Las acusaciones someten a debate hoy las contradicciones de las sospechosas

Triana Martínez y Montserrat González ayer al salir y entrar a la Audiencia.
A Triana Martínez le toca explicar esta mañana cómo es que en el interrogatorio en sede judicial le preguntaron expresamente si había sufrido alguna vez un episodio de acoso sexual por parte de Isabel Carrasco y dijo que no. O por qué no preguntó a su madre de dónde venía tan desencajada cuando le entregó el bolso en cuyo interior se encontraba la pistola, qué se le había pasado por la cabeza para decir que su madre y ella venían de una confitería que estaba cerrada el día del crimen. Y fundamentalmente, «¿cómo pudo usted hacerle usted la putada de meterle una pistola en el coche a su amiga si ella no tenía nada que ver con el crimen?», como le espetó en uno de los interrogatorios de la Avenida de Sáez de Miera la instructora del caso, Sonia González a la hija de la asesina confesa.
No será la única que tenga que pasar por un trago semejante. Raquel Gago tomó café con las otras dos imputadas una hora antes de la muerte de la víctima pero no sabía lo que iba a ocurrir. Estaba por casualidad en una calle «parada» justo por donde pasó Triana con el bolso que contenía el arma homicida, pero no vio lo que le metieron. Tuvo el arma en su poder sin decirle a nadie que acababa de encontrarse con su amiga poco antes de que la detuvieran. Y nunca hizo seguimientos a la víctima que la policía da por probados.
Todo disco tiene su cara B. Triana sintió vergüenza de confesar que la presidenta de la Diputación se le había insinuado. Puede describir su casa y la vestimenta que lucía la víctima en aquella noche. Confiaba en su madre a ciegas, por eso no preguntó más cuando le entregó el bolso. Y encontrará alguna fórmula respecto a la faena de su amiga.
Argumentos
Igual de claro lo tiene Gago. Tomar café con una persona o significa convertirse automáticamente en cómplice de lo que haga esa persona. No estaba en posición de espera en la calle donde se encontró con Triana, hizo varias llamadas que prueban que su cabeza estaba ocupada en más cosas que en recibir un arma criminal. Si hubiera sabido que tenía en su bolso una bomba de relojería en forma de revólver, podría haberse desecho de ella lanzándola a cualquier pantano de la provincia. Y los seguimientos demuestran que una misma persona podía estar en dos provincias diferentes en un plazo de apenas tres minutos. Por esa misma regla de tres, la agente podía estar bien lejos de Carrasco cuando los documentos prueban que estaba cerca de la víctima meses antes de que se perpetrara su asesinato.
Sentido común
Para resolver las incógnitas con mero sentido común se ha institucionalizado el jurado popular. Su misión consiste en decidir si se cree la versión de una parte o la de la otra. La imagen de esta fórmula jurídica ha mejorado en un pequeño porcentaje en los últimos tiempos. Casi en el mismo en el que el Tribunal Supremo ha incrementado el número de veredictos y sentencias cuyos recursos prosperan y corrigen las tesis iniciales.
Es el juego de la justicia. La modernización que se le quiere conferir a la institución de la balanza tiene que pasar a veces por el tamiz de situaciones de estas características.
Por de pronto, los once miembros del tribunal del jurado elegido para este caso, aparentaron ayer por la tarde otras caras bien distintas a las que tenían cuando se inició el procedimiento. A poco que pasen los días, se atreverán incluso con las preguntas.