Diario de León

ARRANCA EL JUICIO POR EL CRIMEN DE ISABEL CARRASCO

Una habitación con muchas vistas

La expectación se coló en la sala con más de medio centenar de ciudadanos que siguieron la primera sesión en directo.

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álvaro caballero | león
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Desde poco después de las seis de la mañana hay gente a la puerta de la Audiencia Provincial. Una cola discreta de taquilla de estadio en la previa de los partidos grandes que se crece hasta corrillo animado poco a poco, entre cigarro y cigarro. Gente normal que espera en medio de la noche cerrada en el invierno que despereza la ciudad: jóvenes estudiantes de la escuela de práctica jurídica, abogados ya en ejercicio que vienen a ver qué aprenden, parados que nunca han estado en un juicio, jubilados a los que intriga el barullo que se forma alrededor de las unidades móviles que han tomado la plaza de San Isidoro como plató. «Las conozco porque son de Villanueva de Carrizo, al lado de Armellada, que es mi pueblo. Pero no vengo a apoyarlas. Cómo voy a apoyarlas con lo que han hecho», aclara uno de los paisanos que ha pasado el control policial, tras dar sus datos, mientras espera ya para entrar en la sala como público. «Yo nunca he visto una cosa de estas y, como no tengo trabajo, ni nada que hacer, me han dicho que se podía entrar y he pasado», justifica otro. Hay 60 plazas previstas para los primeros que lleguen. Nadie se queda fuera, aunque se roza el aforo completo.

 

Tiene sitio reservado Carlos Javier Álvarez. El magistrado presidente llega sobre las ocho y cuarto con paso tranquilo, después de saludar a los periodistas que se dividen en dos barricadas gráficas a la espera de las acusadas: una en la puerta lateral, junto al restaurante Boccalino, y otra en la principal. Por ésta última, bajo el arco de piedra junto al que se recuerda que en esa casa nació Guzmán el Bueno —sin que se cite que también vivió Mariano Rajoy durante su infancia— entra Raquel Gago sobre las 08.49 horas tras subir a pie con paso decidido por la calle del Cid escoltada por su abogado, Fermín Guerrero, y su procurador, Enrique Valdeón, vestida con un abrigo de paño color camel y una bufanda azul. «¿Estás nerviosa, Raquel?», le pregunta una reportera a la caza de la frase con la que amenizar los entremeses de los programas matinales antes de las declaraciones en la sala. La policía local leonesa apenas la despacha con una mirada al bies que le descorre el flequillo de la cara, desnuda dos ojeras profundas y delata una mueca de pómulos desprendidos sobre la boca: un rostro avejentado diez años en apenas veinte meses.

No hay nadie que la grite, ni la recrimine, ni la insulte. Ni a Montserrat y Triana tampoco. No es un juicio de ésos, aunque sea un asesinato. Madre e hija suben la cuesta dentro del furgón de la Policía Nacional que las ha recogido en los juzgados, donde las dejó la Guardia Civil. Un agente tiende la mano a Triana para que salga fuera y ésta la rehúye, aunque termina por ceder. Sale con el cuello del abrigo subido, una braga de forro polar negra que le cubre la boca, una pañoleta maxi enrollada al cuello y un gorro gris calado hasta las cejas. Apenas se la ven los dos ojos en la mirada que gira justo en el umbral de la Audiencia para ver la expectación que genera, mientras su madre la sigue los pasos con la vista fija en el suelo y vestida casi como un clon. Nada más entrar piden ir al baño y muestran su disgusto cuando lo ven. Es lo que hay, les explican con un gesto de hombros los funcionarios. «Vienen con ganas de dar guerra. Vaya mes que nos espera», se le escapa a uno de los policías.

No se cruzan con el público que se asoma a la escalinata. Ni con los periodistas que extienden el cuartel de campaña en la sala del ala contraria del edificio. Hay una decena de filas de mesas corridas en las que se esparcen monitores, cámaras en reposo, micrófonos, ordenadores, cuadernos y redactores atentos a la señal de imagen que se emite en un gran proyector y tres televisiones. Cuando el foco se va a primer plano se ve a Triana maquillada para remarcar la dureza de sus rasgos, con el ceño fruncido y la vista fija en la espalda de Raquel Gago. «Ni se hablan, ni cruzan una mirada», advierte uno de los más veteranos. No lo harán en toda la jornada. Ni antes de mediodía, cuando se hace un parón y madre e hija se van en el furgón policial a comer a Comisaría, ni a la vuelta, cuando Montserrat se sienta ante el jurado para que el peso de su declaración se trague todas las penas y exonere a las otras dos acusadas.

Poco después de las seis de la tarde se cierra la primera jornada. Es de noche de nuevo. En la puerta queda el reguero de público que comenta entre cigarros, como a la salida de un after.

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