Diario de León

La bocamina llora a los muertos: "¿Cómo no voy a ver a mi hijo, cómo no voy a verlo?»

Los familiares de las víctimas despiden con aplausos los féretros en la lampistería, mientras un centenar de personas mostraba su apoyo en la entrada de Tabliza.

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B. Planillo / A. Domingo Llombera
León

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«¡Cerrad la mina de una puta vez! ¡Cerradla ya! ¿Cómo no voy a no ver a mi hijo? ¿Como no voy a verlo?» El grito desesperado del padre de Manuel Moure, de 39 años, uno de los mineros fallecidos ayer rasgaba el silencio que sigue a la tragedia en la bocamina de las instalaciones de Tabliza, del Pozo Emilio del Valle. Se evacuaba a los últimos heridos, entre éstos, al que peor estado presentaba y familiares y amigos de los mineros de Hullera Vasco-Leonesa comenzaban a llegar al pozo con la ansiedad que produce la falta de noticias.

Las escenas de dolor se sucedían, en los corros se daba cuenta de la información acerca de unos y otros y, sobre todo, de los que habían fallecido. Los empleados de seguridad sólo dejaban pasar a los más allegados a las víctimas hasta la lampistería, donde sólo recibían malas noticias. Si no había que llorar a alguien de la familia las lágrimas brotaban por Blanco, Tori , por Arias, El zorrín de Fontanos , por Pérez, González, Álvarez o Moure o lamentar el estado de los heridos. Quien más quien menos conocía a fallecidos y lesionados, incluso el agente de Tráfico que controló la circulación de vehículos a la entrada de la bocamina, del destacamento de La Pola, se fundió en con un familiar de una de las víctimas antes de iniciar su cometido.

Alrededor de un centenar de personas se concentró en la bocamina. Ojos enrojecidos y llantos se repitieron, aunque la tragedia, con nombres y apellidos, estaba en la lampistería o en el hospital. Cuando los féretros de los fallecidos abandonaron la estancia para su traslado al Instituto de Medicina Legal de León, los presentes les dedicaron su ovación más sentida.

Un prejubilado de la mina, Javier Galleguillos, explicaba a los periodistas el incidente. Cómo el grisú aparece repentinamente y los afectados no tiene tiempo de reaccionar y colocarse en nariz y boca el autorrescatador que les permita respirar —«da igual que haya once que 20, caen todos»—. «En el Bierzo se puede fumar, porque allí es antracita y no hay gas, pero esto es hulla y a la menor chispa...», indicaba.

En el taller del macizo 7, planta séptima pasa a la historia más triste de la minería leonesa. Los picadores Manuel Moure (40años, natural de Ciñera), Roberto Álvarez (35, de Fontanos), el José Luis Arias (45, de Pola de Lena); el soutirador Antonio Blanco (43, Robles de la Vlacueva), el tubero Orlando González (de 44, de Paradilla, pueblo del que era presidente de la junta vecinal) y el vigilante Juan Carlos Pérez (42, de La Venta de Albares) forman parte de la epopeya de la minería del carbón.

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