Diario de León

PERSONAJES AL TRASLUZ

«El verdadero éxito es hacer lo que te dé la gana»

Castora Fe Francisco ‘Castorina’ / Escultora

Castorina

Castorina

Publicado por
ANA GAITERO | ASTORGA
León

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Castora Fe Francisco Diego (Astorga 1928) es simplemente Castorina. La escultora de las madres piedra. La madre que esculpe el dolor en cantos rodados. La mujer de la piedad en la mirada. Con un hilo de voz y mucho humor relata historias grandes de la vida pequeña. Una niña de la guerra que no fue a la escuela pero llegó hasta la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. La única mujer de su promoción (1951-1956). Reconocida como escultora, entre las pocas mujeres que lo están en España, forma parte de los pocos artistas leoneses que ha entrado en el Musac con su obra.

Huye «de todo lo que me parece gigantesco». Se resiste a salir de Astorga. «¡Yo ya no muero!», exclamó cuando llegó desde Galicia a su ciudad natal con el cuerpo enfebrecido siendo muy pequeña. Una enfermedad pulmonar la postró tres años en cama. «Eso me hizo una niña caprichosa y consentida porque creían que estaba sentenciada y me daban todo». «Yo quiero una paloma», dijo un día. Se la llevaron y le puso Cadura, «dormía en la cama sobre un ala, mi madre estaba pasmada». Los gatos salen de todos los rincones en casa de Castorina.

—Le tienen que gustar mucho.

—Los protejo. De pequeña tenía uno llamado Pichi. En mi casa se quería mucho a los animales, era como el arca de Noé. Una tía abuela me llevó a Galicia con ella y en la primera carta, mi madre decía: ‘Mira, Pichi se puso malito’. Yo me puse muy triste y quería volver. Mi tía me decía: ‘No, no puedes marchar. Extraña como todos, unos días. Pero después está tan contento’. Cuando vine casi un año después me conoció perfectamente. Dicen que olvidan enseguida, pero no.

—Tienen más memoria de la que creemos.

—Ellos te van haciendo comprender lo que sienten. Su instinto es tan sabio, es lo que más sabio tenemos, el instinto, aunque en nosotros no es tan patente.

—¿Le enseñó su padre a dibujar?

—En casa teníamos un ambiente muy bohemio (quien no vive la bohemia no vive nada). Como le destituyeron cuando la guerra tuvo una pequeña fábrica de gaseosas. Mamá era amorosa y tierna, pero papá era alborotador e irónico. Nos puso a todas a dibujar. A mí me dio un autorretrato de Rubens y no lo pude terminar delante de él. Me fui al desván. Mis hermanas lloraban. Yo no. Cuando vio mi dibujo lo miró mucho y finalmente afirmó: «Tú ya estás lista».

—Antes de ir a San Fernando estudió música en Salamanca. ¿Por qué lo dejó?

—Fue un notable que me dieron en piano. No me cayó bien. Me fui a las plásticas.

—¿Qué sería su vida sin el arte?

—No lo concibo porque de pequeña siempre andaba con palos, piedras y tizas. Me gustaban las formas. También me gustaba la danza y muchas cosas. «Esta chica, cuatro oficios, seis miserias», decía mi padre. Tenía toda la razón.

—¿Qué siente sacando emociones de las piedras?

—Es como un milagro, entre más duras, más me gustan. Una vez me trajeron piedra de Salamanca, y es arcillosa y la trabajas con una navaja, pero lo que haces hoy lo deshaces mañana. En cambio la dura das con una gradina y aquel golpe te inicia a seguir otras formas. La escultura te pide el abrazo y es tan humano que habría que practicarlo más.

—¿Hay música en las piedras?

—Tin, tin, tin... Ahora la música es terrible porque como todo se hace con radiales es agresivo. Además, el surco que hace la radial no hay narices a modelarlo queda allí perennemente. Amancio quiere que desbaste algo con una radial y me regaló una pequeñita. Pero va mejor la bujarda, modela muy bien y lo dominas. Ahora ya no hay bujardas. La herramienta me gusta de hierro... O sea, que yo ya tengo que desaparecer.

—¿Qué dice?

—Las herramientas ya no son las mías... Tengo una edad para remansar. Pero no remanso, ¿eh?. Aunque quiero dejar el huerto.

Mientras modela ‘tralarea’ canciones y escucha su propia música. Castorina cuenta cómo aprendió a leer a destiempo y a escondidas, con la complicidad del maestro, para que sus compañeros de pupitre no se rieran.

—Estudió por libre en la Academia de San Fernando. ¿Por qué?

—Primero hice el examen oficial y aprobé el dibujo y un grado de cultura de cuatro años. Hubo clases que me llenaron, la de talla escultórica era estupenda, y tuve muy buenos profesores: Capa, Comendador, Luis Marco Pérez, el que hizo toda la obra escultórica de Cuenca. La academia te da las bases pero no te deja abrir las alas. Por eso dejé la oficialidad y me dediqué a la escultura.

