Sánchez emplaza a Iglesias a facilitar el cambio o a permitir que continúe Rajoy
El líder del PSOE cree que el hecho de tener firmado un acuerdo con Ciudadanos no es óbice para el entendimiento.
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, durante su intervención en la primera jornada de la sesión de su investidura, ayer en el Congreso de los Diputados. J. Lizón
Gorriarán | Madrid
Pedro Sánchez se subió a la tribuna del Congreso con el objetivo de acorralar a Pablo Iglesias en su discurso de investidura y situarle ante la encrucijada de que haya un cambio de Gobierno o que Mariano Rajoy siga en la Moncloa. El aludido no se dio por tal, se limitó a sonreír cuantas veces fue aludido y a la salida tachó de «decepcionante» el discurso del socialista.
La estrategia del secretario general del PSOE no parece que vaya a surtir efecto. Trató de colocar entre la espada y la pared a Podemos y sus 65 diputados con continuas referencias a que el cambio se puede «poner en marcha la próxima semana» si revisan la decisión de votar en contra suyo. Pero Iglesias no alteró un ápice su análisis de que el pacto de los socialistas y Ciudadanos es indigerible para su partido, que, insistió, rechazará la investidura tanto en la votación del miércoles como en la del viernes.
El socialista, siempre con guante de seda, intentó tocar la fibra más sensible de Podemos, la de sus votantes, y apeló al deseo compartido entre los suyos y los socialistas de que haya un cambio en el Gobierno. Consideró que el hecho de que el PSOE tenga firmado un acuerdo de 200 puntos con Ciudadanos no es óbice para el entendimiento y recurrió a una metáfora gastronómica de dudosa efectividad: «Los maestros de la alta cocina nos enseñan que los sabores auténticos son los que mejor se entremezclan». A lo que Iglesias respondió: «Le he escuchado decir que los sabores auténticos son los que se entremezclan. A mí el pacto entre el señor Rivera y el señor Sánchez me sabe a más de lo mismo». Es decir, que no y no.
El candidato designado por el rey puso el acento en las medidas de su acuerdo con Albert Rivera que más pueden gustar en el mundo de Podemos, como las de regeneración democrática y de lucha contra la corrupción, pero ni por esas. Iglesias desde su escaño movía la cabeza y conversaba con Iñigo Errejón en un tono que a la distancia parecía desaprobatorio.
También hizo un guiño a los independentistas catalanes, pero era a todas luces insuficiente porque ni mencionó el referéndum y se limitó a ensalzar las bondades del «proyecto común que es España». También aceptó que «solo con la ley» no se va a solucionar el problema del encaje de Cataluña en España. Los portavoces de En Comú Podem, Esquerra y Convergència ni se conmovieron y se ratificaron en el no a la investidura. Negativa a la que se sumó el PNV, partido que hasta última hora mantuvo la incógnita sobre el sentido de su voto.
«Absolutismo soberbio»
Quizás las palabras más duras de Sánchez fueron para Mariano Rajoy y para el PP por su «absolutismo sin diálogo» en la pasada legislatura, pero tampoco fueron de lo peor que se ha escuchado en el Congreso. Pese a las expectativas alimentadas por los propios socialistas, pasó por encima de los casos de corrupción, «no caeré —dijo— en el y tú mas», y no cayó. Se limitó a decir que ha alcanzado «un nivel insoportable» y que «los escándalos se amontonan hasta convertirse en algo cotidiano» para enumerar después una serie de medidas para combatir esta lacra, entre ellas la promesa de rebajar la cuantía mínima que conlleva penas de prisión en los casos de financiación ilegal de los partidos. Lo dejó ahí.
Esa deferencia no le impidió reprochar a Rajoy su «escapismo» en la investidura al rechazar la oferta del Rey para ser el candidato. También afeó al presidente en funciones que haya gobernado cuatro años desde «la soberbia y la imposición» amparado en la mayoría absoluta del PP. Pero esa situación, auguró henchido de optimismo y ayuno de realismo, va a cambiar a partir de «la próxima semana».
Rajoy no dijo nada, se reserva para hoy, pero la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría vino a decirle al líder socialista que verdes las han segado. «Tengo la sensación —apuntó con socarronería— de que, por mucho que le pese al señor Sánchez, la próxima semana seguiremos hablando del Gobierno, de cómo formar gobierno». El portavoz popular en el Congreso, Rafael Hernando, agotó las existencias de calificativos del diccionario para descalificar la intervención de Sánchez, aunque dijo que en el acuerdo con Ciudadanos había alguna cosa rescatable.
Buenas palabras
El secretario general del PSOE se guardó las buenas palabras para los suyos, pero sobre todo para Rivera y Ciudadanos, a los que agradeció su «valentía y coraje» para pactar. Agradecimiento que fue premiado con aplausos irónicos desde los escaños de Podemos, mientras Rajoy levantaba los hombros con aire displicente. Sánchez, de todas maneras, recordó a sus socios que no caigan en la tentación si la investidura resulta fallida de dejarse cortejar por el PP. Sostuvo que el 20 de diciembre los votantes dejaron claro que no quieren que «dos fuerzas de la misma ideología se unan para formar un gobierno que solo represente a poco más de la mitad de nuestro país». Un mensaje que podía hacer extensivo a una hipotética alianza del PSOE y Podemos, pero insistió en que se refería a PP y Ciudadanos. «Estamos —dijo— obligados a mezclarnos, a hacer mestizaje ideológico» entre la derecha y la izquierda, pero con una excepción para Sánchez, en la ensalada no puede estar el PP. El candidato socialista también fue prolijo al desgranar su programa de gobierno, en realidad un resumen del pacto con Rivera, pero también eludió algunas medidas controvertidas. Como la supresión de las diputaciones provinciales, cuya ausencia fue llamativa por ser uno de los aspectos más polémicos del acuerdo y que motivó la protesta airada del PP, y más de una queja en las filas socialistas. Tampoco se esforzó demasiado en detallar la reforma electoral, asunto que despachó con un párrafo en un discurso de 42 páginas y dos horas de cansina lectura.