Diario de León

El símbolo de que un pueblo vive

Las aldeas de León buscan futuro y asidero en los emblemas e instituciones tradicionales

Mario Álvarez, de Las Bodas, muestra el pendón recientemente descubierto.

Mario Álvarez, de Las Bodas, muestra el pendón recientemente descubierto.

Publicado por
antonio barreñada
León

Creado:

Actualizado:

Algunas veces los signos tienen más entidad, más realidad, que aquello que representan. Hitos, arcas antiguas, siguen en pie señalando la entrada a un lugar único de la Montaña del Porma: Las Bodas. Bovata , lugar de los bueyes, castro regado por las aguas llamadas con el más remoto y genuino nombre: «El Río». Los nombres del agua, que nos ha enseñado Eutimio Martino, son signos y ser de las vidas de sus gentes. El cauce breve atesora historia y leyenda: «Enfrente de la Frontera del Moro/ hay un pellejo de toro/ lleno de monedas de oro». En cada memoria leonesa, un calderín de sueños.

En el alto del lugar, la iglesia de San Pelayo, con el recuerdo del antiguo monasterio en sus piedras labradas en el románico repoblador. Se consolidaron hace unos años y se desmontó entonces otro elemento de sustancial función y significado: su portal, el lugar para los concejos. En un rincón de su interior, envuelto en una humilde sábana, se ha encontrado otro tesoro: el pendón del pueblo, del concejo, símbolo de una identidad que quisieron borrar.

Las Bodas perdió su junta vecinal hace algo más de cuarenta años. El 5 de mayo de 1967, el Consejo de Ministros acordaba la «disolución de la Entidad Local Menor de Las Bodas». Desde febrero de ese año desaparecieron las de todos los pueblos del municipio de Boñar: Llama, Vozmediano, Voznuevo, Colle, Veneros, Barrio de las Ollas, Oville y Felechas. Mantienen su junta vecinal Rucayo, Valdehuesa y Orones, procedentes del antiguo municipio de Vegamián, tras ser anegado por el pantano. Algo se salvó tras la presa de Región .

Factores diversos han sido considerados como determinantes para aquella extinción: el papel de personajes como el entonces alcalde de Boñar, diputado provincial, o el secretario del ayuntamiento -”de quien se dice que hizo trabajo de laboratorio con la desaparición de aquellas juntas-”, intereses mineros, forestales, patrimoniales-¦ condicionamientos económicos escudados en lo que se señaló como «suficientes y notorios motivos de necesidad económica», sobradamente rebatidos a lo largo de un inconcluso proceso que reivindica la restitución en instancias administrativas y judiciales, mantenido en pie, con tenacidad de peña, por los vecinos. El asunto se mantiene en el Constitucional y a la vez no se renuncia a las fórmulas contempladas en la Ley de Régimen Local para la recuperación de las juntas vecinales.

«De hecho, aunque no de derecho -”explica en Las Bodas Mario Álvarez López-”, los pueblos no se resignan: se reúnen, trabajan, mantienen como referentes comunitarios sus lugares a pesar del deterioro estructural de todo ese patrimonio». Lugares como la casa de concejo (la casa de los telares ), el potro y el lavadero -”que este año han conseguido del Instituto Leonés de Cultura subvención para una restauración de largo demandada-”, o el magnífico hórreo de los nueve pegollos, sólido en su trabazón sin un solo clavo, considerado el más antiguo de España, sobre el que otras trabas, las de propiedad, parecen cargar condena. A pesar de la voluntad de las gentes, señala Mario Álvarez, «falta la entidad cercana».

Un ejemplo, Santa María. San Pelayo, como en Las Bodas, fue invocado también en otro lugar, el Monasterio del Monte, que daría lugar al pueblo de Santa María, objeto de estudio y enamoramiento de la norteamericana Ruth Behar en los años 70. Santa María del Monte: la presencia del pasado en un pueblo español (1986) fue la obra publicada a partir de su tesis. En el verano de 1978 Ruth Behar recalaba en Santa María del Monte del Condado, antaño de la Hermandad de Sobarriba, un lugar en el que el 70 % de territorio era comunal.

Óscar Fernández Álvarez reseñaba ese estudio como un modelo de vida comunitaria, vigente «en una época de cambios sociales y económicos sin precedentes, cuando la mayoría de la gente toma conciencia de ellos mismos como hacedores de su propia Historia». En las conclusiones de Behar parece que el mundo concejil pierde su relevancia cuando pierde su valor material, cuando han variado sensiblemente las condiciones de necesidad social («cuando todo el mundo tiene vino en casa, ¿quién necesita ir a beberlo al concejo?») y la consecuente respuesta en el «apoyo mutuo» que los libertarios de fines del XIX e inicios del XX redescubrieron en las islas campesinas del Viejo Reino.

Hoy que tanto se arguye en virtud de una «sostenibilidad» ambiental, toman especial fuerza la reflexión de la americana -”la destrucción del paisaje está asociada a la desaparición de una forma de vida ligada a los montes-” y el lamento irónico del vecino de Santa María: «Sus abuelos fueron leñadores y ellos quieren ser condes».

Recientemente era noticia el interés de europeos del Norte por el modo tradicional de explotar los prados nuestra ganadería de montaña. Cabe la esperanza de que en territorio que tan propicio fue al desarrollo de la «parda alpina» se considere y estime el valor de la humana «comunidad de aldea» fundada en las gens y el castro, «unidad social mínima», que es mucho más que lo que oculta la expresión de «entidad local menor», no solamente un elemento diferenciador para el estudio histórico, sino un apropiado y efectivo modelo de convivencia.

En Las Bodas, como en tantos otros lugares leoneses, la realidad de un pueblo se quiere seguir alzando al aire de un signo: su pendón concejil.

tracking