Diario de León

personas debajo de los números

Rostros que luchan contra la pobreza

Cáritas no se queda en la labor asistencial y su programa de empleo para ayudar a las personas a salir de la pobreza ha dado 188 contratos en cinco años; otros 726 han salido del plan de intermediación laboral.

Una refugiada que participa en el programa de mejora para jóvenes. JESÚS F. SALVADORES

Una refugiada que participa en el programa de mejora para jóvenes. JESÚS F. SALVADORES

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ana gaitero | león

En Cáritas dan más que comida y ropa. Más que ayudas de emergencia para pagar el alquiler y la hipoteca. Y más que compañía a las personas mayores. Más que apoyo a los presos y más que atención a las personas con problemas de drogas.Más que cobijo a transeúntes y asesoramiento a inmigrantes. Más que la callada ayuda a mujeres en situación de riesgo. Más que dar soporte escolar a menores y más que herramienta para el cumplimiento de horas de servicio comunitario. Más que un lugar donde hacer voluntariado. Más que un lugar de trabajo.

Abrir el camino a los «últimos de los últimos» en el mercado laboral es una de las tareas que ha incrementado su protagonismo en los últimos años en la labor que realiza Cáritas en León.

Son, sobre todo, mujeres solas y con cargas familiares; hombres entre 45 y 55 años que han perdido el trabajo en los comienzos de la crisis y ya están fuera del sistema de ayudas. También jóvenes que han abandonado los estudios por falta de recursos. La población española ha incrementado su presencia frente a la inmigrante que había predominado antes de la crisis económica.

La batalla cotidiana contra la pobreza no se limita a las vendas de la caridad. Hay que curar la herida allí donde se puede. Y el empleo es una de las mejores operaciones para personas en edad laboral. Un reto difícil, pero no imposible.

Un total de 761 personas participaron entre 2011 y 2015 en los talleres laborales de la entidad católica y 188 consiguieron un empleo. El servicio doméstico y la atención a personas mayores y dependientes en domicilios y las tareas del campo y forestales, así como peón de almacén y camarera de piso, son la mayoría de las colocaciones logradas desde el programa de empleo.

Otros 726 contratos se han conseguido en este último lustro de crisis económica con el programa de orientación e intermediación en el que se han abierto un total de 7.821 expedientes.

«Debajo de cada número hay una persona», comenta la gerente de Cáritas, María Jesús Álvarez. «La mayor parte de las veces lo primero que necesitan es apoyo anímico, porque vienen con la autoestima por los suelos y a veces con cuadros de depresión», aclara.

La atención psicológica forma parte de los servicios asistenciales de Cáritas, aunque «hay veces que las gente viene directamente a pedir cursos de formación. Muchas son personas que habían logrado encauzar su vida antes de la crisis y ahora están otra vez necesitadas».

María Jesús Álvarez, las personas que llegan a Cáritas «tienen un nivel de formación bajo y cargas familiares», salvo algunos extranjeros que tienen alta cualificación pero sin homologar, lo que les impide acceder a los puestos de su perfil profesional.

Detrás de las estadísticas hay personas como Carmen o Nur. Una española y una extranjera. Una mujer de mediana edad y una joven. Una ciudadana española y una refugiada que se ha librado de las bombas en Iraq y en Siria.

La nueva vida de carmen

María del Carmen Herrero Suárez es un caso paradigmático de la toda la labor asistencial y promocional que realiza Cáritas. Esta mujer llegó a la entidad hace unos meses sumida «en un pozo sin salida, agobiada y perdida».

La mano que no le tendieron en su familia, alega, la encontró en Cáritas. Es una de las usuarias de la casa de acogida que atiende a mujeres en situación de grave desprotección, dispositivo que dio cobijo el año pasado a 17 personas, 12 madres y 5 niños y niñas.

«Cáritas me ofreció un techo, cariño, misericordia y amor. Y me ofreció entrar en la bolsa de empleo y entrar en un curso. Cuido dos horas a una persona y me preparo en un curso de atención sociosanitaria en domicilio», explica. Y, poco a poco, «me voy haciendo más fuerte».

La psicóloga fue su primer eslabón para empezar a recomponerse. Mari Carmen tiene 56 años y una historia difícil de contar que le sale a borbotones en media hora de entrevista. Empieza tirar del hilo para explicar que ha cotizado durante 22 años: «La primera vez para pagarme el colegio de las monjas que mi padre se negó a pagar», confiesa.

