«Que España viva como una sola familia»

El Papa finaliza su visita a España con una defensa de la familia tradicional y una condena del aborto

El Papa habló ayer del valor del arte y de la familia.

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iñigo domínguez | barcelona
León

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El Papa se despidió ayer de Barcelona, tras su viaje de dos días a esta ciudad y Compostela, con una llamada a España a vivir «como una sola familia, guiados por la luz de la fe». Fue en realidad una de las últimas frases del día, pero la de mayor calado político. Evoca la imagen defendida por un sector de la Iglesia española de un Estado en el que son inherentes la unidad religiosa y la política. Al igual que su polémica comparación entre el actual «laicismo agresivo» y el anticlericalismo previo a la Guerra Civil, denota la sintonía del Papa con esos sectores.

La jornada en Barcelona estuvo volcada en la consagración de la Sagrada Familia y los temas que abordó el Papa fueron los esperados: la huella divina a través del arte, la presencia de Dios en la vida pública y la defensa de la familia. Sin embargo, había un interés latente por observar sus palabras a la luz del debate político de Cataluña, en la recta final de las elecciones autonómicas, y con el deseo de los nacionalistas de convertirlas en un apoyo a sus tesis. La contabilidad del uso del gallego y el catalán en sus discursos a un aspecto más.

El Vaticano y Ratzinger, la Iglesia española y las diócesis de Santiago y Barcelona, con sus diferencias de visión, eran muy conscientes. El Papa sobrevoló la cuestión refiriéndose siempre a «esta tierra catalana», «el pueblo catalán» o «las gentes de estas tierras». Pero en su despedida fue más explícito e hiló fino con el lenguaje: «Regreso a Roma habiendo estado sólo en dos lugares de vuestra hermosa geografía. Sin embargo, he deseado abrazar a todos los españoles, sin excepción alguna, y a tantos otros que viven entre vosotros, sin haber nacido aquí», una frase, esta última, que es una defensa de los inmigrantes, centro de recientes debates políticos. «Os pongo bajo el amparo de María Santísima, tan venerada en Galicia, Cataluña y en los demás pueblos de España. Le pido también que os alcance del Altísimo copiosos dones celestiales que os ayuden a vivir como una sola familia, guiados por la luz de la fe».

Naturalmente el protagonismo religioso del día estuvo en la Sagrada Familia. El propio Ratzinger pareció emocionado con lo que significa hacer realidad un sueño que comenzó en 1892 de la mano de Gaudí.

La ceremonia se alargó hasta las tres horas y sumó un retraso de una hora en el programa. El Papa dedicó parte de su sermón a la idea de belleza y el arte enlazada con la fe. El templo de Gaudí es «una inmensa mole de materia, fruto de la naturaleza y de un inconmensurable esfuerzo de inteligencia humana» que habla de Dios, «en una época en la que el hombre pretende edificar su vida de espaldas a Dios». Luego se centró en la defensa de la familia, con un papel tradicional para la mujer, que debe encontrar «en el hogar y en el trabajo su plena realización». Pidió un «apoyo decidido» del Estado al matrimonio de hombre y mujer y a la natalidad. Recordó que la Iglesia «se opone a todas las formas de negación de la vida humana y apoya cuanto promueva el orden natural», una condena implícita del aborto y el matrimonio homosexual. Por la tarde, antes de irse, el Papa visitó brevemente el centro de atención a discapacitados Niño Dios. Que haya encajado este acto en un programa tan apretado revela su atención por el enorme trabajo de atención a los débiles de la Iglesia, que para él es ejemplo para los fieles y la mejor carta de presentación ante los no creyentes.

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En el balance final hay un factor que puede tener relación con los equilibrios internos de la Iglesia española: el bajón de público respecto a las expectativas.