Ponferrada lo vio en una visita relámpago en 1997

Muy cercano con la gente en la inauguración del Auditorio Ciudad de León en el año 2002.
Apenas estuvo dos horas en Ponferrada. Y vino para reunirse con alcaldes mineros. Fue el 21 de mayo de 1997 y el Príncipe Felipe demostró «estar muy puesto en el asunto», según declararon entonces los regidores, entre los que se encontraba el veterano alcalde de Igüeña y presidente de la asociación de municipios mineros, Laudino García, el entonces regidor de Villablino, Guillermo Murias, y ejerciendo de anfitrión, Ismael Álvarez.
No faltó en aquel encuentro, celebrado a media tarde en el Ayuntamiento de Ponferrada y que formaba parte de una visita más amplia a la provincia, el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan José Lucas y su director general de Minas, Raimundo Torío. Laudino García aprovechó para reclamar que el carbón fuera declarado recurso energético estratégico.
Otro veterano en la administración local como el alcalde de Puente Domingo Flórez, Andrés Domínguez, también le destacó al Príncipe la importancia de la pizarra para la economía del Bierzo y de La Cabrera. Domínguez, como García, lamentó que las comarcas apenas hubieran recibido compensaciones por el sacrificio que suponía extraer carbón y pizarra.
El Príncipe no hizo entonces declaraciones, aunque se dejó fotografiar en la Basílica de la Encina, que recorrió atendiendo a las explicaciones del rector, Antolín de Cela. Unas tres mil personas se concentraron aquella tarde en la plaza de La Encina para ver al heredero de la Corona, que entró en el templo por la Puerta del Perdón y al que le llamó la atención el Cristo de la fortaleza, una talla románica que en su día presidió el Castillo de Ponferrada. El Príncipe Felipe también visitó el pequeño camarín de La Encina, la habitación situada detrás del altar donde se viste a la patrona del Bierzo antes de sacarla en procesión. «Qué paz se respira aquí», fueron las palabras que pronunció, según recogió en su edición del día siguiente Diario de León, cuando entró el minúsculo cuarto y, en medio de una agenda apretada y medida hasta el último paso le sorprendió el sosiego que se encontró.