Diario de León

«Nos ayudó tanta gente que necesitarías una libreta entera para apuntar sus nombres»

Drasenka y Miro, llegaron como refugiados de la guerra de Bosnia y se quedaron.

Drasenka y Miro, llegaron como refugiados de la guerra de Bosnia y se quedaron.

Publicado por
A. G. | LEÓN
León

Creado:

Actualizado:

Era la víspera del sorteo de lotería de Navidad de 1992. Al anochecer, el autobús llegó a San Cayetano con 19 refugiados bosnios, niños y mujeres pertenecientes a seis familias. Drasenka traía en brazos a la pequeña Dolores, de 22 meses, y Marco, de siete años, no se separaba de su lado.

«Vinimos por seis meses, pero la guerra duró cuatro años y hubo tantas víctimas y se generó tanto odio que ya no nos planteamos regresar», comentan Miro y Drasenka. El matrimonio consiguió reagruparse en León un sus hijos han crecido en la ciudad plenamente integrados. «Yo soy leona», decía Dolores de pequeña.

Venían asustados. La niña apenas balbuceaba las primeras palabras cuando se refugiaron en Croacia y su madre recuerda que cada vez que alguien llamaba a la puerta gritaba: «Puska, puska (dispara, dispara)». Habían vivido muchos bombardeos en Mostar y el ruido de las sirenas que les obligaba a bajar a todo correr las nueve plantas del edificio donde vivían. Se quedaron sin luz y los pocos alimentos que les llegaban tras agotarse las provisiones del frigorífico eran las latas que conseguía Miro.

Hasta que lograron ser evacuados a Split (Croacia) y pocos meses después a España. «Estuvo todo muy bien organuziado, solo podemos estar agradecidos porque siempre estuvimos bien atendidos. No me dieron dinero pero me ayudaron a encontrar trabajo», comenta el hombre, que fue empleado de la parroquia de Eras de Renueva y también de Convauto. Ahora está jubilado por enfermedad.

Drasenka recuerda que en San Cayetano «estuvimos un mes y medio y luego pasamos a las Carmelitas de Cardenal Landázuri. Estábamos felices de estar aquí, pero también tristes porque teníamos a toda la familia allí y no dejaban salir a los hombres».

«Nos ayudó tanta gente que necesitarías una libreta entera para apuntar sus nombres», comenta la mujer emocionada. «Nosotros también pusimos de nuestra parte y nos sentimos en León como en Mostar, a pesar de que aquello es sur y hace más calor y esto es norte», apostilla el hombre, acostumbrado ya a los inviernos de León. Tenían la ventaja, creen, de ser europeos. Lo que está pasando en Europa ahora les duele enormemente. «No puedo mirar las noticias, me entra un dolor aquí (dice la mujer señalando el corazón), es muy triste lo que está pasando, que les tiren el pan como han hecho en Hungría...».

Miro y Drasenka tienen la residencia permanente y renuevan sus papeles cada cinco años. No han solicitado la nacionalidad española, aunque no piensan regresar: «Hoy nos sentiríamos extranjeros allí». Su hija es la única que ha querido naturalizarse por ahora.

Aún recuerdan con nostalgia Yugoslavia antes de la guerra. Un país en el que el Estado daba vivienda a los trabajadores y a las mujeres un año de baja maternal con el mismo sueldo. Un país donde los matrimonios de musulmanes y cristianos eran lo normal porque «te casabas por amor». Un país que todavía continúa en reconstrucción.

tracking