LA CRISIS MINERA NO SE DETIENE | LOS EFECTOS SOCIALES Y ECONÓMICOS
Laciana se entierra con el pozo Calderón
El cierre de la emblemática explotación impulsa el miedo al abandono que persigue desde hace meses al valle leonés

La fe no ha podido salvar los empleos de los mineros del Pozo Calderón.
La imagen no miente. Una vela se consume en Laciana. No de cera, de carbón. Hulla que ya no dan ni para alumbrar las casas salpicadas por el valle cuando avanza la noche y hay más tiempo para pensar en lo que se ha perdido. Las negras galerías del Pozo Calderón se cierran con algo aún más oscuro que esa hulla y esas noches, con una mancha de tinta negra en el papel blanco de un Expediente de Regulación de Empleo.
El grupo minero de interior Pozo Calderón tenía 104 trabajadores, que saben que no van a volver nunca a estas instalaciones del Grupo Alonso. La dirección asegura que el cierre es temporal, por seis meses dicen, pero todo el valle sabe que el pozo se ha cerrado para siempre. Los hechos contradicen a la burocracia, la empresa ha paralizado las labores de mantenimiento y la reapertura de una mina abandonada tiene costes demasiado elevados.
Adiós al pasado. A los habitantes de la comarca también les cuesta demasiado acostumbrarse a que ya sólo quede una mina de interior abierta, la de Hijos de Baldomero García, sólo con trabajos de conservación. Algunos como el industrial José Arias piden la readmisión de los obreros y la «nacionalización» de las minas, de las que miles de lacianiegos extrajeron durante décadas la identidad de unos pueblos clavados entre montañas. El miedo a perder su pasado ha calado en el ánimo de los vecinos. «Si perdemos Calderón se pierde la identidad de zona minera», lamenta Sandra Freitas, comerciante que siempre ha tenido en los mineros a sus clientes y en Villablino su casa.
El picador del pozo Jorge Vega espera que el Ayuntamiento de Villablino pueda hacer algo porque «si se acaba la minería no habrá identidad real de ningún tipo, no hay más alternativas». Los que habían pasado por la mina y han conocido la noticia lejos del pozo también han sentido como se cerraba una parte de ellos.
El ayudante de barrenista Omar García -la cuarta generación de una familia que encontró el sustento diario arrancando carbón en Laciana- cuando fue trasladado al grupo Cerredo de Asturias sintió la mudanza forzosa «como un jarro de agua fría». Ahora ve como otros compañeros tendrán que acompañarle en la comunidad vecina. «Algo triste, pero necesario, porque en Laciana qué futuro hay para nuestros hijos», se duele.
Miedo al futuro. En esta zona minera perder el pasado es duro, pero encontrar un futuro lo es aún más. Caminar por algunos pueblos del valle es sentir la decadencia. El paro se ceba en ellos, sumando la crisis sectorial de la minería a la crisis que afecta a todo el país. Los vecinos se preguntan qué se ha hecho con los fondos de las ayudas a la minería y por qué no se ha invertido en crear oportunidades de desarrollo económico alternativas al carbón. La industrial Ana Sonia Bernardo recuerda que «para pedir subvenciones hay que tener proyectos». Expone que en Laciana sólo quedan «los industriales que invierten en la comarca y una juventud sin futuro». Ana Sonia apunta que «un pueblo que invierte en cultura es un pueblo con futuro, y aquí no se ha hecho ni un sólo museo, cuando se podían hacer desde centros etnográficos hasta rutas guiadas por las brañas lacianiegas».
En gran medida, la población local culpa a los políticos y a las instituciones de la decadencia laboral y de que no se creen nuevos puestos de trabajo que cubran los que se ha llevado la crisis. Las culpas recaen principalmente en las administraciones públicas, en los políticos y en los sindicatos. «Han cerrado los ojos mientras a ellos les iba bien», protesta Ana Sonia Bernardo.
Los trabajadores también muestran su desconfianza en las instituciones. «Sentimos que el Gobierno nos engaña, dicen muy buenas palabras, pero los hechos son otros», protesta Omar García.
Incomprensión social. Quienes han bajado a los pozos no comprenden como una parte de la sociedad no valora lo que las explotaciones carboníferas han significado para la provincia leonesa.
Aún hoy, la actividad minera sigue representando el 23% del Producto Interior Bruto de la provincia. La riqueza que se ha extraído de las minas de Laciana, del Bierzo o de la Pola de Gordón ha alimentado multitud de negocios que han proliferado por toda la provincia enchufadas a la corriente generada por el carbón quemado en las centrales térmicas de La Robla o de Compostilla. Luces que se encendieron después de que miles de mineros se encerraran con sus linternas en las galerías de montañas del norte leonés; como la peña que ocultaba el Pozo Calderón hace 46 años y que volvió a ocultar ayer.