Diario de León

Una lección de elecciones

Tres históricos de los partidos tradicionales y tres jóvenes de las formaciones nuevas se sientan para intercambiar política .

Sofía Delgado y Jaime Lobo

Sofía Delgado y Jaime Lobo

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ÁLVARO CABALLERO | LEÓN
León

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Tres sofás, tres parejas, tres históricos de los formaciones tradicionales que ya han dejado la política y tres jóvenes recién subidos al carro de los partidos nuevos surgidos como rechazo. El resultado son tres lecciones magistrales de quien tiene mucho que enseñar y tres compromisos de quienes aspiran a regenerar el escenario político. 

La generación que ya salió de la política junto a la que quiere entrar. Los veteranos de los partidos tradicionales frente a los más jóvenes de las nuevas formaciones que han crecido al otro lado del espejo después de romperlo. Un experimento sencillo: sentarlos y dejar que dialoguen para ver los puntos de encuentros que pueden coser el relato político, ahora que se acercan las elecciones municipales. Ahí se cruzan los consejos de quien ya dejó la representación pública atrás y el compromiso de quien va a buscar el futuro al medio del camino.

En el salón de la casa de Maxi Barthe, aproado como un barco a la altura de un octavo piso frente a la ciudad, entra Andrés Catelo. Hay 45 años de diferencia a ambos lados del sofá: los que van de los 64 años de quien fuera concejal socialista en la primera corporación y los que presenta el joven estudiante de ingeniería mecánica, que el próximo curso se pasará a aeroespacial, alistado a sus 19 primaveras a la marea naranja de Ciudadanos. El sabio profesor, ya jubilado, defiende que «la política en sí misma es una idea de transformación de la sociedad», mientras que el aprendiz discute desde el cliché patentado por Albert Rivera que «no es necesaria la ideología, sino el ideario».

La charla parte de la motivación que llevó a Barthe a entrar en el PSOE como respuesta a la dictadura. «Hay quien protesta en los bares y quien da un paso al frente», le explica a Andrés. «Yo si no fuera por la época que me ha tocado vivir, marcada por una crisis profunda, no sólo económica sino de valores, no estaría en este sofá», justifica el estudiante. «Sí, pero tienes que aclarar si quieres un voto ‘en contra de’ o ‘a favor de’; si es ‘en contra de’ será difícil de gestionar», le advierte el histórico socialista.

No van «en contra de nadie», defiende Andrés. «Hay dos preguntas clave: una del siglo XX es con quién vas a pactar; la otra, del siglo XXI, en la que creemos, es para qué vas a pactar», razona el joven representante de Ciudadanos, al tiempo que recuerda que no van «a entrar a gobernar en ningún ayuntamiento» si no son «la lista más votada». «Entonces, os convertiréis en la mosca cojonera», le ataja Maxi. «No, pero no ambicionamos el poder, sino el servicio al ciudadano», intenta argumentar el joven estudiante, quien abunda en que buscan «sumar, proponer y dar ideas».

No le cuadra a Maxi cómo pretende Ciudadanos llevar adelante sus intenciones «sin entrar a gobernar». «Yo siempre diría que sí a entrar a gestionar si va con mis ideas. ¿Vais a dejar que vuestras propuestas las gestiones y las tramiten otros? No, hay que comprometerse y dar un paso adelante», reseña el ya retirado socialista, convencido de que «cuando hay ideología es más fácil llegar a acuerdos». «Pero es que nosotros no queremos ocupar carguitos», insiste Andrés. «No es un cargo, es un trabajo», apostilla Barthe.

La palabra ideología caldea el debate. Para Andrés, cuando oye ideología le lleva a «pensar en programas y promesas». «La vieja política no ha parado de prometer cosas que no se hacen. Eso genera sentimiento de asqueo», lanza el estudiante, al pie de la letra del dictado del partido naranja que remata que ellos tienen «ideario». «Un ideario es una ideología. La ideología no es escuchar a la gente y hacer lo que dice, sino diseñar el futuro, saber qué quieres para la ciudad, y convencer a la gente de que es bueno y atraerla para que se una a ese futuro. Esa pequeña transformación será importante», desarrolla el histórico socialista. «Yo quiero ponerme al servicio de la gente que lo necesite para ayudar. No lo hago por ideología», defiende Andrés.

