Lorca intenta revivir entre escombros

Cinco campamentos de refugiados acogen a unas 15.000 personas que no pueden o no quieren volver a sus casas; la solidaridad de los vecinos ha evitado que se produzcan saqueos en viviendas o tiendas

Un hombre traslada sus efectos personales en el barrio de Las Viñas de Lorca.

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melchor sáiz-pardo | lorca
León

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Lorca parecía ayer una zona de guerra, una ciudad que tras un bombardeo trata de salvar sus enseres para recuperar la vida. Lo que se destruyó en poco más de ocho segundos, en las dos sacudidas del terremoto, tardará años en ser reparado o reconstruido, y los lorquinos, todavía con un miedo atroz, no saben si regresar a casa o quedarse en la calle por si vuelve a estremecerse la tierra. El terremoto se cobró ayer la novena víctima mortal, mientras que los heridos ascienden a 293 personas, de acuerdo al último recuento.

Con las primeras luces del día, la catástrofe mostró su imagen más amarga. Los destrozos, que el polvo y la noche no dejaron ver, eran de consideración. Atrás quedó el frío de una noche en vela en la nave del recinto del Huerto de la Rueda. «No quiero saber cómo estará mi casa», comentaba una mujer recostada en el suelo sobre su marido. «Echamos a correr -”cuenta-” y sólo oíamos caer piedras». Su hijo había ido a informarse del estado de su piso por si podían volver.

El recinto ferial era lo más parecido a un campo de refugiados. El recinto se ha convertido en el hogar provisional para unas 15.000 personas, que tras pasar la primera noche como pudieron se disponían anoche a pernoctar de nuevo. Un matrimonio agrupaba en un montón maletas, el carro de la compra, bolsas de viaje del todo a 100 y una televisión. «Mi marido tuvo el valor de ir a casa. Estaba todo perdido, todo perdido», repetía la mujer que lloraba amargamente porque «los recuerdos de toda una vida han quedado reducidos a escombros».

Al menos ellos pudieron recoger parte de sus enseres. La estampa de la jornada era la de una multitud de personas que se arremolinaba a las puertas de los edificios, donde los técnicos en edificaciones y los bomberos revisaban su estado.

Si las casas estaban habitables colocaban una pegatina de color verde, si amenazaban ruina el color era amarillo y significaba que se podía entrar a recoger pertenencias, y en caso de máximo riesgo la pegatina era negra o roja, prohibido el paso. Juana era de las afortunadas que podía regresar a su casa, pero «no quiero vivir ahí, me da miedo, hay grietas por todos los sitios y se ha caído todo al suelo». Por eso, todavía presa del pánico, había vuelto al recinto ferial.

Las calles, donde los bloques de ladrillos desprendidos de las fachadas aplastaban los coches aparcados, eran un reguero de personas con bultos que iban de un lado para otro.

Lo difícil este jueves en Lorca era encontrar alimentos. Todo estaba cerrado. Hacía el agosto un chiringuito abierto cerca del recinto ferial, donde se podía conseguir provisiones y bebidas. A media mañana corrió la noticia de que una tienda de alimentación había abierto y se desató un revuelo de bolsas y carreras hacia la misma. Al parecer sus dueños sólo pretendían hacer recuento de los daños, pero al final, y por razones «humanitarias», según su encargado, «nos vimos obligados a atender a los vecinos que se han quedado en la calle y sin nada que echarse a la boca».

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Y es que aunque los comercios, tiendas y supermercados han sufridos importantes daños, con roturas de escaparates, las fuerzas de seguridad no han tenido que intervenir para evitar saqueos. La solidaridad se ha impuesto y todos los lorquinos están por ahora unidos como una piña ante la destrucción del terremoto.