El efecto Milk Shake
enóloga
Cuando se exporta cualquier producto alimenticio, sorprende la diferencia de parecer, de usos y de costumbres en cosas tan aparentemente banales como la comida. Cada país tiene sus gustos y lo que aquí tiene éxito no tiene porqué tenerlo en el extranjero y lo que aquí no cala entre el público, inexplicablemente funciona a miles de kilómetros.
No cabe duda que exportar a Estados Unidos es uno de los grandes retos de cualquier bodega. No obstante es el gran comprador mundial, por mucho que China siga ganando posiciones y a pesar de la crisis. Por eso quizás, en el mundo del vino, tenemos el gusto americano tan calado; y por ese conocimiento, hemos inventado hasta una palabra que define perfectamente su gusto para los vinos: el gusto milk-shake.
Literalmente, los milk-shake son los batidos de leche; ya saben, esos batidos de poca fruta y mucha azúcar, en los que lo más importante es la cremosidad, el dulzor y un leve gusto de fruta, la que sea: fresas, frambuesas, melocotones, coco... o ni siquiera: chocolate, vainilla, canela, café... también son opciones válidas. Los vinos milk-shake repiten con precisión el modelo del batido.
Los franceses se echan las manos a la cabeza cada vez que piensan en sacrificar sus preciadas uvas en estos gustos. Estas elaboraciones desmontas uno por uno los pilares que sostienen su idea de calidad de un vino. Son vinos tremendamente afrutados en nariz, que recuerdan a frutas muy maduras y con notas de mantequilla, de vainilla o cualquier especie similar. En boca resultan suaves, untuosos, densos, con una acidez muy baja y un amargor muy leve. Sorprende que dejan siempre una leve impresión de dulzor a pesar de no tener azúcar.
Para el gusto europeo, esos vinos resultan pastosos, planos y pesados... empalagosos en una palabra. Sin embargo, al otro lado del Atlántico se venden como pan caliente, como ellos dicen.
Y no me refiero a los vinos carísimos y exclusivos que se venden en cualquier parte del mundo a millonarios. Me refiero a los vinos de cada día; los que están a nuestro alcance en un pequeño restaurante del barrio, en un supermercado o en el bar del pueblo. Muchos elaboradores que quieren entrar en el mercado tienen que pasar por el aro; es algo que los australianos y los chilenos han hecho hace años y así de bien les van las cosas. Parece que no hay más alternativa: adaptarte o quedarte fuera.
Sin embargo, los viejos y tozudos europeos queremos conquistar su paladar sometiéndolo. En vez de modificar nuestras elaboraciones para llegar a su corazón, pretendemos cambiarles el gusto para que aprecien nuestros vinos. Y ello supone educación, educación y educación. Una inversión millonaria, un esfuerzo titánico que si funciona nos dará la mejor de las recompensas.
La verdad es que tenemos ejemplos previos y exitosos. Reconozcamos que hacer probar a un hijo de Mc Donalds un hígado de pato semicrudo, tiene su riesgo. Y ahora les encanta. El amargor del pesto italiano no era a priori la mejor salsa para el acostumbrado al ketchup. Ni siquiera los pestilentes y mohosos quesos les parecían apetecibles. Pero ahí están. Lo mismo estamos consiguiendo con el aceite de oliva y el jamón ibérico. Quizás no sea más que otra forma de colonizarlos. Esta vez por el estómago.