Barthe insiste en saber «qué ideas» tiene Ciudadanos para la ciudad y conocer «dónde se posiciona en la dinámica del trabajo y el capital». «Nosotros pensamos que la economía debe fluir, obviamente evitando las injusticias sociales. En cuanto a lo social no somos muy diferentes», cita Andrés para buscar un nexo. «Yo sólo te pido que te comprometas y des un paso adelante», contesta el antiguo dirigente socialista, mientras la proa del salón que mira a la ciudad se inunda de la mañana que entra por el ventanal.

No podrían estar más alejados. Pero ahí, en el sofá de la «casina» que Gerardo Pertejo levantó en Villacedré como fruto de sus años como albañil, el histórico integrante del Partido Comunista, con una vitalidad sin tregua a los 77 años, hace un hueco a Francisco Rodríguez, integrante de las listas de Vox a sus 23 años. «El diálogo es lo que hace falta. No hay diálogo en los barrios. Sólo discutimos del Madrid y el Barcelona y no convences a nadie», saluda nada más entrar en el salón, presidido por un reproducción del Guernika de Picasso.

Ese diálogo nace de «la época de la clandestinidad». «De joven te rebelas y te rebelas», explica Gerardo para abrir el relato de los años en los que comenzó su afiliación al Partido Comunista. «Nos apoyaban hasta los curas y había que luchar por lo que creías», apunta, mientras a su lado Fernando razona que su entrada en la política se da porque, «aunque suene a tópico, se están perdiendo derechos básicos». «No paran de subir los impuestos, no paran de aumentar los gastos políticos y reducir los sociales que deberían tener todos los pueblos. Luego está la corrupción, el clientelismo, la cleptocracia, la prevaricación...», recita de carrerilla. Me presento más por indignación que por ilusión», remata. «Eso está bien, pero es una política que determina la derecha, el PP. Y vosotros estáis más a la derecha», le ataja el veterano comunista, quien defiende que «los avances sociales han sido durante las épocas en las que la socialdemocracia ha tenido fuerza determinante». «No, no. La izquierda tienen una terminología mejor, una perversión del lenguaje. Son palabras bonitas», intenta cortar el joven estudiante de Derecho. «Son hechos», le enmienda Gerardo.

No hay consenso. Aunque ya retirado de toda actividad política, el miembro del PC insiste en que «todo es ideológico, todo». «La ideología es una forma de encauzar las cuestiones de tipo social y de tipo económico. Si no tienes ideología, no tienes nada. Yo, por ejemplo, aspiro a que haya una sociedad equilibrada», recalca. «Estamos de acuerdo en que hay que mantener los principios por encima de lo que sea», admite Fernando.

El joven aspirante de Vox defiende que «es insultante que los políticos se paseen y den la mano sólo dos semanas por elecciones» porque «es indigno para quien lo hace y para quien lo acepta». «Nosotros a pesar de tener un año y medio estamos en la lucha diaria», subraya. Una lucha en la que «la gente debería de estar mentalizada para que nadie te lleve detrás de él», acota Gerardo. «Yo estuve una temporada grande que les eché a tomar por culo en el PC», suelta de manera espontánea ante la risa de Fernando, antes de insistir en que «tiene que ser la política la que dirija la sociedad porque como mande el dinero, como pasa ahora, estamos jodidos».

Sin que quepa acercamiento, sí que Gerardo deja un último consejo para quien se embarca ahora en la política. «Ten criterio. Yo lo que te pediría es que mires la situación social y veas qué se puede mejorar», concede. «Yo le aseguro que apoyaremos el medio rural, el municipalismo y la Diputación. Y que gobernaremos sin discriminar a nadie», devuelve Fernando, casi desde la puerta, donde se ve la huertina orgullosa del comunista.

