Diario de León
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Opinión | Fernando Jáuregui

Me temo que esta 25.ª edición del debate sobre el estado de la nación ha sido, con sus peculiaridades claro está —ahora sus señorías tuitean—, sensiblemente parecida a las 24 anteriores: dos españas percibiéndose de manera contrapuesta y haciéndoselo saber con aspereza.

Las propuestas más interesantes, las críticas más aceradas a una manera definitivamente antigua de concebir la política, vinieron, curiosamente, de algunas formaciones menores , e incluso de los partidos nacionalistas que, en punto a modernidad, no son precisamente lo más avanzado que pueda encontrarse en el mercado. Así que figúrese usted si, estando así las cosas, el famoso bipartidismo no habrá sufrido una nueva quiebra tras el importante acto parlamentario.

Y sigo diciéndole, querido lector, la verdad: tengo la sensación de haber escrito una columna parecida a esta otras 24 veces, una por cada día final del debate de turno. Una cada año, por tanto. Siempre acude uno al debate con la esperanza de escuchar propuestas de verdadera renovación y siempre sale uno como el negro en el sermón: con los pies fríos y la cabeza caliente; harto de disparos con sal gorda y con la sensación de que allí nadie ha ganado y todos hemos perdido una oportunidad.

De todas las maneras, por si alguien me lo pregunta, diré que creo que el debate lo ganó Rajoy, al menos, y por escasos puntos, en su encontronazo frente a Rubalcaba: dos personas patentemente llenas de sentido común, honestas, preocupadas por el bien de la patria y que, para colmo, se entienden mucho mejor en privado que en sus batallas en el hemiciclo.

Lo que ocurre es que de ese buen ‘feeling’ apenas sale otra cosa que un presunto pacto para no enzarzarse en temas relacionados con ETA; en lo demás, no hay aproximación.

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