Diario de León

Los cuatro inquilinos del palacio episcopal de Astorga

El cuidador del museo de los Caminos y su familia tienen su vivienda en el interior del edificio que diseñó Antonio Gaudí

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maite almanza
León

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El palacio episcopal de Astorga fue diseñado y construido por Antonio Gaudí para que en él viviera un obispo, pero ninguno llegó nunca a utilizarlo como vivienda. En torno a él han surgido leyendas como la que narra que un prelado falleció en su interior de un infarto la misma noche en que iba a dormir en él por primera vez. Sin embargo, el palacio tiene inquilinos desde hace 23 años: su cuidador, Baudilio Pélaez, y su esposa, que residen en él junto a sus dos hijos.

Lo primero que Pélaez ve al despertarse y mirar por la ventana de su dormitorio es la muralla de la ciudad y las estatuas de los ángeles que Gaudí diseñó como remate de la cubierta y que ahora permanecen en el jardín del palacio. Para contemplar esta estampa tiene que abrir un ventanal, rematado en su parte exterior por una vidriera que tamiza la luz cuando el sol roza esta parte del edificio. Si desea oxigenarse un rato, nada mejor que subir a la última planta del palacio para disfrutar de una monumental vista de la ciudad y tener a tiro de piedra la catedral y la imagen de Pedro Mato. Durante parte del día, las horas en que el museo de los Caminos está cerrado al público, los fondos expuestos en el palacio, propiedad del Obispado de Astorga, están vedados a cualquiera que no sea él y su familia: tallas, orfebrería, cuadros, y las propias dependencias del palacio, como el salón del trono o el comedor, están reservados para su contemplación. Pero Baudilio Peláez no parece darle importancia a todos estos detalles.

«Mi casa es una vivienda normal, lo único distinto es que tengo que entrar a ella por el palacio», asegura con naturalidad. Como en un intento de desmitificar lo que supone vivir en semejante edificio, recalca que, en ciertos aspectos, su hogar resulta más incómodo que un piso convencional porque él y su familia han tenido que acomodarse a los espacios diseñados por Gaudí, y algunos de ellos son de capacidad limitada. Residir en él, sin embargo, también tiene sus ventajas: «No te molesta nadie, aunque a veces pienso que esto también puede ser un inconveniente: Si tienes que pedir socorro algún día ¿a quién recurres?», dice.

El cuidador señala también que, dadas las características de la construcción, no está permitido realizar obras en la vivienda como las que podría hacer cualquier otro ciudadano en la suya propia.

La casa de la familia ocupa dos plantas en la construcción, pero sus habitantes prácticamente hacen su vida en la inferior, sobre todo en invierno, para evitar calentar el piso superior. Una vez abierta la puerta de la casa, ubicada junto al acceso en el que el personal del museo expide las entradas a los turistas, todo parece, efectivamente, un hogar convencional, dotado incluso de un recibidor al uso. La puerta principal del edificio, situada en el exterior y con salida al jardín, tiene un timbre que amigos y familiares pueden utilizar si desean que Pélaez, su esposa o sus hijos les abran la puerta.

La familia suele utilizar el segundo piso cuando tiene invitados. También en él ha habilitado un lugar en el que secar la colada, ante la imposibilidad de hacerlo en el exterior, como cualquier otra familia. El dormitorio matrimonial, en la primera planta, tiene forma circular en consonancia con la arquitectura exterior del edificio, y tiene cabida para la cama y una pequeña cómoda.

Pélaez apunta que el espacio destinado a vivienda fue objeto de pequeñas remodelaciones cuando él asumió las labores de cuidador del palacio, dado que su antecesor en el cargo no tenía familia. Sus hijos se han criado en el edificio, y él resalta, divertido, que cuando los muchachos salen de noche con sus amigos, los padres se ven obligados muchas veces a concretar la hora de vuelta para poder abrirles la puerta. «¡Fíjate el tamaño de la llave!», explica con respecto a la que abre el edificio, sensiblemente mayor que las habituales. «Claro que mi hija, en el bolso, sí que la podría llevar», apunta. Otro problema añadido es que una segunda llave cierra la verja exterior del palacio, dificultad mayor cuando la familia tiene invitados. «A veces nos llaman por teléfono para que les abramos», explica.

El responsable de la atención del edificio que más visitantes atrae a Astorga admite que, para quienes no son vecinos de la ciudad, resulta curiosa su historia. «Incluso algunos de mis familiares pensaban que bromeaba cuando me pedían la dirección y les decía que vivía en el palacio de Gaudí», asegura. «Los visitantes del museo se sorprenden cuando se enteran de que aquí vivo yo, y no un obispo», indica.

Pélaez desarrolla varias labores en el edificio: en horario de apertura del museo permanece en la portería atendiendo a los visitantes, mientras que por la mañana, antes de que éstos lleguen, realiza la limpieza del palacio o barre el foso que lo circunda. También corre de su cuenta vigilar que todo esté en perfecto orden, y dar aviso en caso de que surja la necesidad de pequeñas reparaciones, o realizarlas él mismo si son cuestiones sencillas, como sustituir una bombilla fundida por otra nueva por ejemplo. Además, cuando llega la noche conecta las alarmas que han de preservar la construcción de la acción de los amigos de lo ajeno, o de los vándalos. No es habitual que realice rondas por el palacio, como un vigilante de seguridad al uso, salvo en momentos en los que escucha ruidos que le resulten sospechosos.

Asegura que jamás ha sentido miedo de vivir en el edificio. «Hombre, imponía un poco al llegar, al ver las imágenes sobre todo. A mi mujer le daba, no miedo, sino respeto. Ahora ya nos parece lo más normal del mundo». Peláez señala también: «Se comenta que si se hacen obras de adecuación en la casa anexa al jardín del palacio, que también es del Obispado, igual trasladan allí nuestra vivienda y dedican el espacio sobrante a más dependencias del museo. Pero por el momento no hay nada en firme».

Niega en redondo que haya visto alguna vez un fantasma. «No, no hemos visto luces, ni presencias», insiste ante la pregunta de qué es un palacio sin un inquilino inesperado de estas características. «Algunas veces hemos oído ruidos, similares a crujidos, pero eso pasa en todos los pisos», apunta con tranquilidad. Lo que sí recuerda muy vívidamente fue el terremoto que despertó a numerosos astorganos una noche de mayo de 1997, horas después precisamente de una visita oficial a la ciudad de Su Alteza Real don Felipe de Borbón, Príncipe de Asturias. «Yo estaba en casa, oí un ruido muy fuerte, y en seguida ví que una de las columnas se movía y oscilaba. En los primeros segundos pensé que podía ser una bomba que explotara tiempo después de la visita real. La lámpara del recibidor del palacio se movía como un péndulo», explica, en un intento de destacar que el movimiento sísmico se percibió de modo más acusado en el interior de la construcción que en una vivienda convencional. «Teníamos miedo a que se cayera el edificio», relata, consciente de que esa noche su familia tampoco fue como las demás.

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