«Me he dedicado casi cuarenta años a la investigación con alma, corazón y vida»
—¿Cómo ha recibido el premio? ¿Le ha sorprendido?
—Hay que ser sincero, yo me presenté porque, honestamente, pensé que tenía méritos para poder ser un candidato digno. Lo que más me ha satisfecho es que el jurado también lo pensara. Me he dedicado casi cuarenta años a la investigación con alma, corazón y vida, como decía Antonio Machín.
—Todo un entusiasta…
—Entusiasmo y suerte, porque cuando yo terminé los estudios en los setenta esto era un erial para la investigación, pero con el primer Gobierno de Felipe González llegó su modernización, y yo viví esa época. Una época en la que con un voluntarismo enorme se nos dejó actuar para montar un sistema de ciencia que me da mucho miedo que perdamos.
—¿Por qué la investigación y no la medicina en activo?
—En cuarto de bachillerato, en el instituto Padre Isla de León, empecé a estudiar química orgánica y pensé: esto es lo que me gusta a mí. Y como toda mi vida dependí de becas, pues pedí tres, una para ser agrónomo, otra para ser biólogo y otra para Medicina; me dieron las tres. Elegí Medicina por la proximidad a mi pueblo. La medicina tiene un componente de inmediatez, los médicos clínicos son personas llamadas a actuar para salvar. Eso es lo que nos diferencia a los investigadores, que reflexionamos mucho y actuamos poco, pero lo aplicamos a mucha gente y, a largo plazo, los salvamos.
—Y, ¿por qué la investigación fisiológica?
—La vida del investigador se rige por el azar y por la necesidad. Yo quise ser toda mi vida inmunólogo, pero llegó un catedrático de Fisiología y me dijo que me tenía que ir a trabajar con él. A los dos años, como él se había formado en Estados Unidos, me comentó que había dinero para un contrato en la Universidad de Utah. Y así me metí a trabajar en esto, porque la vida me arrastró. Eso sí, al mejor laboratorio para la detección de la hipoxia.
—Cuarenta años dedicados a investigar. ¿Cuál ha sido el fruto?
—Mi carrera investigadora tiene un entronque con las investigaciones de Ramón y Cajal. Un discípulo suyo, Fernando de Castro, descubrió que un órgano que tenemos aquí (en el cuello) y que se creía que era un ganglio, se trataba de un órgano sensorial que se llama cuerpo carotídeo. Castro ya atisbó esa función, pero tuvieron que pasar dos años para que un belga, Heymans, que se carteaba mucho con este discípulo de Cajal, descubriera que este órgano lo que hacía es detectar los niveles de oxígeno en sangre. ¡Y consiguió un Nobel por ello!
—¿Cómo un sensor?
—No, no sólo detecta la falta de oxígeno, si no que en cuanto nota que cae la concentración hace que se respire más deprisa y más profundo. Es un mecanismo de salvaguarda que nos permite, por ejemplo, adaptarnos a las grandes alturas, porque pone en marcha mecanismos reflejos que corrigen el fallo detectado. Como un termostato de una calefacción, que cuando hace frío hace que arranque.
—¿En qué se han traducido sus investigaciones?
—Si quieres arreglar un coche tienes que saber cómo funciona. Si quieres saber cómo la falta de oxígeno puede hacer daño, debes conocer cómo responden las células, por ejemplo, cuando subes a grandes altitudes. Así me he pasado toda mi vida, investigando eso. Lo curioso, es que cuando tienes un pulmón estropeado las células también responden, pero no para adaptarse a una situación natural, sino para compensar un déficit
—¿A qué se aplica sus investigaciones?
—Ahora, la sociedad y las autoridades sanitarias, te piden que saltes de la i primera a la d, y a la i pequeña (I+D+i) y que se hagan investigaciones más translacionales. Son aquellas que se inician con un enfermo en la clínica, después, se va al laboratorio para generan soluciones, que aplicamos posteriormente al paciente para mejorar su situación. En esto es en lo que estamos metidos con el objetivo de aplicarlo a la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, a la apnea obstructiva del sueño y a todas las patologías que cursan con hipoxia.
—Una prueba de que la investigación acaba salvando vidas.
—¡Hombre claro, si yo soy médico! Mi objetivo es curar, pero no actuando de inmediato como un médico que lo hace pensando poco y siendo muy valiente, los investigadores tenemos que ser justamente lo contrario, más reposados. Pero una cosa (interrumpe) la investigación no es mía, es de un equipo extraordinario.
—¿Qué destacaría de ese equipo?
—Como buen leonés soy como un mastín. Ladro y retuerzo el hocico, pero luego soy muy fiel y mi equipo es igual. Es más, muchos son mejores que yo, pero pasa como con los hijos. Yo deseaba que José Ramón López y María Teresa Pérez fueran los herederos de mi huerto, pero ellos quieren crear el suyo propio con otros frutos distintos.