«¡Estoy aquí abajo, buscando oro!»
A los mineros encerrados en Santa Cruz se les acelera el corazón cuando desde el exterior sus hijos y un sobrino de tres años les preguntan por su vida en el pozo.

Dos hijos y un sobrino del minero encerrado, Alfredo González, se comunican con él por teléfono.
A la entrada del pozo Santa Cruz del Sil, donde ocho mineros han cumplido ya doce días con sus noches sin ver la luz del sol ni respirar aire puro, un niño de tres años rompe el tedio de una tarde de tormenta. Le colocan un teléfono en la mano y al otro lado del aparato, a tres kilómetros de la bocamina, le habla su tío. Alfredo González Carro, de 45 años, es uno los ocho de Santa Cruz.
«¡Estoy aquí, en tu trabajo!, ¿Qué haces, tío?», le espeta el espabilado niño. Y el veterano minero, también sin malicia y haciendo como el protagonista de la película de Roberto Benigni La vida es bella le responde: «¡Estoy aquí abajo, buscando oro!». El casi bebé de pantalones cortos y rodillas llenas de polvillo de antracita se queda entonces tranquilo y le pasa el teléfono a uno de los dos hijos del minero. Guillermo tiene 7 años y su hermano Adrián 12. Los dos le cuentan a su papá que se fueron de excursión a Vegacervera y le dan detalles de lo que comieron a mediodía.
La escena la sigue de cerca la esposa de Alfredo, Blanca Fernández de la Villa, y la madre de ésta, a la que le cuesta contener las lágrimas tragando saliva.
Unos minutos antes de llegar su familia, el encerrado Alfredo González hablaba por el telefonillo interior de la mina para DIARIO DE LEÓN. Cuenta que aún no han perdido la noción del tiempo y ello gracias a que reciben las comidas siempre a la misma hora, al igual que el contacto telefónico diario con los suyos.
Allí abajo, en las profundidades de la tierra, hace un calor pegajoso, por encima de los veintena de grados largos, pero con una humedad muy alta que taladra con parsimonia los huesos. Dice Alfredo que no se van a rendir nunca, que el revés sufrido en Madrid, —«en un día en el que no se pasaban las horas»— no les ha desanimado, y que del fondo del pozo no saldrán sin una solución. «Creo (en alusión al ministro de Industria y su equipo) que se están haciendo los fuertes, pero alguna solución nos tienen que dar», resumía.
«¡Que miren el corazón!»
Alfredo está convencido de que la solución es política, pero con un matiz: «Que los políticos no miren siglas de partido, que miren el corazón».
Cuenta que allí abajo matan el tiempo como pueden y que desde hace unos días tienen vecinos. «Tenemos un grupo de ratones que ya somos de la familia», bromea el minero. Cuentan con unos 700 metros lineales de galería, que la han recorrido a pie para desentumecer los músculos. «La conocemos de memoria y ya se ha convertido en nuestro circuito de atletismo», expresa.
Alfredo explica que duermen bien. «No sé qué nos pasa aquí abajo, pero dormimos de maravilla». Y el trato entre los ocho encerrados es de lo más familiar. El portavoz de todos ellos lo explica por el telefonillo con una metáfora: «Somos todos un cordón umbilical y todos nos apoyamos mucho». En este sentido cuentan con un minero que es un referente de lucha por el sector dentro del pozo. Se trata de Víctor Almeida, que con una silicosis de segundo grado decidió encerrarse por su presente y por su futuro, por el de toda una cuenca que si le cierran las minas es como si le arrancaran su corazón. «Estaremos aquí hasta las últimas consecuencias; viéndole a él (por Víctor), nos da más fuerza», deja claro Alfredo. Y así, consumen otro día entre oscuridad y humedad.