—¿Cómo se sintió sola entre diecisiete chicos?

—No tuve problema. El profesor sí que los tuvo y no sabía si dejarme un sitio en la clase porque no sabía cómo resultaría una chica. Los chicos empezaron a influir diciendo que era estupenda. Cuando vio la catadura que tenía me dijo que me podía quedar. Yo era muy juguetona, pero coqueta no.

—¿Y su familia cómo lo veía?

—Mi padre me decía: Ya sabes, los que estudian arte son muy liberales... Yo ya lo sabía. Íbamos al cine en tropel y cada quince días a los cambios de exposiciones. Estaba muy bien.

—¿No se echó novio?

—No, porque a mí me mandaban 300 pesetas al mes con mucho sacrificio. Había algunos que me agradaban, pero éramos como hermanos. No me eché novio pero años después de terminar recibía cartas de muchos compañeros y de todas las nacionalidades. Y donde oía una guitarra allí iba yo. Me hice amiga de Antonio López.

Años después se casó con «el hombre de los detalles» que conoció al ir a visitar a una alumna en Liegos llamada Amor. Fue un inolvidable día de cierzo en plena montaña. Subió con Amor y otros jóvenes del pueblo a ordeñar. «Cuando llegamos se lanzaron todos a las cabras y oí una voz: ‘Cuidado, que aunque son animales, también sienten’. Entonces miré y allí estaba él». Su futuro marido y el padre de su hija Nuria y su hijo Óscar. «Tuve la pareja, pero a los dieciocho años Óscar murió después de una penosa enfermedad. Tuvo un linfoma».

—La muerte de su hijo le marcó.

—Las maternindades vienen de ahí. Eso me ha dado la vida. Se lo aconsejaría a todo el mundo. Yo estaba en un estado de ansiedad increíble. Nunca tomé nada. Me negué a orfidales. Dije no: Yo quiero vivir el sufrimiento como es, el dolor como es. Es una experiencia más.

—El dolor se tiende a tapar en nuestra sociedad.

—Es una vanidad, una tontería... No se puede dejar de sufrir cuando muere un hijo. Eso es lo más terrible que hay. ¿Dónde se agarra uno?.

—Por supuesto, pero hay quien necesita alivios.

—Hay que vivirlo tal cual es. Es como el parto, ahora no tienen dolores de parto.

—Ahora se vuelve al parto natural.

—A Dios gracias porque eso es una hermosura. Es un momento.Yo lo deseaba tanto que no grité.

—¿No le da miedo nada?

—Cuando estaba gestando me daba miedo que aquello se pudiera estropear porque ya era mayor. Y cuando se fue Óscar, canalicé escribiéndole cartas. Yo nunca había escrito. Un día vino Gregorio Castañón y salió el tema. Quiso verlas y se empeñó en publicarlas. Al final me decidí a leerle una. No son tristes.

—Servirán a otras personas.

—Una mujer me dijo que lo tenía en la mesilla, sustituyó al breviario.

—¿Qué tal se vio en el Musac?

—El Musac generalmente no me hace gracia. Fueron muy cariñosos, pero para mí es indiferente. La gente se pone como loca, a mí me dejó fría.

—Su obra figurativa en una antológica feminista. ¿No le parece importante?

—Eran unos bocetos de pescadoras. Son de cuando estuve en Galicia con el tratamiento de Óscar. Iba por las mañanas a la playa a verlas: Están con su paletita volcadas sacando la almeja. El agua es como un espejo de esas mujeres. Eso me encanta. También pusieron una maternidad hecha de la raíz de un peral. La vida de esas mujeres me conmueve.

—¿Qué le parece que las enseñanzas artísticas estén relegadas en la escuela?

—¿Cómo? No lo sé. Que haya creatividad es lo mejor. Lo más importante, sin copiar. Yo les decía: ¡No copiéis a Picasso!

—¿Amancio se ha convertido en su hijo artístico?

—A Amancio le cogería la cara y se la llenaría de besos. Como perdí a mi hijo, le traté desde el primer momento como mi Óscar. Le conocí en una exposición. Vio mi obra y le debió de gustar. Es muy curioso. Ahora me ha llevado a México unos dibujos sobre la lactancia que tenía para mi disfrute y están gustando. Cuando hicimos la maternidad tenía miedo porque pensé que me vendría con escalas o a trabajar de puntos... Pero fue estupendo.

—Esa libertad con la que se crió en su familia pese a vivir en una dictadura, ¿es posible en el mundo de hoy?

—Hoy está todo muy establecido. Los que salen libres es para cosas malas. Mi libertad era de otra manera. Me creé mi mundo y me lo respetaron. En mi casa había muy buenas revistas y no nos prohibieron nada. A mi la democracia no me sorprendió para nada.

