de opuestos, encantador de todos los complementarios. Ser como la lluvia al sol; tener un hogar en cualquier sitio. Su talento, capaz de conciliar el tirón mainstream y la lealtad eterna al creador de culto. Por eso, ahora brota espontáneo, como hipersensible pandemia benéfica en esa epidermis comunicacional del SMS, el interhomenaje terapéutico de muchos ciudadanos. Y es que no hay nada mejor que imaginar que uno puede comunicarse días, meses, años enteros sólo cruzando frases salidas del repertorio de Antonio. Porque también él tocaba la fibra, con su pop puro y duro. Una soledad sonora a base de fotogramas, intuiciones, sueños en color, claroscuros del alma y de la mente-¦ Por eso arden blogs y foros con el veguismo a punto de nieve. La fertilidad Vega es una lucha de gigantes. Se mueve entre el azar y la necesidad. El sueño y la realidad. La ambición y la ingenuidad. El entusiasmo (quiero guitarras, lleno de papel) y la quietud (se dejaba llevar, desordenada habitación). Su mundo (del Liceo francés a los pupitres de la calle) es una de dos. O filosofía o amor-¦ Pero luego en la distancia corta, Antonio ni triste, ni solitario, oye. En fin, «ahora que las cámaras se han marchado a otra guerra», aparte de lo del artista seriamente enfermo de tantos titulares y de todas las despedidas. Del silencioso ardor generado por muerte muy anunciada (reenvenenada de azules). Del vampirismo posmortem (ojo: filón de duets y tributos) que nos espera a mayor gloria de su discográfica, claro sobre su obra vida de milagro(s), lo que hay que celebrar es su música al pie de sus letras. Lo de menos es dudar si la chica de ayer -”y de hoy-” será también la de pasado mañana. Que sí. O dónde diablos está -”según Gallardón-” el sitio exacto de su recreo. La plaza que lo nombra (en el barrio de MalaEspaña del Foro, me dicen) es entre la Corredera Alta de San Pablo y Fuencarral, 93. Tampoco hay que ir ya al Penta a escuchar canciones que consigan-¦ nada. Y ni vamos a discutir cual de sus tesoros es (fue) el mayor. Tampoco eligió él si guitarrear en los pueblos blancos o cantarle a la noche oscura. Se hizo océano de sol con imágenes de Medem. Y alcanzó la cima de una de sus penúltimas montañas, diseccionando la Anatomía de una ola. Nos dio las señas de su ángel en Orión. Y nos convidó forever young al elixir de juventud. Antonio: mitad seda, mitad hierro. Hasta en su crepúsculo, luminoso. Superviviente profesional, mola recordarle, no sé, pues encantado hablando de sus pinitos en los trastes remedando al pantanoso Waters. Cerrando etapa con Nacha, alive and kickin, en lo de Jácara del 88. O regozando los 22 minutos de la cara A del vinilo Relayer (Yes del 74). Sí, le sigo viendo entrar con Steve Howe por las puertas del delirio de aquel Charisma Record. Así, close to the edge rocksinfónico y vitalicio, mucho antes de instalarse en la tentación del abismo. La sensibilidad extrema es lo que tiene. Ya sabes, handle with care.
Antonio se me antoja el trasunto pop del autodidacta profesor Tornasol, con su pozo y su péndulo. La ciencia de la experiencia. Te ciega la línea clara de su digitación, aún en la más opaca ecuación por resolver contra sus cuerdas. Es el artesano de riffs clarividentes. Es la comunión ascética del guitar hero con un grosor de púa y un sonido fiel. El músico para músicos. El animal -”aún herido-” siempre escénico. Antonio, compositor de cierto caos organizado. Su magia y precisión en cada feliz secuencia de infinito. Nadie como él para cicatrizar -”con canciones-” las heridas del tiempo. Y el tiempo corre a su favor: durarán siglos sus décimas de segundo.
Cantemos a su cuerpo eléctrico
Cantemos a su cuerpo eléctrico. Reclamemos la presencia de su música en todas las escuelas. Una cátedra de la intemperie. Abre bien los ojos, es la hora d e aprender, eres el cerrojo. Y eres tú la llave también. Y ya que la física es un placer (y no hay nada mejor que formular) bautizemos con iniciales AV, la rara valencia de un nuevo elemento (esencial para la vida) en la tabla periódica. Alguien capaz de convertir el aire en gas natural. Un gas noble. Antonio, menudo elemento, estaría así (por fin) entre el hidrógeno y el oxígeno. Entre el sentido y la sensibilidad. Tal es la naturaleza, el genuino combustible de la mejor máquina de cien caballos de Vapor Vega: la que te lleva de cero a cien en una décima de segundo.
Y acabo siendo un poco sentimental (sin encontrarme mal) para decirte, Antonio, que eso. Que me quedo contigo. Así, sentado al borde de tí. Que lo que tú y yo sabemos. Que en ti, la melodía salvaje. Y en mí, ahora un silencio imposible. Pero con tu música para siempre a mi lado. Como el mejor abrigo. Gracias por ser, Antonio.