A la hora del café llega Sofía Delgado a casa de Jaime Lobo. Entra vestida de blanco, resuelta y primaveral como un eslogan de Podemos, para encontrarse con quien condujo de la mano en León a aquel AP de Fraga. «Soy hasta caballero andante», bromea a sus 78 años, que serán «79 en julio», mientras le muestra a la joven el yelmo de mambrino que le regalaron de su época de subdelegado del Gobierno en Ciudad Real. «Tú si llegas, súbeme la pensión», bromea. «Claro y haremos que la educación de 0 a 3 años sea gratuita», le explica. «Eso está bien, así no tengo todo el día por casa a los nietos», concede socarrón. Y en ese baile sutil los representantes de las dos orillas de la política se mueven toda la conversación, entretenidos al descubrir sus semejanzas.

Arrellanado en el sofá, Lobo recuerda su experiencia en 1983, cuando lograron «mayoría suficiente para gobernar», pero no fue alcalde. «A las 12 de la noche ya me había llamado Don Manuel Fraga (hace un gesto de saludo militar con la mano) para decirme que ya sabía lo que tenía que hacer: votar a Morano. Y no me dejó ni dar changüí», relata divertido, entre la risa de Sofía, que escucha con atención el relato de aquella «política artesanal». «Lo hacíamos todo nosotros. Una vez se nos ocurrió hacer una carta de puño y letra en cada uno de los municipios: una para los curas, otra para los frailes, otra para las mujeres, para contarles lo que proponíamos», rememora ante la representante de un partido que se gestó desde la indignación multiplicada hasta el infinito por un mensaje de internet. «Ahora, nosotros lo que hacemos es un poco al revés: les pedimos a los ciudadanos que sean ellos los que nos digan lo que quieren que hagamos y cuáles son sus problemas», desliza la joven de Podemos. «Para el caso, bicicleta», ironiza el histórico senador, al tiempo que sonríe al recordar que incluso pensaron «mandar un vídeo a cada persona». «Mira si hilábamos la cometa», remata.

Hay un momento en el que alcanzan el consenso sobre que en esa etapa de Lobo no se hacía «política alejada de la calle, pero en la siguiente sí». «De ahí salimos nosotros», recalca Sofía. «Salisteis de las tertulias de televisión. «Sí, pero eso mismo llevábamos tiempo gritándolo en la calle y no nos hacía caso nadie hasta que llegó el altavoz de Pablo», aclara la joven trabajadora social. «Había mucha indignación y mucha necesidad», abunda. «Claro, algo habrá en el agua cuando la bendicen», admite Lobo, consciente de que «es muy difícil conseguir más de un millón de votos». «Mira que el día de las Europeas vi un papel en el suelo que ponía Podemos y le di así una patada porque no sabía ni qué era eso. Luego ya lo supe», bromea el ex senador.

Lobo, que llevaba «10 años sin recibir ni una carta del partido», admite cuando le pregunta Sofía por los casos de corrupción de su partido que «siente repugnancia y asco, y pena». «Es que eran amigos algunos, como Sepúlveda, el marido de Ana Mato. ¡No te digo ya lo de Rodrigo Rato, que era para mí un tío cojonudo! Nos han estafado a quienes les apoyamos», reconoce. «Y a tú, ¿qué tal te llevas con tus jefes de los círculos superiores? Mira que están los amigos, los enemigos y los compañeros de partido», le advierte a Sofía, después de hacer hincapié en que él se enfrentó a su partido cuando votó «en contra la ley de sedes de la Junta propuesta por Aznar». «Yo me llevo bien. Nosotros es que los gestores seamos los ciudadanos de a pie. Queremos hacer política con previsión, que en función de las necesidades se hagan las leyes, no como ahora», describe la joven. «Si quieres un consejo, sé natural, que con eso va el acercamiento a la gente, y sé sincera. La honradez se da por supuesto», resuelve Lobo, que no duda cuando se le pregunta sobre si volvería a la política. «Nada más que me lo dijeran, mañana mismo», contesta de inmediato. «¿Y por Podemos?», le sorprende Sofía. «Bueno, tendría que enterarme bien», frena Lobo.

 

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