—Le pilló en Astorga...

—Sí, daba clases. Recuerdo que los chicos querían saber por dónde me inclinaba. Dibujaban la hoz y el martillo y otros anagramas y me preguntaban. ‘¿Qué le parece seño?’: A mí lo mismo me da. Y les decía: Esto que estoy diciendo es democracia. Trataba siempre de dar una lección de ética. Hace poco una señora cuando supo que era yo exclamó: ¡Ay mi hijo dice que en la clase de Castorina no solo se aprende dibujo, se aprende humanidades! Me encantó. Me quisieron muchísimo los chicos, más que las chicas. A ellas se les caía la lágrima si les ponías medio punto menos. Es una pena que nos hagan así.

—¿Los niños de hoy están demasiado encorsetados en normas y actividades?

—Los niños tienen que ir cogiendo su mundo. Eso es esencial, si no son como un plagio.

—¿Siguieron muchos el camino de las artes plásticas?

—Y también arquitectura. Yo les daba de todo y les invitaba a imaginar una casa que entre la naturaleza en ella. Yo les inyecté ilusión.

—Le han atraído las mujeres sencillas. ¿Qué veía en ellas?

—Era a las que las tenía más próximas. Pero al hombre nunca le he desechado. Lo admiro mucho.

—¿Y la primera maternidad?

—Me gustan los abrazos, lo mismo me da que se abracen las mujeres que se abracen hombres. Hay que hacer una doctrina distinta, si no estamos muy separados. Empecé porque en la academia me dieron un premio por una composición de dos aguadoras con el busto descubierto. Yo siempre hice lo que me dio la gana. Y se lo digo a todo el mundo. Ese es el verdadero éxito. Se lo decía a los niños: No hagáis lo que los padres os digan, obedeced a vuestras ideas. Si aquel día tiene la luz de un fósforo que lo aproveche.

—Nada de moldes.

—Cada uno tiene una expresión, una manera de hablar, de aprender, de tropezar. Me gusta que las personas es que sean sinceras. Que no vayan engañando. Todo el mundo quiere ser mucho, pero no por ser mucho se es feliz.

—¿Por qué huye de la proyección social?

—Te quita tiempo para hacer aquello que te gusta y siempre estoy nerviosa. Quiero pasar desapercibida. Me meto en el momento que estoy viviendo. En invierno, que hace frío, hago dibujo porque no puedo hacer escultura. Y estoy aprendiendo. Cuando empiezo una escultura es como si empezara el primer día. No tengo la vanidad de decir: yo domino esto. El arte no se domina nunca, el arte sale. Unas veces sin darte cuenta y otras tienes que trabajarlo. Me pasó hace unos días con las piedras que cayeron de la Maternidad de Astorga. Quiero cogerlas porque para mí es como resucitar una cosa que ya no vale, que se ha tirado. Es una piedra mala, pero veo en las piedras una forma que me guía y digo aquí está: ‘El niño soñado’. Pero estoy haciendo otra piedra que ya es el niño en los brazos. Es como una continuación. Son caprichos.

—¿Qué le preocupa del mundo actual a sus casi 87 años?

—Me sigue interesando todo.

—La tecnología parece que le asusta...

—En estos tiempos que todo lo tenemos todo canalizado. No entiendo nada de Internet, ni de la tableta, el móvil lo dejo por todas partes. Prefiero la comunicación directa. Creo que todo esto va a traer sus líos.

—¿Qué noticias le impresionan?

—Me preocupa y me desorienta la violencia hacia la mujer, pero no creo que se solucione yendo contra el hombre. Es una raíz primitiva. Empezaron a dominar a la mujer con el golpe y ahora lo hacen de otra manera.

—¿El hombre tiene que hacer una revolución?

—La fuerza agresiva del hombre es potente y que canalizarla para buenas cosas. Hay que hacer nuevo hombre de manera sencilla, nada de seminarios.

Me hizo gracia que me dijeras que querías aprender de mí. ¿Qué vas a aprender de mí si soy una loca?

—¿Y no hay que tener un punto de locura para vivir?

—Todos tenemos un poco de locos. Y en los artistas ha habido muchos casos. Imagina lo que habría en la cabeza de Goya cuando hizo los caprichos... Gracias a esa locura están los museos llenos.

—La libertad de crear.

—Sin libertad no hay nada, es la palabra más bonita, pero es difícil. En estos tiempos que todo lo tenemos todo canalizado. No entiendo nada de Internet, ni de la tableta, el móvil lo dejo por todas partes. Prefiero la comunicación directa. Creo que todo esto va a traer sus líos.

—Casi no sabemos hacer nada con las manos.

—Porque no queremos. El hombre primitivo nos da una lección con esas hermosas pinturas rupestres. Es una raíz primitiva. Empezaron a dominar a la mujer con el golpe y ahora lo hacen de otra manera.

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