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León

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Ya pueden andar listos los que sacan disco en estas fechas y hacer los deberes, y lo voluntario, porque, en breve, llega Joaquín Sabina. Con canciones, una que ya ha sonado de vez en cuando, dedicada al gran poeta Ángel González, otra que se titula Tiramisú de limón (con helado de arguadiente incluido, reza Sabina) y con la repercusión de un grande de España. El primer tema es un retrato al más puro estilo del cantante jiennense, con esas frases que le han hecho célebre y sobre un autor, poeta, de obra de huella inmensa: «González era un ángel menos dos alas, un santo por lo civil, un dandy con un ojo a la funerala, tan rojo, tan castizo y tan zascandil», viene a decir Sabina, y se queda tan ancho.

La segunda canción, junto a Pereza, parece que será uno de los temas de cabecera en las fechas de promoción.

Por medio de Sabina hay que aprovechar la ocasión de disfrutar de dos de sus músicos. Porque, aún ya célebres y reconocidos, ahora que el autor de 19 días y 500 noches trabaja menos, y hace bien, se dejan ver más en sus proyectos personales a los PanchoVarona y Antonio García de Diego. Y oyéndoles, leyéndoles, se entiende mejor la obra de Sabina.

Joaquín Sabina nunca será Tom Waits ni Bob Dylan, pero es que nunca ha aspirado a ello. Musicalmente proviene de unos tiempos en los que, con una guitarra, lo importante, lo que había que hacer y lo que hacía falta era largar. Y lo ha hecho de lo lindo. Y sus canciones ya forman parte del imaginario colectivo, de esa manida banda sonora que define una época frenética de este país.

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