Supermartes a lo socialista
Unos científicos portugueses han pronosticado que el fin del mundo será antes de lo previsto. De momento, el fin de la oratoria ha llegado. Pedro Sánchez conseguiría que el discurso de Gettysburg sonara a manual de instrucciones de la Epilady. Ni épica ni estética. Frases tipo «O nos quedamos parados o nos ponemos en marcha». Por no hablar del «mestizaje ideológico» o «Los sabores auténticos son los que mejor se entremezclan». 96 minutos de generalidades, lugares comunes, obviedades y algún escamoteo. En el discurso por escrito de 42 páginas se hablaba de «la creación de Consejos provinciales de alcaldes, en sustitución de las viejas Diputaciones», cosa que se saltó. Al entrar en el hemiciclo, Pedro Sánchez fue recibido con aplausos y abucheos. Además de los bancos del PSOE, lo aplaudían su mujer, Begoña Gómez (bien de mechas para la ocasión), y sus padres, los tres sentados en la tribuna de invitados. Tribuna con bastantes huecos. Cerca, socialistas como Rosa Conde, Carmen Alborch, Amparo Rubiales, García-Page, Fernández Vara y Ximo Puig. De Susana Díaz, ni rastro. También estaba en esa zona el padre Angel, que siempre va vestido como Sánchez, con su corbata roja. No muy lejos de allí se sentó Juan Carlos Monedero, que llegó con un libro. Desde las 16.34, el candidato a presidente del Gobierno desgranó sus propuestas (las líneas de sus folios ocupaban tres cuartos de cada hoja y estaban llenas de rotulador rojo). Soraya Sáenz de Santamaría tomaba notas. Floriano, también.
Hubo un momento en que Sánchez hablaba de los que quieren que todo permanezca igual y los que quieren que cambie. Y se atrancó. Entonces alguien imitó a un gallo. Lo cierto es que Pedro Sánchez tiene el aspecto y la apostura del Gallo Claudio (la corbata roja ayuda). Rajoy chupaba algo, Soraya seguía escribiendo o consultando el móvil, Moragas gesticulaba, Rivera discutía a distancia con el ministro del Interior y, por arriba, Cándido Méndez, Toxo y Amparo Rubiales. Cuando Sánchez agradeció a Rivera su paciencia, Pablo Iglesias y los suyos empezaron a aplaudir y desde los escaños del PP se morían de la risa. Sobre la reforma a la reforma laboral, de pronto se preguntó: «¿Por qué no podemos poner esto en marcha la próxima semana?».