de ‘velillas’ a licenciadas
Recambio femenino en el campo leonés
NATALIA ÁLVAREZ DÍEZ. Licenciada en Filología Inglesa de 38 años que ha cambiado la barra del bar por las colmenas: «Instituciones y bancos deben apoyar más si quieren que los jóvenes no marchen». Una joven universitaria que cambió la hostelería por la apicultura y una viuda que ya cuidaba las vacas cuando era niña narran sus experiencias en un mundo rural ávido de relevo generacional para sobrevivir.

DOMI ALFAYATE GONZÁLEZ. A un año de la jubilación esta mujer de 64 años asentada en Veguellina de Órbigo sacó adelante tres hijos y la explotación agroganadera tras quedarse viuda con 35 años.
ANA GAITERO | LEÓN
Separadas por 26 años y unidas por el campo. Natalia Álvarez Díez y Domi Alfayate González representan dos generaciones de mujeres con dos vivencias del mundo rural radicalmente distintas. La joven es el relevo del que tan necesitada está la actividad agroganadera. La mayor es el paradigma de mujer rural que se bregó en las tierras y con el ganado desde niña.
Una empieza luchando contra la burocracia y el escaso apoyo institucional y la otra está a punto de jubilarse después de una larga vida laboral de múltiples oficios, desde ordeñar vacas a cuidar escolares en el comedor de la escuela de Veguellina de Órbigo.
Natalia nació en la ciudad y ha elegido el campo a los 38 años. Domi siempre ha vivido y trabajado en el campo. Son las dos caras de las leonesas que miman el campo. Una de cada tres explotaciones agrarias en la provincia tiene nombre de mujer y sólo 34 son de titularidad compartida, según los datos del servicio de Agricultura y Ganadería de la Junta.
«Llevaba 6 años trabajando en la hostelería y estaba bastante agotada. Compré la explotación a una persona que la quería dejar y me metí en un mundo desconocido con la idea de vivir de ello», explica Natalia Álvarez. A sus 38 años acaba de convertirse en autónoma y apicultora.
«Nunca me había imaginado trabajar en el campo», asegura esta mujer que estudió Filología Inglesa y durante cinco años trabajó en un tren turístico de lujo en el que el inglés era herramienta de trabajo imprescindible. Ahora hace un curso de iniciación a la agricultura y la ganadería en el sindicato Ugal-Upa. «Somos 25 personas y de ellas siete mujeres».
«El trabajo no me da miedo, me veo en cualquier cosa. Lo único que me puede frenar es la falta de conocimiento, pero se aprende muy rápido», añade. Lleva poco tiempo pero ya tiene claro que la apicultura «no es una ciencia exacta, lo que a uno le va bien a otro ni se le ocurre poner en práctica», según ha observado.
Domi Alfayate González sabe lo que es trabajar en el campo desde que nació. De niña ya hacía de ‘velilla’ con el ganado cuando le tocaba el turno a su familia. La vecera o el cuidado comunal de los ganados fue la actividad de iniciación laboral más frecuente entre las mujeres.
En el campo ha hecho de todo: espigar después de la siega, trillar, dar de comer al ganado, ordeñar las vacas, escular remolacha, sembrar y recoger patatas, regar... Primero en casa de sus padres, en Soto de la Vega, donde nació y desde que se casó, codo con codo con su marido. Hasta que, cuando tenía 35 años, se quedó viuda y tuvo que tirar de la explotación ganadera, las tierras y tres criaturas, dos chicas y un chico.
«No sé cómo he tenido tanta fuerza, la suerte es que he tenido salud», comenta. Cuando su marido falleció compartían una explotación con 20 vacas. Se convirtió en su titular y se vio obligada a reducir para poder seguir adelante. «Lo que me dio la vida fue que me contrataron unas horas como cuidadora del comedor escolar y los niños y yo comíamos allí», explica.
En aquellos tiempos, recuerda Domi, «no había madrugadores y el comedor escolar era para los niños que venían de los pueblos a Veguellina en el transporte y estaba lleno». «Me vi muy sola», admite. Pero no se rindió. «En las tierras me ayudaba algo mi cuñado y yo a él», relata. Nunca quiso irse a la ciudad. «Me ofrecieron buscarme trabajo en una portería, pero fuera del campo y del pueblo no creo que hubiera podido vivir», agrega.