Fue niña de orfanato desde los dos años de edad y nunca ha tenido una familia. A los dieciséis años se hizo religiosa y vistió hábitos hasta los 37, cuando decidió salirse «porque no estaba de acuerdo». De la noche a la mañana, se vio casada con el hijo de una de las pacientes que atendía en la residencia religiosa y durante casi 20 años vivió sometida al maltrato.

«Hasta que denuncié», apunta. «El me dijo: ¿Tiene a dónde ir? Y le dije que a León. Pues váyase que como la vea por aquí la mata», asegura. Entonces buscó refugio en casa de unos familiares. «Mientras tuve trabajo y podía dar dinero, bien pero después me dijeron que no había sitio para mí». Mari Carmen acudió a Cáritas de León. «Si no fuera por Cáritas yo ya no existiría», afirma.

Ahora es una de las 15 personas que participa en el curso de atención sociosanitaria en domicilio. «Estoy aprendiendo mucho y empezando de cero una nueva vida», añade. Está ilusionada y motivada.

De paño de lágrimas a trampolín para empezar una vida normalizada, Cáritas completa el círculo de su misión. El rostro de Mari Carmen es sólo un ejemplo entre los siete mil casos que acuden cada año a las oficinas de la entidad en el centro de León. Ya no se ven las colas de los primeros años de la crisis, pero el personal sigue trabajando en el corazón de la pobreza.

«Somos el último recurso de ayuda para personas que trabajan pero que tienen unos salarios o unas jornadas tan pequeñas que necesitan ayuda», explica María Jesús Álvarez mientras el fotógrafo retrata a Nur, una refugiada que prefiere permanecer en el anonimato. Su rostro queda cubierto por los hermosos cuadros con muestran a dos mujeres de enormes ojos y sonrisa en los que ella se ve reflejada.

Nur es una de las víctimas que ha logrado esquivar las bombas de las guerras de Irak y Siria. Pero no sus consecuencias. Su familia huyó primero del país en el que de niña soñó con ser una mujer independiente y libre, nunca la ‘sirvienta’ de un marido.

el sueño de nur

Después de cinco años en Siria, el país que acogió a su familia, las bombas la guerra les obligó a salir a Jordania en busca de un refugio más seguro. Ella, su madre y su hermano pequeño sólo pudieron permanecer tres meses: «No te dan la residencia si no pones mucho dinero en el banco», explica.

Nur, que ahora tiene 26 años, estudiaba arquitectura en una universidad siria y tuvo que dejar estudios y proyectos. Llegó enferma a Finlandia, su primer destino como refugiada, y durante seis meses pasó largas temporadas hospitalizada y sometida a varias operaciones.

Sabe algunas palabras en finés, un idioma difícil de aprender, pero se defendía muy bien en inglés. Sin embargo, al cabo de un año les dijeron que su expediente se derivaba a España. Al principio fue un revés, pero ahora valora la luz y el apoyo que está recibiendo en León. Primero en Accem y ahora en Cáritas. Es una de las 48 jóvenes que participan en el programa de mejora de la empleabilidad que echó a andar en abril y termina en noviembre.

En este tiempo récord, tres técnicos de la entidad acompañan en el proceso a todos los participantes. Primero en la labor de diagnóstico y después en los diferentes recursos que elija cada persona. Nur tiene uno de los horarios más apretados del grupo.

Está matriculada en un módulo de Construcción y edificación, estudia inglés en la Escuela Oficial de Idiomas y español para extranjeros en la Fundación Sierra Pambley. Además es voluntaria y pasa mucho realizando labores de traducción con personas refugiadas.

Necesita trabajar. No sólo porque es su puerta de acceso a la residencia, a la carta de ciudadanía para permanecer en España con derechos. Su novio le regaló el coste del curso para obtener el carné de conducir, pero cuando se fue a examinar le dijeron que no podía. Homologar su título de bachillerato es otro reto para Cáritas.

segunda oportunidad

Nur tiene «motivación y mucho potencial», asegura Henar Martínez. «Si tengo trabajo puedo ayudar a la gente. Es lo que me imaginé de pequeña: ser independiente», reitera la joven. El objetivo es que pueda trabajar o formarse en alguno de los campos de su interés, como delineante o diseñando ropa.

Una de las peculiaridades de este programa es dar una segunda oportunidad a jóvenes que abandonaron los estudios por falta de recursos. El plan de formación y empleo de Cáritas supuso una inversión de casi 257.000 euros en 2015.

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