Diario de León

restauración | ABEL DÍAZ GONZÁLEZ, RESTAURANTE EL CAMPILLO

«La mina ha dado buenos sueldos pero apoltronó al lacianiego»

jesús f. salvadores

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ana gaitero | sosas de laciana
León

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La vida es un ir y venir. Abel Díaz González nació en Francia, retornó al valle de Laciana en los años 80 cuando su padre volvió a la mina y su madre abrió un mesón en Sosas de Laciana para no desaprovechar su experiencia de cocinera. El Campillo, abierto en 1982, se convirtió en un referente en el valle. Desde entonces han pasado más de 40.000 personas por el restaurante.

Entre carbón y pucheros, Abel eligió estudiar Turismo y salir del valle. Encontró trabajo en un hotel pequeño y le iba bien. Al morir su padre, cuando él tenía 24 años, decidió regresar a casa y ayudar a su madre en el mesón. Tras un breve paso por la política —fue concejal socialista— volvió a trabajar fuera y al cabo regresó. «Pero para tener la calidad de vida que tenía en mi pueblo tenía que ganar mucho dinero». Una vez más, decidió regresar con la idea de montar un complejo turístico. «Los fondos Miner me cubrían el 40%, pero era mucho dinero (1,5 millones de euros) y me incliné por hacer el comedor. Pero no dan ayudas para restaurantes sólo para centros de turismo rural, así que lo he hecho sólo con créditos», explica.

Su sueño está en construcción: convertir en casa rural una vieja casa aledaña al restaurante en Sosas de Laciana. «He invertido casi medio millón de euros, sin ayudas y ahora me toca la crisis minera. Tengo un poco de miedo porque no soy de los que piensan que no vivimos de la minería: a mí es lo que me ayuda en la temporada baja. Ojalá continúe lo que queda de la minería», admite. Tiene cuatro trabajadores fijos y en fines de semana puede haber contratadas hasta 15 personas.

«Hay que mantener la mina mientras se pueda, pero hay que buscar alternativas», sostiene Abel Díaz. Le vienen a la memoria los ancestros emprendedores las colonias Álvarez López, las tapicerías Gancedo, las mantequerías Leonesas y Rubio, el espíritu filantrópico de la fundación Sierra Pambley e incluso la audacia del fundador de Alsa, natural de Leitariegos. «La mina ha dado buenos sueldos, pero apoltronó al lacianiego», concluye.

No olvida que en la mina han quedado también algunos amigos, que entraron a los 16 años al agujero. «Es un trabajo muy duro», recalca, pero anima a recuperar el espíritu emprendedor. «Hay que desarrollar nuevas iniciativas: tenemos una zona impresionante, muy demandada —hay 175.000 gallegos que vienen a esquiar— y hay muy poca oferta hotelera», enfatiza.

En este ir y venir de gentes al valle de Laciana, Abel encontró pareja —una gallega que iba a esquiar a Leitariegos— y se casó. «Ahora ella está aquí, me ayuda en el restaurante, esperamos tener familia y quedarnos aquí», explica.

En El Campillo, aparte de unas impresionantes vistas ofrece exposiciones de artistas noveles y consagrados. Para ello cuanta con la ayuda de su amigo Eduardo Arroyo, que tiene casa en el cercano pueblo de Robles de Laciana. «Han sido cuatro años muy duros y aún me queda mucho por pelear: no hay que esperar a que el cliente venga sin más, hay que ofrecer cosas», apunta. Colabora estrechamente con la junta vecinal sus labores para embellecer y dar realce al pueblo.

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