Diario de León
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León

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Todos tendemos a exagerar nuestras posibilidades. Por ejemplo a mi nieta mayor le pregunto cuántas albóndigas quiere y ella me dice muy convencida que catorce. Yo soy quien decide las albóndigas que tendrá en su plato, la conozco y sé que no puede con más de siete, pero si llega a comer cinco me doy por satisfecho.

Con la política imagino que ocurre igual. En la naturaleza del político está el deseo de ayudar a los demás. Tener un pueblo cómodo para todos, tener cubiertas las necesidades básicas y a partir de ahí, soñar. Ese es el peligro y lo que hace que el político deba tener una virtud añadida a las muchas que se le suponen: el valor para soportar las críticas cuando los sueños no se hacen realidad.

La experiencia y la prudencia enseñan que la perfección es inalcanzable y que la imaginación nos suele gastar malas pasadas con nuestros deseos. Cuando ya se han alcanzado algunas de las metas inicialmente propuestas, es cuando uno se da cuenta de las que se han quedado por el camino. Todos tenemos ilusiones: para los niños un parque de juegos con árboles, un local cubierto para el invierno con tirolinas y piscina de bolas; para los padres, un trabajo digno, guarderías, colegios, hospitales, centros de ocio, supermercados, cines y en general acceso a la cultura; para los jóvenes, institutos, universidades, discotecas, gimnasios y piscinas; para los ancianos centros de reunión, una orquesta que les recuerde sus tiempos mozos, un centro de día, una residencia, ayuda a domicilio y facilidades en el transporte. Pero en el entusiasmo inicial por las catorce albóndigas, nueve se quedan por el camino y esa expectación con la que comenzábamos se convierte en decepción. Pero todo esto es bien sabido. Hoy más que nunca es necesario que los políticos ofrezcan la suficiente esperanza y curiosidad para intentar de nuevo hazañas probablemente imposibles.

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