En el diván de González
El PSOE miró ayer hacia atrás para tomar impulso. El acto de homenaje a Felipe González le sirvió para hacer terapia ante una de sus etapas más difíciles y buscar resuello en el diván del ex presidente.
No se trataba de un sentimiento de nostalgia, precisaron algunos de los que protagonizaron la Transición desde las filas socialistas, sino de buscar unas señas de identidad que, si no perdidas, sí han quedado diluidas en un momento de crisis en el que los españoles buscan referentes.
En primera fila se situaron el ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero y once de los dieciséis ministros del primer gobierno socialista. Entre ellos Alfonso Guerra, José Barrionuevo, Carlos Solchaga o Miguel Boyer, muy recuperado del ictus sufrido hace varios meses y que ha sido uno de los receptores de más abrazos de la jornada. Una silla vacía con una rosa roja rindió homenaje a otro de ellos, Ernest Lluch, asesinado por ETA y para el que no faltaron palabras de reconocimiento de González y Rubalcaba, quien, en medio del cariño relató varias anécdotas. Siendo ministro de Sanidad, le llamaba cada lunes que perdía el Real Madrid y que ganaba el Barcelona para burlarse de él, y una de esas veces le citó en su despacho y le aconsejó un medicamento para su calvicie. Conclusión: «Lluch era un excelente ministro y un desastroso dermatólogo».
Entre los asistentes, la actual esposa de González, Mar García Vaquero, que ocupó asiento tras la mujer de Rubalcaba, Pilar Goya, y hasta cuatro decenas de miembros de gobiernos socialistas de toda la etapa democrática.
«Me seguían votando cuando yo ya estaba harto de mí mismo», confesó antes de ofrecerse de nuevo a su partido hasta que, como diría Ramón Rubial, el cuerpo aguante. Ayer no parecía que el PSOE se haya harto de él.