Se agarró a las tierras, a un poco de ganado, la huerta, que es su pasión, el pequeño trabajo en la escuela y hasta llevó la contabilidad de unas fincas de patatas para educar a sus hijos y construir la casa que habían proyectado su marido y ella. Sus dos hijas tienen carrera universitaria y el chico estudió un ciclo formativo. «Me hubiera gustado que se quedara en la fábrica de Kraft, donde tienen buenos sueldos y no hay ni que lavarles la ropa, pero quiso el campo», apunta.
El chaval ha recogido el testigo de la explotación agraria. «Ahora me dicen que gracias a que te seguí mi hijo ha podido quedarse en el campo», comenta. Domi Alfayate se acogió a las ayudas al cese y su hijo se hizo cargo de la explotación, desempolvando el viejo John Deere que estaba parado en la nave desde murió el marido.
El carné de conducir fue una de las pocas cosas con las que Domi no pudo. «Saqué el teórico pero a la hora de conducir me bloqueaba, le cogí miedo», confiesa. Su marido murió de un infarto fulminante al lado del tractor, mientras preparaba una herramienta con otro agricultor. Estar en un sindicato agrario, primero en UCL y ahora en Ugal-Upa, le ha facilitado la vida: «Me informan de todo y no he tenido que ir al bar a preguntarle a ningún hombre. La cuota está bien pagada», recalca.
Natalia Álvarez acaba de adquirir una pick up, un vehículo todoterreno con la caja separada de la cabina, para transportar las colmenas y la miel. «Vendí mi pequeño coche y me metí en esta inversión porque es imprescindible para el trabajo», explica.
De su nuevo trabajo valora la autonomía, que «puedo organizarme y tengo tiempo libre». Pero corrobora que «es duro y esclavo», tal y como oyó toda la vida. Su familia procede de la Sobarriba, pero ella nació en la ciudad y ahora reside con su pareja, David, empresario forestal, en Robledo de Torío.
Las colmenas están en la zona de Boñar y con el tiempo no descartan trasladar su domicilio. «Fue él quien más me animó a poner la explotación en marcha y aunque sea yo la titular creo que yo sola no podría», apunta.
Hasta que se planteó cambiar de vida laboral siempre pensó que el trabajo en el campo, ya sea agricultura o ganadería, «era más cosa de hombres, pero ahora conozco a muchas mujeres que ordeñan, pastorean... Creo que es importante ser un equipo».
Natalia está muy motivada para sacar partido a la inversión, 120 euros por cada una de las 200 colmenas que ha instalado en dos fincas y todos los imprevistos que han surgido por el camino. Espera ver frutos en dos años cuando tenga instaladas las 500 colmenas que ha previsto para tener una explotación rentable.
Además, quiere indagar el mercado del polen y otros productos que se extraen de las abejas y no dedicarse exclusivamente a la recolecta de miel. Distinguirse en un ámbito que se ha puesto de moda, como es la apicultura es otra de las claves de su proyecto empresarial.
«En el campo se invierte mucho en maquinaria, es díficil que se pueda dedicar una persona que no tiene al menos las tierras o la explotación ganadera. O heredas o tienes mucho dinero», comenta.
A Natalia y a Domi las separan 26 años de edad y unas vivencias muy diferentes. Pero tienen en común, además de su pasión por el campo, el diagnóstico del escaso apoyo que recibe un sector que es clave en la alimentación humana y la conservación del territorio.
«Es necesario que las instituciones y los bancos apoyen más la incorporación de jóvenes al campo y en general si quieren que los jóvenes no marchen de España, no digo ya nada de los pueblos», señala Natalia Álvarez. En los bancos «dan dinero a quien más tiene, a mí me piden avales y la Seguridad Social es desproporcionada», subraya. Confía en acogerse a la ayuda de nueva incorporación que, como pronto, cobrará en 2018.
Para Domi, el principal problema a día de hoy son los precios. «Por una vaca se paga menos que hace 30 años y con el precio del trigo pasa lo mismo. Así lo único que consiguen es que comamos lo que se trae de importación», lamenta.