LA SEMANA POLÍTICA QUE EMPIEZA por FERNANDO JÁUREGUI
Pedir responsabilidades, deporte nacional
Dice Pedro Sánchez, secretario general del PSOE, que en esta semana que comienza «pedirá responsabilidades» a Mariano Rajoy por la mala gestión de la crisis del èbola. Ha preferido el líder de la oposición esperar hasta ahora, cuando ya el panorama se aclara y, de entre las brumas, surge una especie de clamor pidiendo la dimisión o el cese de Ana Mato, la ministra de Sanidad, tal vez porque encarna la imagen de esa deficiente comunicación con el ciudadano —que no es lo mismo que la comunicación hacia los medios— que impregna la trayectoria de todo el Gobierno.
Yo creo que en el tema del ébola, como en otras parcelas, se hace urgente cambiar, y no me refiero solamente al Gobierno del Partido Popular, ni solamente al propio PP, esquemas y estrategias. En el fondo, sigue subsistiendo el planteamiento de siempre: todo para el ciudadano, quizá, pero sin el ciudadano. Y la ciudadanía, que tampoco es que haya(mos) tenido una gran actuación afrontando la llegada de la ‘enfermedad africana’ a las costas europeas, españolas, me parece que va reclamando otra forma de entender la política. Mire usted, si no, lo que dicen las encuestas sobre la intención de voto a Podemos, que tampoco es, por cierto, que nos esté ofreciendo una sobredosis de transparencia y participación, aunque sí sea cierto que ensaya, desde una prudencial distancia con respecto al ciudadano, fórmulas diferentes a las tradicionales.
Ocurre que esta enorme crisis del ébola es de las que, como sucedió por ejemplo con el Prestige, o con la irrupción de otros riesgos sanitarios, acaparan momentáneamente toda la atención ciudadana y no dejan sitio para más inquietudes. Pasará esta crisis sin tardar muchos días, dimitirá (o no, que diría Rajoy) Ana Mato, y nos encontraremos de frente con los viejos problemas. El primero de ellos, claro está, el que nos ha planteado el hombre que conduce, por decir algo, la Generalitat de Cataluña con su famosa consulta del 9 de noviembre. Quedan tres semanas, tres, y nadie ha dado un paso para desatascar lo que Rajoy llama «un lío». Un lío, sí, de tres pares, un nudo gordiano ante el que nadie saca, como Alejandro, una espada para cortarlo, ya que no saben desatarlo. Pero ahí está, como el dinosaurio de Monterroso, hinchándose y desinflándose según se acerca el día-D, o el día-N, y según esté el humor de Artur Mas, agresivo o pactista, en sus declaraciones públicas. Si tuviese que apostar en este cuarto de hora, yo diría que la consulta del 9-N no se va a celebrar, al menos como tal consulta con todas sus garantías oficiales, su censo, su vigilancia policial para garantizar el orden, su aceptación de resultados, legalmente computados... Esto que se avecina no es, ni de lejos, un referéndum: es, perdóneme usted, amable lector, en todo caso, un cachondeo.
Me gusta escuchar el nuevo código deontológico del PSOE, que no es sino el viejo código deontológico que siempre estaba ahí, aunque inaplicado. Saben Sánchez y Rajoy —cuanta falta nos va haciendo el anuncio de un gran acuerdo entre ellos—, como lo sabe el nuevo rey, como lo saben los representantes de las autonomías y de los municipios, y de la judicatura y de la banca, que ya nunca más va a ser posible repetir los episodios vergonzantes de corrupción que hemos padecido.
Bien quisiera yo que estas certezas, que no excluyen, ay, otras incertidumbres, se extendiesen a otros ámbitos de la vida política, porque todo es política, y de la vida territorial. Animo, porque ya solamente quedan tres semanas para la Gran Jornada que probará quién tiene aquí, y quién no, madera de estadista. Usar la sesión de control al Gobierno para hablar sólo del ébola o de la salida (o no) de Mato de un Gobierno en el que nunca debería haber figurado, parece ya insuficiente.